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martes, 3 de julio de 2012

"Divina Tentación" Cap.11


11
Cambios
El asunto no volvió a salir a colación a la mañana siguiente ni durante todo el fin de semana. El lunes a primera hora, Jasper se enfrascó en el ritual de preparar el desayuno en silencio. Y aquel silencio se prolongó hasta que llegamos a 1as puertas de Thomas Jefferson y nos separamos.
Hubiera deseado encontrarme con Alice, seguro que tenía un montón de cosas que decirme tras no vernos en casi dos semanas y sólo ella podía consolarme en estos momentos, pero no vino al colegio. Pobrecilla, seguro que la gripe que había cogido a causa de no abrigarse lo suficiente durante sus vacaciones le estaban pasando factura. Por ello, no tuve más remedio que estar con Jessica y sus amigas. Dejé que su conversación me envolviera; me servía para dejar de pensar un rato ya que era banal y sin sentido. Esta vez la fuente de diversión consistía en diseccionar con crueldad las últimas pifias de sus profesores más odiados. Según decían, el señor Phillips daba toda la impresión de haberse cortado el pelo con un cortacésped; la señorita Pace llevaba unas faldas que habrían servido mejor de alfombras y la señora Weaver, con aquellos pantalones entallados que le llegaban hasta los pechos, había sido apodada «Doña Pantaleona» .La mayoría de ellas miraban a los profesores como si fueran extraterrestres y no merecieran la cortesía más mínima, y juntándose con sus carcajadas se burlaban con verdadera malicia.
La conversación derivó a asuntos más "importantes".
— ¡Animaos, que pronto saldremos de compras! — dijo Hayley— Hemos pensado que podríamos ir en tren a la ciudad y recorrer las tiendas de Port Angeles ¿Vendrás, Jessica?
— Contad conmigo— respondió ella— ¿Tú, Bella?
— Aún no sé si asistiré al baile— dije.
¿Cómo se te ocurre siquiera la idea de perdértelo?
Jessica me miraba horrorizada, como si sólo un auténtico Apocalipsis pudiera justificar que dejaras de asistir.
Bueno, para empezar no tengo pareja.
No se lo había confesado a Jessica ni a Alice, pero varios chicos habían sacado el tema cuando me habían pillado sola entre clases, por ejemplo Eric Cheney, Taylor Jonhson y... Mike Newton. Yo me los había quitado de encima con evasivas. Les decía a todos que no sabía si iría, lo cual no era del todo mentira. Estaba ganando tiempo y acariciando en secreto la esperanza de que Edward me lo pidiera.
Una chica llamada Montana puso los ojos en blanco
No te preocupes. El vestido es mucho más importante. Aun el peor de los casos, siempre puedes encontrar a alguien, aunque seas una enclenca.
Iba a decir algo así como que tenía que consultar mi agenda cuando noté que un brazo vigoroso me rodeaba los hombros. Todas se quedaron paralizadas, con la mirada fija por encima de mi cabeza.
— ¿Qué tal, chicas? ¿Os importa si os robo a Bella un minuto?— preguntó Edward.
— Bueno, estábamos en medio de una conversación importante— protestó Jessica, mientras entornaba los ojos con suspicacia, me miraba expectante y miraba a Edward con desprecio.
Os la traigo enseguida— dijo Edward
Demostraba cierta familiaridad conmigo que no se les pasó por alto a ninguna de ellas. Aunque me gustó, también me sentí incómoda por haberme convertido en el centro de atención. Edward me llevó a una mesa vacía.
— ¿Se puede saber qué haces?— susurré avergonzada.
— Según parece, estoy tomando la costumbre de acudir a rescatarte— respondió— ¿O preferías pasarte el resto del almuerzo hablando de bronceadores y de pestañas postizas?
— ¿Y tú cómo sabes siquiera que existen esas cosas?
Tengo a Alice, además de que Nicole pasa demasiado tiempo en mi casa— contestó.
Se había apoyado en la mesa con sus codos, acercándose más a mí, sin hacer caso de las miradas de reojo que nos dirigían desde todas direcciones. Algunas de envidia; otras, de curiosidad. Edward habría sido bien recibido en cualquier mesa de aquella cafetería atestada, pero había preferido sentarse conmigo.
— Parece que estamos llamando la atención— le dije, muerta de vergüenza.
— A la gente le encanta el cotilleo, eso no podemos evitarlo.
— ¿ Por qué no estás con tus amigos ?
— Porque en verdad no son mis amigos; son solo atletas con mucho músculo y poco cerebro. Tú eres mucho más interesante.
— No tengo nada de interesante — le dije, con una nota de pánico en la voz.
No estoy de acuerdo. Hasta tu modo de reaccionar cuando te digo que eres interesante... es interesante.
Nos interrumpieron dos chicos más pequeños que se acercaron a la mesa.
— Hola, Edward.— El más alto lo saludó con un gesto respetuoso— El concurso de natación ha sido brutal. He ganado cuatro de las siete eliminatorias.
Buen trabajo, Parker— le dijo Edward, adoptando con toda facilidad su papel de delegado, tutor y capitán del club de natación— Sabía que íbamos a darles una paliza a los de La Push.
El chico sonrió lleno de orgullo.
— ¿Tú crees que puedo llegar a las nacionales?— preguntó, ilusionado.
— No me extrañaría. El entrenador estaba muy contento. Sobre todo, no faltes al entrenamiento de la semana que viene.
Dalo por hecho — dijo el chico— ¡Nos vemos el miércoles!
Edward asintió y los dos chocaron los puños.
Nos vemos, chaval.
Advertí a simple vista que se le daba bien el trato con la gente; era afable sin dar pie a un exceso de familiaridad. Cuando el chico se hubo ido, cambió de expresión y volvió a concentrarse, como si lo que yo fuese a decir tuviera mucha importancia. Eso me provocó un hormigueo y me arrancó una sonrisa. Noté en el pecho que me iban a subir los colores y enseguida me puse toda roja.
— ¿Cómo lo haces?— pregunté para disimular mi confusión.
— ¿El qué?
Hablar con tanta facilidad con la gente.
Edward se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa deslumbrante.
Gajes del oficio. Ah, casi se me olvida. Te he arrastrado hasta aquí para devolverte una cosa, además de para disfrutar de tu compañía — Del bolsillo de la chaqueta sacó una larga e iridiscente pluma blanca moteada de rosa.-Me la encontré ayer en el coche después de dejarte en casa.
Le arranqué la pluma de la mano y la metí entre las tapas de mi agenda. No se me ocurría cómo podía haber acabado en su coche. Yo llevaba las alas firmemente dobladas.
— ¿Un amuleto de la suerte?— me preguntó Edward, clavándome con curiosidad sus ojos de color esmeralda.
— Algo así — respondí con cautela.
— Pareces disgustada. ¿Pasa algo? — Me apresuré a menear la cabeza y desvié la mirada— Ya sabes que puedes confiar en mí.
— En realidad, aún no lo sé. Quería hacerlo pero…
Lo descubrirás cuando pasemos más tiempo juntos, ya lo verás— dijo— Soy un hombre de confianza.
Yo no lo escuché. Estaba demasiado ocupada repasando las caras de la gente, por si veía la de Jasper o Rosalie entre ellas. Sus temores no parecían ahora tan infundados.
¡Menudo entusiasmo!— exclamó Edward, riéndose.
Sus palabras me devolvieron al presente con un sobresalto.
— Perdona. Estoy un poco preocupada hoy.
— ¿Puedo echarte una mano?- cambió su expresión de broma por una más seria
— No lo creo, pero gracias por preguntarlo.
— ¿Sabes?, guardarse secretos es poco recomendable en una relación.— Se arrellanó en su asiento con los brazos cruzados.
— ¿Quién habla de una relación?- me sonrojé por un momento pero enseguida decidí seguir defendiéndome- Además, no estamos obligados a compartirlo todo. Cualquiera diría que estamos casados.
Ah, ¿quieres casarte conmigo?— dijo Edward. Advertí que varias caras se volvían con curiosidad— Yo creía que empezaríamos despacio e iríamos viendo sobre la marcha. Pero, bueno, ¡qué demonios!
Puse los ojos en blanco.
— Estate calladito o tendré que darte un cachete.
— ¡Uau!— dijo, en plan guasón— La amenaza suprema. No creo que me hayan dado nunca un cachete- se carcajeó
— ¿Insinúas que no puedo hacerte daño?
Al contrario, creo que tienes la capacidad de causar estragos.
Lo miré desconcertada y me ruboricé hasta la raíz del cabello al comprender lo que quería decir.
Muy gracioso— dije secamente.
Extendió el brazo sobre la mesa y me rozó el mío, entrelazando nuestras manos. Sentí que me estremecía por dentro.
No podía evitarlo. Mi relación con Edward Cullen se volvió enseguida del todo absorbente. Mi antigua vida parecía de repente muy lejana. Desde luego, yo no añoraba el Cielo como lo añoraban Jasper y Rosalie. A ellos, la vida en la Tierra les hacía pensar a todas horas en las limitaciones de la carne. A mí, me hacía pensar en las maravillas que entrañaba ser humano.
Pero, aunque ellos no lo reconocieran, yo sabía que cada vez estaban más a gusto en La Tierra por dos simples razones, o mejor por dos maravillosas personas: Alice y Emmett. Su relación con sus protegidos había aumentado tanto desde que yo estaba con Edward que su enfado por lo que habían descubierto la noche de mi primera cita quedó en el olvido. Aún no consideraban correcto lo que yo sentía, pero al estar con Alice o Emmett todos esos prejuicios se les olvidaban. Cada día, cuando Rosalie llegaba a casa tras una de sus ya habituales salidas con Emmett, entraba por la puerta de casa con una gran sonrisa y con un brillo especial en los ojos. Yo no era quién para juzgar que sentía Rosalie, pero, por lo que me contaba Edward, por lo menos Emmett estaba enamorado de ella hasta los huesos; y por cómo veía Rosalie a Emmett, ella debía sentirse igual. Por otro lado estaba Jasper, que al ser un arcángel, debía ser más insensible y críptico. Pero la magia de Alice siempre surtía efecto: cuando ella venía a casa, era inevitable que Jasper olvidara sus prejuicios contra las relaciones entre ángeles y humanos y solo se centrara en la pequeña enana. Gracias a las numerosas visitas de Alice a casa, a las que de vez en cuando Edward se añadía a la invitación, Jasper poco a poco dejando de juzgarlo tan severamente para demostrar a un Jasper que nadie reconocía; además de que Alice había mejorado considerablemente las notas, aunque solo nosotras dos sabíamos que su bajón era parte de nuestro plan de conquista contra Jasper. Y como era de esperar, cada día que pasaba, Alice estaba más enamorada de él y nuestra relación mejoró hasta lo imposible.
Aún recordaba la primera vez que Alice vino a casa…
Flashback:
Aquel fin de semana Alice vino a Sunset por primera vez. Llevaba un tiempo haciendo alusiones veladas a la posibilidad de pasarse por casa y, al final, cedí y la invité. No tardó en recorrer toda la casa, maravillada con cada puerta que atravesaba. En cada habitación ella adulaba la decoración, lo bien que estaba todo…
— ¡Esta casa es fantástica!— exclamó— Podría mudarme a vivir aquí y ni os daríais cuenta. ¡Es gigante!— estaba tan eufórica que no deseaba explotar su burbuja
Me encantaría que estuvieras aquí conmigo, pero no me parece probable que Jasper nos deje
¡Bah! Déjame hablar con Jasper a solas unos minutos y me tienes de compañera de cuarto a la mañana siguiente- nos reímos por su comentario, sentándonos en el sofá
Tras estar un rato bromeando, de repente se puso de pie para examinar más de cerca el cuadro colgado de encima de la chimenea. Era una pintura abstracta que mostraba un fondo blanco con un símbolo circular en medio y una serie de círculos concéntricos alrededor, que se volvían cada vez más tenues a medida que se alejaban.
¿Qué se supone que es?— preguntó, dubitativa pero maravillada.
Contemplé los círculos azules, que resaltaban sobre el fondo absolutamente blanco, y se me ocurrieron algunas ideas. A mí me parecía una expresión de la realidad suprema, una ilustración del papel de Nuestro Creador en el universo. Él era la fuente, el centro de todas las cosas. El tejido de la vida se originaba en él y se iba desplegando, pero permanecía siempre inextricablemente unido a él. Los círculos podían representar el alcance de Sus dominios y el fondo blanco, la extensión del espacio-tiempo. Su poder, Su propio ser en expansión llegaba hasta el borde del lienzo, y se extendía implícitamente que todavía se prolongaba más allá, llenando todo el espacio. No sólo el mundo le pertenecía, sino todo el universo. Era una expresión de lo infinito e incluso más allá. Él era la única realidad verdadera que jamás se podría negarse.
Naturalmente, no iba intentar explicárselo a Alice. No era una muestra de arrogancia por mi parte de creer que todo aquello quedaba más allá de la comprensión humana. A los humanos les asustaba la vida fuera de su propio mundo y, aunque algunos especulaban sobre que había más allá, nunca se acercaban siquiera a comprender la verdad. La vida humana se extinguiría e incluso la tierra llegaría a desaparecer, pero la existencia proseguiría.
Alice se quedó observando unos minutos más el cuadro, hasta que le llamó la atención la guitarra acústica que estaba apoyada en una silla.
— ¿Es de Jasper?— preguntó, sujetándola con cuidado.
Sí, y te aseguro que la adora— respondí con la esperanza de que la dejara en su sitio.
Miré alrededor con disimulo por si Jasper o Rosalie nos estaban espiando, pero habían tenido la delicadeza de dejarnos solas. Alice sostuvo el instrumento y pasó ellos dedos fascinada por sus cuerdas.
— Me gustaría tener dotes musicales. Cuando era pequeña tocaba un poco el piano, pero nunca fui lo bastante disciplinada para seguir practicando. Me parecía mucho trabajo. Me encantaría oír a tu hermano.- me sonrió de tal manera que era imposible negarla nada
— Bueno, podemos pedírselo cuando vuelva. ¿Te apetece comer algo?
La idea logró distraerla. Me la llevé a la cocina, donde Rosalie se había cuidado de dejar un surtido de magdalenas y una bandeja de fruta.
— ¡Hmm!— murmuró Alice, dándole un mordisco a una magdalena de arándanos y poniendo los ojos en blanco para ensalzar las dotes culinarias de Rosalie.
Entonces apareció Jasper por la puerta trasera, con una tabla de surf a cuestas y una camiseta humedecida pegada al torso. Había adquirido hacía poco aquella afición como un buen sistema para desfogar la tensión acumulada. Por supuesto, no le habían hecho falta clases. ¿Para qué, si las olas mismas se plegaban a su voluntad? Jasper era muy atractivo en su forma humana; necesitaba una actividad física constante, como nadar, correr, o levantar pesos, para disipar su agitación interior. Alice dejó su magdalena en el plato cuando él entro en la cocina.
— Hola Alice— dijo.A Jasper no se le escapaba nada y ahora se fijó en la magdalena mordisqueada. Quizá se preguntaba que había hecho él para quitarle el apetito. — Isabella, quizá podríamos ofrecerle a Alice otra cosa— dijo educadamente, sonriendo a Alice— Las magdalenas de Rosalie no parecen gustarle demasiado.
— No, qué va. Son deliciosas— le aseguró ella.- es solo que mis padres me han educado de un modo de que cuando alguien está presente, no se le debe hablar con la boca llena- puede que Jasper intentara disimularlo, pero a mí no se me escapó la sonrisa ante el comentario de Alice
Pues eso está muy bien de su parte- la felicitó Jasper- Una chica educada es lo mejor que puede haber
Alice pareció encantada con su cumplido, y opté por irme y dejarlos a solas. Antes de salir de la cocina y encaminarme a mi habitación para llamar a Edward pude escuchar una pizca de su conversación
¿Vendrás al baile de promoción?- le preguntó Alice cuando haciéndome sonreír
Fin Flashback
Desde ese día la relación entre Jasper y Alice subió como la espuma, permitiendo que la mía con Edward fuera cada día más maravillosa.
Además, todo mi pesimismo se esfumó el día que recibimos un comunicado de fuerzas superiores dónde nos explicaban que tras nuestros espléndidos resultados y tras haber analizado a los dos progenitores de los Cullen, habían decidido que podían tener a su ángel guardián en el Cielo, y por ello tan solo debíamos ocuparnos de un Cullen; además de que ya se confirmó que estaríamos con los Cullen protegiéndolos hasta que ellos abandonaran la Tierra.
Pero por ahora, tenía otras cosas en que pensar. De repente me hacía ilusión levantarme por la mañana y saltar de la cama sin necesidad de que Rosalie viniese a despertarme. Rebobinaba algunos retazos de conversación y evaluaba la impresión que podía haber causado. Unas veces me sentía satisfecha por alguna frase ingeniosa que había soltado; otras, me reprendía a mí misma por haber. cometido alguna torpeza. Pensarme salidas graciosas y memorizarlas para el futuro se convirtió en un pasatiempo.
Ahora mi relación con Jessica y su grupo de amigas se había roto. Por cómo se había comportado últimamente conmigo, me había demostrado que me tenía algo de envidia. No es que me sintiera arrogante, ni mucho menos, pero Alice me había contado que el interés de Jessica por Edward iba mucho más allá de lo que ella me había explicado, hasta lo paranoico. Ella estaba obsesionada con él y era aconsejable que no estuviera con ella, ya que era una mala influencia.
Antes las podía haber llegado a tener envidia: Lo que ellas daban por descontado— un futuro en este planeta— yo no lo hubiera tenido nunca. Ellas se harían mayores, formarían sus propias familias, desarrollarían una carrera y llegarían a tener toda una vida de recuerdos con la pareja que escogieran. Pero si algo había descubierto sobre los romances adolescentes era que su intensidad no tenía nada que ver con la duración. Lo normal eran tres meses; seis marcaban un punto de inflexión; y si una relación llegaba a durar un año, la pareja ya estaba más o menos comprometida. Pero ya no tenía razones para dudar de mi futuro, iba a quedarme en La Tierra todo el tiempo que Edward estuviese aquí, y no iba a desperdiciar ni un solo día. Al fin y al cabo, cada minuto pasado con él habría de formar parte de los recuerdos que me harían falta para sostenerme durante toda la eternidad.
No me resultaba difícil acumular tales recuerdos, porque ahora no pasaba un día entero sin tener algún tipo de contacto con él. Habíamos adquirido la costumbre de buscarnos el uno al otro siempre que disponíamos de tiempo libre. A veces no era más que una breve conversación junto a las taquillas, o el simple hecho de tomar juntos el almuerzo a toda prisa. Cuando no estaba en clase, me encontraba siempre alerta: mirando por encima del hombro, tratando de sorprenderlo en cuanto saliera del cuarto de las taquillas, aguardando a que subiera al estrado durante las asambleas, guiñando los ojos para divisarlo entre los jugadores del campo de fútbol. Alice insinuó en plan sarcástico que igual me hacían falta unas gafas.
Si no tenía entrenamiento, Edward me acompañaba por la tarde a casa y se empeñaba en cargar con mi mochila. Nos cuidábamos de alargar el trayecto dando un rodeo por el pueblo y haciendo una parada en Sweethearts, que se había convertido rápidamente en «nuestro» lugar favorito. A veces charlábamos de cómo nos había ido el día; otras veces permanecíamos sentados en un relajado silencio. A mí llegaba a hipnotizarme aquel cabello siempre alborotado, sus ojos del color de la hierba, la costumbre que tenía de dedicarme sonrisas torcidas. Su rostro me resultaba tan fascinante como una obra de arte. Con mis sentidos aguzados, había aprendido a detectar su fragancia. Incluso antes de verlo, percibía que andaba cerca simplemente por aquel aroma fresco que impregnaba el aire.
A veces, durante aquellas tardes sin sol, miraba alrededor temiendo que cayese sobre mí un castigo celestial. Me sentía observada por miradas furtivas que iban reuniendo pruebas de mi mala conducta. Pero no sucedía nada.
En buena parte gracias a Edward, dejé de ser una intrusa y pasé a formar parte de la vida de Thomas Jefferson. Mi relación con él me permitió descubrir que la popularidad era transferible. Así como podías parecer culpable por simple asociación, podías obtener el reconocimiento de la gente por idéntico motivo. Casi de la noche a la mañana me gané la aceptación general sencillamente porque figuraba entre los amigos íntimos de Edward Cullen. Cuando Edward y yo estábamos juntos llamábamos la atención, pero ahora era más bien admiración y no sorpresa lo que despertábamos. Notaba la diferencia incluso cuando estaba sola. Todos me saludaban con gesto simpático al cruzarnos en el pasillo, me daban conversación en clase mientras esperábamos que llegara el profesor o me preguntaban qué tal me había ido el último examen.
Nuestro contacto en el colegio, de todos modos, era limitado porque en casi todas las asignaturas íbamos a clases distintas. Mejor así. De lo contrario, habría corrido el riesgo de seguirlo a todas partes como un perrito faldero, dejando aparte el francés, la gimnasia y la historia. Y al final Rosalie y Jasper optaron por no cambiar mis clases ya que fuera de la escuela estábamos siempre juntos.
Su fuerte eran los idiomas, las mates y las ciencias, aunque la música le fascinaba mientras que a mí me atraían más las artes.
La literatura es mi asignatura preferida— le anuncié un día en la cafetería, como si acabara de hacer un descubrimiento crucial. Llevaba mi librito de términos literarios y lo abrí al azar- Apuesto a que no sabes qué es un encabalgamiento.
— Ni idea, pero suena muy doloroso— respondió Edward, mirándome divertido
— Es cuando el verso de una poesía continúa en el siguiente.
¿No sería más fácil poner puntos?
Ésa era una de las cosas que me encantaban de él: su visión del mundo era siempre centrada y organizada. Me eché a reír.
— Seguramente, pero quizá no resultaría tan interesante.
— La verdad, ¿qué es lo que te gusta tanto de la literatura? A mi me encanta la lectura pero no es nada comparado con tu pasión— me preguntó con genuino interés mientras entrelazaba nuestros dedos, como si nada
— Bueno, a mí me gusta que cada persona pueda entender de un modo distinto la misma palabra o la misma frase— contesté— Puedes pasarte horas discutiendo el significado de un poema y no llegar al final a ninguna conclusión.
— ¿Y no te parece frustrante? ¿No quieres saber la respuesta?
— A veces es mejor dejar de intentar que las cosas encajen. La vida misma no es tan definida, siempre hay zonas grises.
— Mi vida está muy bien definida. Y aún más desde que te conozco — dijo sonriéndome— ¿La tuya no?
— No — murmuré con un suspiro— Para mí el mundo es confuso y desordenado. A veces resulta agotador.
Me parece que a lo mejor tendré que cambiar tu visión del mundo- repuso Edward.
Nos miramos en silencio unos instantes y yo me sentí como si sus brillantes ojos de color esmeralda pudieran ver el interior de mi mente y sacar a la luz mis ideas y mis sentimientos más recónditos.
— ¿Sabes?, es muy fácil identificar a los estudiantes de literatura— prosiguió con una sonrisa.
— ¿Ah, sí? ¿Cómo?
— Son los que andan por ahí con boina y con esa expresión de «yo sé una cosa que tú no sabes».- bromeó
— ¡No es justo! — exclamé— Yo no lo hago.
— No, tú eres demasiado auténtica para eso. No cambies nunca, y bajo ninguna circunstancia se te ocurra llevar una boina.
Haré lo posible— dije con una carcajada.
Sonó el timbre, indicando el comienzo de la clase siguiente.
¿Qué tienes ahora?— me preguntó.
A modo de respuesta, agité alegremente ante sus narices mi glosario de literatura. Se carcajeó y nos levantamos juntos de la mesa. Pero antes de que me fuera a Literatura, cuando ya casi nadie quedaba en la cafetería, me acercó a él y me dio un suave beso en la frente
Cuídate- le sonreí- Te veré en gimnasia Bells
Claro- le abracé para luego salir corriendo
Siempre me gustaba asistir a la clase de literatura de la señorita Castle. Era un grupo muy variopinto a pesar de que sólo fuéramos doce alumnos. Había dos chicas góticas de aire lúgubre, con una gruesa raya de lápiz de ojos y unas mejillas tan empolvadas de blanco que parecía que nunca hubieran visto el sol. Luego había un grupo de chicas diligentes con cintas en el pelo e impecables estuches de lápices que tenían una auténtica obsesión con las notas. Estas solían estar demasiado ocupadas tomando apuntes para intervenir en las discusiones de la clase. Sólo había tres chicos: Ben Carter, un tipo engreído pero inteligente, con un corte de pelo alternativo, a quien le encantaba discutir; John Jensen, un fornido jugador de rugby que siempre llegaba tarde y se pasaba la hora entera con expresión pasmada sin decir nada; y Eric Cheney, el típico chico popular que por jugar al fútbol se creía el rey del mundo.
Debido al reducido tamaño del grupo nos habían relegado a una exigua clase situada en la parte antigua del colegio, justo al lado de las oficinas de administración. Como aquella aula no la usaba nadie más, nos habían dejado apartar los pupitres y colgar carteles en las paredes. Mi preferido era uno de Shakespeare caracterizado como un pirata y con un pendiente en la oreja. La única ventaja de aquel rincón era que se veían por las ventanas el majestuoso bosque de detrás del colegio. A diferencia de lo que sucedía en otras asignaturas, el ambiente en literatura nunca resultaba amuermado. Al contrario, incluso el aire mismo parecía cargado de ideas que rivalizaban por hacerse oír.
Me senté al lado de Ben y observé cómo veía a sus grupos favoritos en el portátil, una actividad que no interrumpía ni siquiera cuando había dado comienzo la clase. La señorita Castle llegó con una taza de café y un montón de fotocopias. Era una mujer alta y delgada, de unos cuarenta años, con ojos soñadores y una mata de pelo oscuro y ensortijado. Llevaba siempre blusas de color pastel y unas gafas de montura gruesa colgadas del cuello con un cordón rojo. Por su porte y su manera de hablar, sin duda se habría sentido más a gusto en una novela de Jane Austen: una de esas historias con damas, carruajes y salones de conversación ingeniosa y chispeante. Sentía pasión por su materia y, fuera cual fuese el texto que estudiáramos, ella se identificaba vívidamente con cada heroína. Sus lecciones resultaban tan animadas que la gente se detenía a veces y se asomaba un momento al aula, donde la señorita Castle aporreaba la mesa con saña, nos ametrallaba a preguntas o gesticulaba como loca para ilustrar mejor su explicación. No me habría sorprendido entrar un día y encontrármela de pie en el escritorio o colgada de una lámpara.
Habíamos empezado el trimestre estudiando Romeo y Julieta en paralelo con los sonetos de amor de Shakespeare. Ahora nos encomendó la tarea de escribir nuestros propios poemas de amor, que habríamos de leer en clase. Entre el grupito de las estudiosas, que nunca hasta entonces habían tenido que recurrir a su imaginación, cundió el pánico: aquello no iban a poder encontrarlo en Internet.
— ¡No sabemos qué escribir!— gemían— ¡Es demasiado difícil!
— Pensad un poco— dijo la señorita Castle con su voz delicada.
— A nosotras no nos pasa nada interesante.
No tiene por qué ser personal — dijo para engatusarlas— Puede ser perfectamente producto de vuestra imaginación.
Las chicas seguían sin encontrar la inspiración.
— ¿No podría ponernos un ejemplo?— insistieron.
— Nos hemos pasado todo el trimestre viendo ejemplos— dijo la señorita Castle con desaliento. Pero entonces se le ocurrió una idea como punto de partida— Pensad en las cualidades que encontráis atractivas en un chico.
— Bueno, yo creo que la inteligencia es algo importante— aventuró una chica llamada Nathalie
Obviamente, debería tener un buen empleo— añadió su amiga Hannah.
La señorita Castle pareció totalmente desconcertada. La eximió de responder un comentario procedente de otro sector.
— Sólo son interesantes las personas oscuras y angustiadas— dijo Charlotte, una de las góticas.
Las chavalas no deberían hablar tanto — farfulló John desde la última fila.
Era lo primero que le oíamos en todo el trimestre y la señorita Castle pareció dispuesta a pasar por alto su tono despectivo.
Gracias, John— dijo con implícito sarcasmo— Acabas de demostrar que la búsqueda de pareja es un asunto estrictamente individual. Hay quien dice que no podemos elegir a la persona de la que nos enamoramos; que es el amor quien nos elige. A veces la gente se enamora de la antítesis exacta de todo aquello que creían estar buscando. ¿Alguna otra idea?
Ben Carter, que no había parado de poner los ojos en blanco con expresión martirizada, se tapó la cara con las manos.
— Las grandes historias de amor han de ser trágicas— solté de repente.
— ¿Sí?— me alentó la señorita Castle.
— Bueno, tomemos a Romeo y Julieta, por ejemplo. Si su amor se vuelve más intenso es porque los mantienen separados.
— Vaya cosa. Los dos acaban muertos— dijo Ben con un bufido.
— Habrían terminado divorciándose si hubieran seguido vivos— declaró Nathalie— ¿Nadie se ha fijado en que Romeo sólo necesita cinco segundos para pasar de Rosalinda a Julieta?
— Porque se da cuenta de que Julieta es LA chica en cuanto la ve— argumenté.
— ¡Por faaavor!— replicó Nathalie— No puedes saber que amas a alguien a los dos minutos. Él sólo pretendía llevársela a la cama. Romeo no es más que el típico adolescente salido.
— Él no sabía nada de ella — dijo Ben— Todos esos encendidos elogios se refieren a sus atributos físicos: «Julieta es un sol», bla, bla, bla. Lo único que piensa es que es un bombón.
— Yo creo que es porque, después de conocerla, el resto de la gente le parece insignificante — comenté— Él sabe en el acto que ella se va a convertir en su mundo entero.
— Oh, Dios— gimió Eric.
La señorita Castle me dirigió una sonrisa significativa. Siendo como era una romántica incurable, no podía sino ponerse del lado de Romeo. A diferencia de la mayoría de los profesores de Forks, que parecían hacer carreras a ver quién llegaba primero al aparcamiento en cuanto sonaba el último timbre, ella no parecía harta de todo. Era una soñadora. Me daba la impresión de que si le hubiera dicho que yo era un ser celestial enviado a la Tierra para proteger a un humano, acabando enamorándome de él, ella ni siquiera habría parpadeado
Mis demás clases estuvieron… interesantes. Claro, si tener lengua y cálculo fueran tus asignaturas predilectas. Yo, aunque no me agradara la clase de gimnasia, estaba deseando que el timbre tocara la última campana para el comienzo de gimnasia. Poder estar disfrutando de la compañía de Edward era todo lo que pedía, y me daba igual en que entorno fuera.
Al llegar a los vestuarios, me encontré a Alice cambiándose en una esquina, saludándome animadamente para que me sentara a su lado. Como era costumbre, no le importó que me escapara a una de las duchas; ella ya sabía que era "vergonzosa" a la hora de mostrar mi cuerpo. Cuando entramos en el gimnasio, instintivamente busqué a Edward con la mirada.
-¿A quién se supone que buscas?- me llamó una voz detrás de mí.
Me giré y sonreí al verle. Alice nos observaba con una sonrisa que aún no había podido identificar
-Yo os dejaré, voy a ir a hablar con Emmett- se disculpó Alice, mirándome y con esto se alejó
-Ven, vallamos a sentarnos- me indicó Edward
Le seguí hasta las gradas, ignorando por completo las miradas recelosas que me mandaban Jessica y su séquito
-¿Cómo te ha ido en Literatura?- me preguntó curioso, con un matiz de diversión en la voz
-¿Cómo me va a ir? Ha sido genial, hemos estado discutiendo sobre lo que sentía Romeo por Julieta.
-¿Y quién ha ganado?- me reí
-En nuestras discusiones nunca gana nadie- le expliqué
-Entiendo…- se puso pensativo, mirando a mis manos para luego clavar la mirada en mi- ¿Si te preguntara algo, me responderías?
-Ya me has hecho una pregunta- me mofé. Y cuando Edward me miró entrelazando los ojos no pude evitar reírme- Lo siento. ¿Qué me querías preguntar?
-He estado pensando en que hace mucho que no salimos, y normalmente solo damos un paseo o voy a tu casa, así que me preguntaba sí querías venir a cenar conmigo este fin de semana
La sorpresa ante su pregunta me dejó impactada
-¿Quieres decir…?- dejé la pregunta en suspense, esperando que él me dijera a que tipo de salida se refería
-Sí, a ir tú y yo solos a cenar fuera. Te parece bien, digamos, ¿Port Angeles?- me preguntó y me dedicó su sonrisa torcida
-Me encantaría- dije ilusionada pero de pronto recordé algo que me rompió la felicidad- Pero tengo que preguntárselo a mis…
-…hermanos- concluyó él
Asentí tristemente
-Ya sabes que son muy protectores- me disculpé bajando la vista
-Eh, tranquila- me hizo mirarme y me sonrió para animarme- No pasa nada. Tú pregúntaselo y ya me dirás. No tenemos prisa, si no es este fin de semana será al próximo. No pienso cambiar de parecer- le sonreí ilusionada
Agarró mi mano más cercana, para entrelazar nuestros dedos y luego elevarlos hasta que los besó y dejó nuestras manos en su regazo.
No pudimos hablar más, porque llegó Emmett- se me hacía muy difícil pensar en él como en mi profesor. Las veces que venía a casa teníamos tanta familiaridad que ver ahora en su uniforme de profesor se me hacía raro- y cómo era habitual en él, para entrar en calor nos hizo dar un gran número de vueltas al gimnasio. Tras estar los quince minutos de calentamiento, nos dividió en grupos de tres para jugar un partida de baloncesto, eligiendo el los equipos.
Al final quedamos de una manera muy poco favorable: en mi equipo estaban Lauren y Mike contra Alice, Edward y Jessica. Yo hubiera cambiado encantada mi sitio con el de Jessica pero no pudo ser. Emmett explicó el modo del juego: jugaríamos partidos de 10 minutos, rotando cada tiempo a quien defendíamos del equipo contrario.
Al principio del juego, me tocó defender a Edward. Y si me preguntaban si jugué mucho, tendría que mentir. Durante los 10 primeros minutos, Edward estuvo todo el rato poniéndose delante de mi, acorralándome y no dejándome jugar. En una ocasión tuvo que venir Emmett y mirarnos con la ceja levantada, entre divertido y sorprendido de que su hermano no me dejara tocar el balón
-Edward, ya sé que te gusta Bella, pero déjala respirar ¡hombre!- comentó riéndose, viéndome obligada a sonrojarme hasta la punta de la nariz
En el segundo tiempo, me tocó defender a Jessica. Mi equipo, por raro que parezca, iba ganando. Corría todo lo que podía, aprovechando que Edward estaba ocupado intentando interceptar a Mike, y Alice no podía defender a Lauren. Ella me pasó el balón y esquivé sin dificultad a Jessica. Pero como ya llevaba demasiado tiempo teniendo buena suerte, Jessica decidió estropeármelo. Sin poder evitarlo, Jessica me placó de tal modo que me desestabilicé, cayéndome bruscamente y chocando contra la canasta de hierro, cayéndome de golpe.
No sé que pasó a mi alrededor ya que el golpe que me di fue tan fuerte que lo veía todo borroso. Antes de dejarme llevar por la penumbra, pude oír como Emmett tocaba el silbato alarmado, y muchas personas corriendo a mi alrededor llamándome. Pero tan solo reconocí la aterciopelada voz de Edward llamándome entre la preocupación y desesperación. Sentí como alguien me cogía en brazos pero no llegué a adivinar quien era ya que caí en un profundo sueño


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