17
La calma
Mi
relación con Edward pareció profundizarse tras la cena con mi familia.
Nos daba la impresión de haber recibido permiso para expresas nuestras
emociones sin temor a represalias. Empezábamos a pensar y a movernos en
perfecta sincronía, como una sola entidad con dos cuerpos distintos.
Aunque hacíamos un fuerzo para no desconectarnos de la gente que nos
rodeaba, a veces no podíamos evitarlo. Pero, cuando lo hacíamos, los
minutos parecían avanzar penosamente y nuestra conducta nos resultaba
tan artificiosa que volvíamos a gravitar el uno hacia el otro antes de
que pasara media hora.Durante los almuerzos, Edward y yo nos habíamos habituado a sentarnos juntos en nuestra propia mesa al fondo de la cafetería. La gente pasaba de vez en cuando para hacer algún comentario jocoso o para preguntarle a «Cullenella» los detalles de la próxima regata de remo, pero raramente trataban de sentarse con nosotros y tampoco se atrevían a lanzarnos la menor indirecta sobre nuestra relación. Se limitaban a orbitar a nuestro alrededor, manteniendo una distancia prudencial. Si intuían que compartíamos algún secreto, al menos tenían la educación de no fisgonear.
— Salgamos de aquí — me dijo Edward, recogiendo sus libros.
—Hasta que no acabes tu redacción, no.
— Ya he terminado.
— Has escrito tres líneas.
—Tres líneas muy meditadas— objetó Edward—. La calidad importa mas que la cantidad, ¿recuerdas?
—Sólo pretendo asegurarme de que te mantienes centrado. No quiero que te distraigas de tus objetivos por mi culpa.
—Un poco tarde para eso— bromeó Edward—. Eres una tremenda distracción y una pésima influencia
—¡Cómo te atreves! —exclamé, siguiéndole la broma— Es del todo imposible que yo represente una mala influencia
—¿De veras? ¿Y eso por qué?
—Porque soy la bondad personificada. Una chica intachable, una niña del Señor.
Edward frunció el entrecejo, sospesando aquella declaración
—Hum —murmuró—. Tendremos que hacer algo al respecto.
—¿Así? —levanté un ceja, divertida —. ¿Qué tienes pensado?
—No sé— murmuró pensativo, llevándose el dedo gordo y el índice a la barbilla—, una noche te puedo raptar de tu casa, escaparnos del instituto, fugarnos durante todo un día… Lo que tú desees, ángel.
Edward me miró sonriente, con su toque cómico en la mirada, y dedicándome una hermosa sonrisa. Se levantó del asiento y se inclinó hacia mí, presionando sus labios contra los míos. Me dejé llevar por su embriagador aroma y no pensé en nada que no fuéramos él y yo. Para mi gusto el beso terminó demasiado pronto.
— Creo yo que, si nos pillan besándonos aquí, bajarás del rango de niña del Señor muy rápido —comentó jocoso
Durante las últimas semanas me había sentido un poco culpable porque me había distanciado de Alice, pero ella se había resignado a estar conmigo sólo cuando su hermano tenía otras ocupaciones. No debía de sentarle muy bien que él monopolizara la mayor parte de mi tiempo, pero Alice era realista y consideraba que las amistades habían de pasar a segundo plano cuando empezaba una relación, sobre todo si era tan intensa como la nuestra. Además, de ese modo ella tenía mucho más tiempo para ir enamorando a mi hermano, aunque ese trabajo estaba ya casi finalizado ya que Jasper idolatraba a mi amiga.
Una tarde, mientras Edward y yo paseábamos por el pueblo, vimos a Rosalie bajo un roble, besándose con un chico moreno y muy musculoso. Éste la camisa bien arremangada para mostrar sus brazos musculosos.
Le di un codazo a Edward
—¿Qué está pasando ahí?
— Parece que mi hermano al final se ha armado de valor para besar de una vez a Rosalie. — dijo Edward con una sonrisa
— ¿Es Emmett?
— Es inconfundible el tamaño de Emmett, además de que no creo que tu hermana sea de las que se besan con cualquiera
—¿Qué hacemos?
—Dejémoslos, pero antes déjame hacer una cosa — Sonrió de una manera que me hizo sonreír. Edward tomó aire —¡Eh, Emmett! —¿Qué haces, hermano?
Emmett se apartó lentamente de Rosalie, resoplando, y nos echó una mirada bastante irritada
—¿Qué quieres Edward?
—Nada —sonrió jocoso—, tan solo asegurarme de que no estabas ahogando a mi cuñada. Hermano, en serio, parecía que te la estabas comiendo con la boca
Rosalie estaba tan colorada que parecía un semáforo en rojo, lo que me causó la risa y eso no pasó inadvertido para Emmett
—Ten cuidado Hale, que el lunes tenemos balón prisionero en gimnasia—dijo triunfante, riéndose de esa manera tan estruendosa característica en él
—Tranquila amor, que ningún balón te tocará —me reconfortó Edward, acariciándome la espalda y regalándome un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.
Rosalie le dirigió una sonrisa a Edward
Rosalie y Jasper parecían haber aceptado a Edward de nuevo. Él no se entrometía en nuestra vida cotidiana, pero se había convertido en un accesorio habitual de la misma. Empezaba a sospechar que a mis hermanos les gustaba tenerlo cerca. Primero porque así delegaban en él la tarea de no perderme de vista, segundo porque de ese modo tanto Alice como Emmett tenían escusas para acercarse por casa y, tercero, porque les resultaba útil cuando tenían que trabajar con artilugios técnicos. Jasper había notado que sus alumnos le lanzaban miradas de extrañeza porque no sabía arreglárselas con el reproductor de DVD, y los adolescentes que iban a enfermería se quedaban muy extrañados de que Rosalie no supiera como se utilizaba un termómetro. Los dos habían recurrido a Edward, ya que no querían que sus parejas se enteraran de su ignorancia. Por muchos conocimientos que tuvieran mis hermanos, la tecnología venía a ser un campo minado para ellos porque cambiaba constantemente. Jasper había dejado a regañadientes que Edward le enseñara cómo enviar correos a sus colegas de Thomas Jefferson y cómo manejar un iPod. A veces me parecía que Edward hablaba un idioma completamente distinto, con términos tan extraños como Bluetooth, gigabyte y WiFi. Si se hubiera tratado de otra persona, yo habría desconectado en el acto, pero a mí me encantaba oír el sonido de su voz, hablara de lo que hablase. Podía pasarme horas observando cómo se movía y escuchándole hablar, y lo almacenaba todo en mi memoria.
Además de ser nuestro ángel de la guarda en materia tecnológica, Edward se había tomado tan en serio su responsabilidad como «guardaespaldas» que me veía obligada a recordarle que yo no era de cristal y que me las había arreglado perfectamente antes de su aparición, sin contar que se suponía que yo debía ocuparme de él. No obstante, Jasper y Rosalie le habían confiado la misión de cuidar de mí y él estaba decidido a mantener su palabra y a convencerles de su integridad. Ahora era él quien me recordaba que bebiera agua en abundancia para no deshidratarme y quien se encargaba de desviar las preguntas sobre mi familia que me formulaban mis compañeros más curiosos. Incluso se tomó un día la libertad de contestar por mí, cuando la señorita Collins preguntó por qué no había podido terminar un trabajo en la fecha fijada.
—Bella tiene un montón de deberes ahora mismo— explicó— Lo entregará al final de la semana.
Era capaz incluso de hacerlo por mi si llegaba a olvidarme y de entregarlo sin que yo me enterase, por asombroso que parezca. Se ponía tremendamente protector siempre que se me acercaba alguien que no era de su gusto.
— Oh-oh— musitó una tarde, sacudiendo la cabeza, cuando un chico llamado Tom Snooks me preguntó si quería dar una vuelta con él y sus amigos.
— ¿Por qué no?— pregunté, enfadada— Parece simpático.
— No es la clase de persona que te conviene.
— ¿Por qué?
— Tú preguntas mucho, ¿no? — me tocó la nariz con el pulgar
— Sí. Dime por qué.
—Bueno, porque le gustan demasiado las hierbas aromáticas.
Me lo quedé mirando tan perpleja que tuvo que explicarse.
—Se pasa el día con María de los Canutos— me insinuó esperando a ver si lo captaba. Al ver que no, puso los ojos en blanco— . Mira que eres boba, cariño.
La verdad es que si no hubiera sido por él mi vida en Forks habría sido mucho más difícil. Yo era más bien proclive a meterme en situaciones delicadas. Los líos parecían venir a mi encuentro, aunque yo hiciera todo lo posible para evitarlos. Me pasó un día, por ejemplo, mientras atravesaba el aparcamiento para ir a la clase de inglés.
—¡Eh, nena!— dijo una voz a mi espalda.
Me giré en redondo. Era un chico larguirucho de último año, con el pelo rubio y la cara llena de acné. Estaba en mi clase de álgebra, pero casi nunca asistía. Lo había visto a veces en la calle, fumando detrás de los contenedores de basura o derrapando salvajemente con su camioneta. Siempre iba flanqueado por tres amigos que se reían de un modo desagradable.
— Hola— musité, nerviosa.
— Me parece que no nos han presentado como es debido— dijo con una sonrisita—.Me llamo Kirk.
— Encantada.— No le miré a los ojos. Había algo en su actitud que me incomodaba.
—¿No te han dicho nunca que tienes unas lolas estupendas?— me preguntó.
Los que iban detrás sofocaban la risa.
— ¿Perdón?— No había comprendido lo que decía.
— Me gustaría conocerte mejor, ya me entiendes.— Dio un paso hacia mí y me aparté instintivamente— . Vamos, no seas vergonzosa, nena.
— He de irme a clase.
—Seguro que puedes saltarte unos minutos— dijo, con mirada impúdica— . Me basta con uno rápido.
Me agarró del hombro,
— ¡No me toques!
— ¡Ah, es más peleona de lo que parece!— exclamó, sin dejar de reírse y agarrándome con más fuerza.
—¡Quítale las manos de encima!
Suspiré de alivio al ver que Edward se plantaba a mi lado, erguido y desafiante. Me pegué a él instintivamente, sintiéndome a salvo. Se había apartado el pelo de la cara y entornaba sus ojos verdes con furia.
— No estaba hablando contigo— dijo Kirk, soltándome— . Esto no es asunto tuyo.
— Sus problemas son asunto mío también.
— ¿Ah, sí? ¿Te ves capaz de pararme los pies?
— Tócala otra vez y verás— le advirtió Edward
— ¿Quieres jaleo?
—Tú decides.
Edward se quitó la chaqueta de cuero y se arremangó. En la base de su garganta, vi brillar su crucifijo de plata. Su desarrollada musculatura resaltaba bajo la camiseta. Tenía un torso mucho más ancho que Kirk, cosa que éste captó de un vistazo.
—Vamos, tío— le aconsejó uno de sus amigotes, y añadió bajando la voz— : Es Edward Cullen.
Aquello pareció frenar a Kirk.
— ¡Bah!— Escupió en el suelo, me lanzó una mirada asquerosa y se alejó airadamente. Edward me rodeó los hombros con el brazo y yo me arrimé más a él, aspirando su fresca fragancia.
— Algunos necesitarían que les enseñaran modales— dijo con desdén. Yo levanté la vista.
— ¿Te habrías metido en una pelea por mí?
— Claro— respondió sin vacilar.
— Pero ellos eran cuatro.
— Me enfrentaría al ejército de Megatrón para defenderte.
—¿De quién?
Edward sacudió la cabeza y sonrío.
—Siempre se me olvida que tenemos distintos puntos de referencia. Digamos que a mí no me dan miedo cuatro matones de poca monta. Nadie se mete contigo sin vérselas conmigo antes.
Edward no sabía gran cosa de ángeles, pero sí de la gente en general. Intuía lo que querían mucho mejor que yo y, por tanto, podía evaluar con más conocimiento de causa en quién confiar y con quién mantener una distancia prudencial. Yo no ignoraba que Rosalie y Jasper seguían preocupados por las consecuencias de nuestra relación, pero notaba que Edward me proporcionaba una energía y una seguridad en mí misma que me volvía mucho más fuerte para ejercer el papel que me correspondiera en nuestra misión. Y al mismo tiempo, su inquietud por mi bienestar bordeaba la obsesión, porque llegaba a preocuparse por las cosas más insignificantes, como por ejemplo mi nivel energético.
— No has de preocuparte por mí — le recordé un día en la cafetería — . A pesar de lo que piense Jasper, sé cuidar de mí misma.
— Me limitó a cumplir con mi cometido— replicó— . Por cierto, ¿ya has almorzado?
— No tengo hambre. Jasper nos prepara unos desayunos monumentales.
— Toma, cómete esto— me dijo, lanzándome una barrita energética. Como atleta que era, siempre parecía llevar encima una provisión inagotable. Según la etiqueta, aquélla contenía anacardos, coco, albaricoque y semillas.
— No puedo comérmelo. ¡Lleva alpiste!
— Son semillas de sésamo, están repletas de energía. No quiero que acabes agotada.
— ¿Por qué habría de agotarme?
—Porque debes de tener bajo el nivel de glucosa en sangre, así que no discutas.
Cuando se empeñaba en cuidar de mí, era preferible no discutir con él.
— Vale, mami— le dije, dándole un mordisco a aquella correosa barrita— Por cierto, sabe a cartón.
Apoyé la cabeza en sus brazos fuertes y protectores, reconfortada como siempre por su solidez.
— ¿Tienes sueño?— me preguntó.
—Phantom se ha pasado la noche roncando y yo no he tenido valor para sacarlo de mi habitación.
Edward dio un suspiro y me acarició la cabeza.
— A veces te pasas de buena. No creas que no he notado que sólo has dado un mordisco a esa barrita. Venga, termínatela.
—Por favor, Edward, ¡alguien te va a oír!
Recogió la barrita y la paseó por el aire, emitiendo una especie de zumbido con los labios.
— Todavía será más embarazoso si tengo que empezar a jugar a los avioncitos.
— ¿Qué avioncitos?
—Es un truco que emplean las madres para que coman los niños más testarudos.
Me eché a reír y aprovechó la ocasión para meterme volando la barrita dietética en la boca. Le miré lanzándole dagas con los ojos, tragándome la barrita.
A Edward le encantaba contar historias de su familia; y a mí escucharlas. Cuando se ponía a hablar, me quedaba totalmente absorta. Últimamente las anécdotas versaban sobre la boda inminente de su tía menor, la que vivía en Nueva Inglaterra. Yo lo interrumpía con preguntas frecuentes, deseosa de conocer los detalles que él omitía. ¿De qué color eran los vestidos de las damas de honor? ¿Cómo se llamaba el primo al que habían reclutado para llevar los anillos? ¿Quiénes preferían un grupo de rock que un cuarteto de cuerda? ¿Al final serían de satén blanco los zapatos de la novia? Si no sabía la respuesta, me prometía averiguarla.
Mientras comía, Edward me explicó que no había manera de que su madre y su tía Martha se pusieran de acuerdo en los detalles de la boda. Martha quería montar la ceremonia en el jardín botánico local de su ciudad, pero su hermana opinaba que era un entorno demasiado «primitivo». La madre de Edward deseaba que la boda tuviera lugar en una iglesia y, durante la última discusión, había llegado a amenazar con no asistir si la ceremonia no se celebraba en una Casa de Dios. Según ella, si los votos no se hacían en un lugar santificado ni siquiera tenían validez. Al final llegaron a un acuerdo: la ceremonia se haría en la iglesia y la recepción en un pabellón junto a la playa. Edward sofocaba la risa mientras me contaba la historia, divertido por las extravagancias de las mujeres de su familia. Yo no podía dejar de pensar que su madre, Esme, y Jasper congeniarían a las mil maravillas.
A veces me sentía excluida de esa parte de su existencia. Era como si él llevase una doble vida: la que compartía con su familia y sus amigos, y el profundo vínculo que lo unía a mí.
— ¿No piensas nunca que no estamos hechos el uno para el otro?— le pregunté, apoyando la barbilla en las manos y tratando de descifrar su expresión.
— No, no lo pienso— dijo sin vacilar ni un segundo — . ¿Y tú?
— Bueno, lo único que sé es que esto no estaba previsto. Alguien ahí arriba ha metido la pata en serio.
— Lo nuestro no es ningún error— insistió Edward
— No, pero lo que digo es que hemos ido en contra del destino. No es esto lo que habían planeado para nosotros.
— Me alegro de la confusión, ¿tú no?
— Por mí sí.
— ¿Pero?
— Pero no quiero convertirme en una carga para ti.
— No eres ninguna carga. Puedes resultar exasperante y no hacer caso de los consejos, pero nunca eres una carga.
— No soy exasperante.
—Se me olvidaba añadir que no tienes mucho ojo para conocer a la gente, ni siquiera a ti misma.
Le alboroté el pelo, regodeándome con la sensación de suavidad que sentía en los dedos.
— ¿Tú crees que le caería bien a tu familia?— pregunté.
— Claro. Confían en mi criterio para casi todas las cosas.
— Sí, pero... ¿y si me encontraran extraña?
— Ellos no son de ese estilo, pero, bueno, ¿por qué no lo averiguas tú misma? Ven este fin de semana a conocerlos. Hace días que quería proponértelo.
— No sé— me escabullí — . Me siento incómoda entre desconocidos.
— Ellos no lo son; además, ya conoces a Emmett y Alice, aunque— vaciló— mucho me temo que también estarían mis primos— dijo intentando poner la mejor sonrisa para convencerme —. Yo los conozco de toda la vida.
— Quiero decir para mí.
— Son parte de lo que yo soy, Bells. Significaría mucho para mí que pudieran conocerte. Ya han oído bastante de ti.
— ¿Qué les has contado?
— Sólo lo buena que eres.
— Tan buena no soy. Si no, no estaríamos en esta situación.
—A mí nunca me han atraído las chicas completamente buenas.
—¿Y Alice y Emmett qué han contado sobre mí?
—Alice te pone por las nubes, ya sabes que te adora. Y en cuanto a Emmett…— hizo una mueca
—¿Qué?
—Te pone algo verde respecto a tu torpeza, amor
—No me sorpresa, la verdad
—En fin, ¿vendrás?
—Me lo pensaré.
Yo había esperado que me lo pidiera y quería decirle que sí, pero temía en parte sentirme demasiado distinta de ellos. Después de lo que había oído de aquella madre tan conservadora, no me apetecía que me juzgaran. Edward vio mi expresión.
— ¿Cuál es el problema?— preguntó.
—Si tu madre es una mujer religiosa, quizá sea capaz de reconocer a un ángel caído cuando lo vea.
La objeción, una vez pronunciada en voz alta, sonaba bastante estúpida.
— Tú no eres un ángel caído. ¿Por qué has de ponerte tan melodramática?
— Lo soy en comparación con Rosalie y Jasper
—Bueno, dudo mucho que mi madre vaya a darse cuenta. Yo tuve que enfrentarme con el escuadrón de Dios, ¿recuerdas? Y no traté de escaquearme.
— Eso es cierto.
—Y tampoco es que sean unos santos Rosalie y Jasper, si no recuerdo mal Jasper anda con una menor y Rosalie estaba besándose con Emmett en mitad de la calle
—Eso también es verdad —me reí, más animada
—Entonces, decidido. Pasaré a buscarte el sábado a las cinco. Tu clase de literatura está a punto de empezar. Te acompaño.
Mientras recogía mis libros, resonó en la cafetería el eco de un trueno. La luz del sol oculto tras las nubes que se colaba por los ventanales desapareció bruscamente y el cielo se oscureció amenazando lluvia.
— Está a punto de llover, como no— dijo Edward, mirando el cielo.
—Adiós, sol— gemí.
Apenas lo había dicho, empezaron a caer gruesas gotas. Y en un abrir y cerrar de ojos, una tupida cortina de lluvia estaba tamborileando en el techo de la cafetería. Miré a los estudiantes que cruzaban corriendo el claustro, cubriéndose la cabeza con la carpeta. Un par de chicas de tercero permanecían a cielo abierto, dejando que la lluvia las empapase y riéndose histéricamente. Se las iban a cargar cuando aparecieran en clase caladas hasta los huesos. Vi a Jasper dirigiéndose hacia el ala de música con expresión preocupada. Su paraguas se inclinaba, azotado por el viento enfurecido que se había levantado.
— ¿Vamos?— me dijo Edward
— Quedémonos un rato a mirar la lluvia. No hay nada muy interesante en literatura ahora mismo.
— ¿Ésa es la Bella mala?
— Me parece que hemos de revisar tu definición de mala. ¿No puedo quedarme contigo durante esta clase?
— ¿Y que luego tu hermano me acuse de ser una mala influencia? Ni hablar.
Deslicé el dedo por su mejilla, disfrutando de la suavidad de sus contornos. Edward me tomó el dedo y me besó la punta antes de depositármelo con firmeza en mi regazo. Aunque fuera de largo la más interesante de todas mis materias, no estaba de humor para una clase de literatura. Me apetecía quedarme más roto con Edward; separarme de él me producía siempre una especie de dolor físico, como un calambre en el pecho. Cuando llegamos al aula, estreché sus dedos con más fuerzas y lo atraje hacia mí. No importa cuánto tiempo pasáramos juntos: nunca me parecía suficiente, siempre quería más. Cuando se trataba de él, me entraba un apetito voraz que no había modo de satisfacer.
— No pasa nada si llego unos minutos tarde— dije para engatusarle.
— Ni hablar— replicó Edward, quitando uno a uno de los dedos con los que lo agarraba de la manga —. Vas a entrar puntualmente.
—Te estás convirtiendo en un repelente— rezongué.
Él no hizo caso y me puso los libros en las manos. Ahora casi nunca me dejaba llevar ningún peso cuando me acompañaba. La gente debía tomarme por una perezosa incurable viéndome deambular por ahí con las manos vacías, mientras Edward me seguía cargando con mis pertenencias.
— Yo puedo llevar perfectamente mis propias cosas, Ed. No soy ninguna inválida, ¿sabes?
—Ya — respondió, lanzándome su adorable media sonrisa— . Pero a mí me gusta estar a tu disposición.
Antes de que pudiera detenerme, le eché los brazos al cuello y lo arrastré a un hueco entre las taquillas. La culpa era suya, qué caramba, por plantarse allí delante con aquel pelo cobrizo tan suave revoltoso, con la camiseta del por fuera y el cordón de cuero trenzado ciñéndole la muñeca y con su colgante de plata. Si no quería que le atacara, que no se pusiera en mi camino.
Edward dejó caer sus propios libros y me devolvió el beso con pasión, sujetándome el cuello con ambas manos y apretándose contra mí. Algunos rezagados que corrían a sus clases nos miraron con todo descaro.
—¡Buscaos una habitación!— nos soltó uno, pero nosotros no le hicimos ni caso.
Durante ese momento el espacio y el tiempo se desvanecían: sólo existíamos nosotros dos, en nuestra propia dimensión personal, y yo apenas podía recordar dónde estaba ni quien era. No distinguía donde terminaba mi ser y empezaba el suyo. Lo cual me recordaba un pasaje de Jane Eyre en el que Rochester le dice que la ama como si fuera su propia carne. Así era exactamente como amaba a Edward.
Entonces se separó de mí.
—Es usted muy mala, señorita Hale— jadeó, con una sonrisa en los labios y una voz remilgada— Y yo estoy totalmente indefenso ante sus encantos. Bueno, ahora creo que llegamos tarde los dos.
Por suerte para mí, la señorita Castle no era el tipo de profesora que se preocupaba por la puntualidad. En cuanto entré y fui a sentarme entre las primeras filas, me entregó una carpeta.
— Hola, Bella— me dijo— Estábamos hablando de la introducción al primer trimestre. He decidido asignaros un trabajo de escritura creativa por parejas. Habréis de preparar juntos y leer en clase un poema sobre el amor, como preludio para el estudio que realizaremos acto seguido de los grandes poetas románticos: Wordsworth, Shelley, Keats y Byron
Yo la sonreí, encantada por el nuevo proyecto y me senté en mi habitual asiento en primera fila.
— Bien chicos, sentaos —llamó la atención la señorita Castle —, hoy tenemos un alumno nuevo en la clase
La gente empezó a cambiar de asiento, sin prestar atención a lo del nuevo alumno y a distribuirse de dos en dos. De vuelta a su sitio, un chico se detuvo frente a mi mesa.
— ¿Quieres que vayamos juntos? — me susurró— . Tengo entendido que tú también eres nueva.
—Bueno, ya llevo un tiempo aquí — respondí, no muy contenta con la comparación.
El chico nuevo interpretó mi respuesta como un sí y se sentó sin más a mi lado. Luego se arrellanó cómodamente en su silla, con las manos en la nuca.
— Me llamo Tyler Crowley — dijo, mirándome con sus ojos oscuros entornados
—Isabella Hale— repuse, incómoda
—Es un gran placer conocerte. — intentó sonar encantador
Estuve a punto de soltar una carcajada. ¿Pretendía que me lo tomase en serio?¿Dónde creía que estábamos? No me reí porque me quedé mirándolo a los ojos. Su mirada me recorrió de arriba abajo y tuve la sensación de que no se había dejado nada. Tamborileó con los dedos en la mesa, aburrido.
—Bueno— dije— , ¿alguna idea?
Me miró desconcertado.
— Para el poema— le recordé, enarcando una ceja.
— Empieza tú. Yo aún estoy pensando.
— Muy bien. ¿Prefieres alguna metáfora en particular? ¿Una selva exuberante?, ¿el arco iris?, ¿algo por el estilo? ¿Tienes alguna debilidad?
—¿Y eso qué se supone que significa?— preguntó soltando una carcajada
Uff, me había emparejado con alguien pasota
— Tener debilidad por algo significa que te gusta.
— Ya sé lo que significa, pero ¿por qué todas esas cursilerías?
—Me gustan— dije con una sonrisa.
Repentinamente se desentendió de mí y garabateó una nota en un trozo de papel. Lo estrujó en una bola y se la lanzó a las chicas góticas, Alicia y Alexandra, que estaban en la fila de delante, inclinadas sobre sus cuadernos, escribiendo con brío. Se volvieron a mirar enojadas
— O sea que el tema es el amor— proseguí, intentando llamar su atención
— ¿Cómo?— preguntó estúpidamente.
— Para nuestro poema.— Me miró de soslayo— ¿Ya has vuelto a olvidarlo?
— Estaba distraído.
—¿Molestando a Alicia y Alexandra?
—¿Celosa? — preguntó con picardía
— ¡No!— me apresuré a responder.
—Sólo pretendo hacer amistades— dijo, ahora con una expresión franca e inocente— Siempre es duro ser el nuevo.
Sentí una punzada de compasión.
— Estoy segura de que harás amigos muy deprisa, aunque molestando a las góticas no empiezas muy bien— le dije— . Todo el mundo fue amable cuando llegué.
Permanecimos durante un rato en silencio, sopesando ideas hasta que Tyler me hizo otra pregunta.
— Oye, ¿qué hacéis aquí para divertiros?
—Bueno… — Hice una pausa— . Yo paso la mayor parte del tiempo con mi familia. Y con mi novio.
— ¡Ah, con que hay un novio! ¡Qué bueno!— Sonrió— . No es que me que tienes novio… con esa cara. ¿Quién es el afortunado?
— Edward Cullen— contesté, avergonzada por el cumplido y algo incómoda.
—¿Tiene intención de tomar los hábitos pronto?
Fruncí el ceño.
— Ya veo. Perdón por el error.
Me removí incómoda en mi asiento.
— ¿Y qué te parece tu nuevo hogar?— me preguntó más tarde.
— Forks es muy agradable para vivir. La gente es auténtica — respondí — Demasiada lluvia pero uno se acostumbra. Aunque alguien como tú quizá lo encuentre aburrido.
—No lo creo— dijo, mirándome— . Ya no, si hay gente como tú.
Sonó el timbre y recogí a toda prisa mis libros, deseosa de reunirme con Edward.
—Nos vemos, Isabella— dijo Tyler — . Quizá seamos más productivos la próximavez.
Me asaltó una sensación de inseguridad cuando le di alcance a Edward junto a las taquillas. Me sentí intranquila y lo único que deseaba era acomodarme entre sus brazos protectores, a pesar de que ya me pasaba así la mayor parte del día. En cuanto guardó sus libros, me acurruqué contra su pecho y me aferré a él como una lapa.
— Uau— dijo, estrechándome con fuerza— Yo también me alegro de verte. ¿Estás bien?
— Sí — respondí, enterrando la cara en su camiseta y aspirando su fragancia. Te echaba de menos, nada más.
—Sólo hemos estado separados una hora.— Rió— . Venga, salgamos de aquí. Caminamos hasta el aparcamiento.
Jasper y Rosalie le habían dado permiso para llevarme a casa en coche de vez en cuando, cosa que él consideraba un gran progreso. Lo tenía aparcado en el sitio de siempre, a la sombra de una hilera de robles, y se adelantó a abrirme la puerta. No sabía qué se creía que iba a pasarme si me dejaba abrirla a mí misma. Quizá temía que se desprendiera de las bisagras y me aplastara, o que yo me torciera la muñeca al manejar la palanca. O acaso era que lo habían educado con excelentes modales anticuados.
Edward no arrancó el motor hasta que coloqué en el asiento de atrás la mochila y me puse el cinturón de seguridad. Jasper le había explicado que yo era la única de nosotros tres que podía sufrir heridas y dolor: mi forma humana podía resultar dañada. Edward se lo había tomado muy a pecho y salió del aparcamiento con un aire de intensa concentración.
Pese a su prudencia, sin embargo, no pudo impedir lo que sucedió a continuación. Cuando ya salíamos a la avenida, una vieja camioneta Chevrolet azul desgastada se nos cruzó por delante. Edward frenó bruscamente, haciendo derrapar el coche y evitando por poco la colisión. Viramos a la derecha y chocamos con el bordillo. Yo me fui hacia delante: el cinturón me paró en seco y me retuvo contra el asiento con un doloroso tirón. La camioneta se alejó rugiendo calle abajo, dejando una estela de gases. Edward lo miró mudo de asombro antes de volverse para comprobar que yo estaba bien. Sólo al ver que no me había pasado nada, dio rienda suelta a su rabia.
— ¿Quién demonios era ése?— rugió—. ¡Menudo idiota! ¿Has visto cómo conducía? Si llego a averiguar quién es, que el Cielo me ayude, te aseguro que lo voy a moler a palos.
— No se le veía la cara con las ventanas subidas—murmuré.
— Ya nos enteraremos— gruñó Edward— No se ven muchas Chevrolet Luv por aquí.
— ¿Cómo es que conoces tan bien el modelo?
—Soy un chico. Me gustan los coches
Edward me llevó a casa todavía furioso. Escrutaba el tráfico y no les quitaba el ojo a los conductores vecinos, como si el incidente pudiera repetirse. Cuando nos detuvimos frente a Sunset, ya se había calmado un poco.
— He preparado limonada— nos dijo Rosalie abriendo la puerta. Tenía un aire tan doméstico con su delantal que a los dos se nos escapó una sonrisa— ¿Por qué no pasas, Edward? — le preguntó— Puedes hacer los deberes con Isabella
— Uh, no, gracias. Le he prometido a mi madre que le haría unos recados— dijo, eludiendo la invitación.
— Jasper no está, ha salido con tu hermana.
—Ah, bueno, entonces sí. Gracias.
Mi hermana nos hizo pasar y cerró la puerta. Phantom salió disparado de la cocina al oírnos y se abalanzó sobre nuestras piernas a modo de saludo.
—Primero los deberes; luego el paseo— le dije.
Desplegamos los libros sobre la mesa del comedor. Edward tenía que terminar un trabajo de psicología y yo había de analizar una viñeta humorística para la clase de historia. La viñeta mostraba al rey Luis XVI, de pie junto al trono, al parecer muy satisfecho de sí mismo. Mi tarea consistía en interpretar el significado de los objetos que había alrededor.
— ¿Cómo se llama eso que sujeta en la mano? — le pregunté a Edward— No lo veo bien.
— Parece un atizador— respondió.
— Dudo muchísimo que Luis XVI se ocupara de atizar el fuego. Yo diría que es un cetro. ¿Y qué es lo que lleva puesto?
—Hum… ¿un poncho? — sugirió Edward
Puse los ojos en blanco.
—Voy a sacar un sobresaliente con tus consejos. Y tú como pongas esas respuestas en tu ejercicio también
A decir verdad, ni la tarea que me habían asignado ni las notas con las que recompensaran mis esfuerzos me interesaban lo más mínimo. Las cosas que deseaba aprender no veían en los libros; procedían de la experiencia y de la relación con la gente. Pero Edward estaba concentrado en su trabajo de psicología y no quería distraerlo más, así que volví a examinar la viñeta. Mi capacidad de atención resultó muy efímera.
Si pudieras rectificar una sola cosa de toda tu vida, ¿cuál sería?— le pregunté, mientras le hacía cosquillas a Phantom en el hocico con las plumas de mi bolígrafo de fantasía. Él lo agarró entre los dientes, creyendo que era un bicho peludo, y se alejó muy ufano con él.
Edward dejó su propio bolígrafo y me miró, socarrón.
— ¿No querrás decir: cuál es la variable independiente en el Experimento de la Prisión de Stanford?
— Vaya rollo— dije.
—Me temo que no todos hemos recibido la bendición del conocimiento divino.
Di un suspiro.
— No entiendo cómo te interesan estas cosas.
—No me interesan. Pero no me queda otro remedio— dijo— He de entrar a la universidad y conseguir un trabajo si quiero salir adelante. Ésa es la realidad.— Se echó a reír— Bueno, no es tu caso, supongo; pero en el mío seguro que sí.
No tenía respuesta. Sólo de imaginarme a Edward haciéndose mayor, obligado a trabajar un día sí y otro también para mantener a una familia hasta la muerte, me daban ganas de llorar. Yo quería que su vida fuera más fácil y que la pasara conmigo.
—Lo siento— murmuré.
Él deslizó su silla para acercarse más.
— No lo sientas. Yo preferiría mucho más hacer esto…
Se inclinó y me besó el pelo, deslizándose lentamente los labios hasta encontrar mi barbilla y, finalmente, mi boca.
— Preferiría mucho más pasarme todo el tiempo hablando contigo, estando a tu lado, descubriéndote— añadió— Pero aunque me haya metido en esta locura, eso no significa que pueda abandonar todos mis planes. No podría, por mucho que lo deseara. Mis padres esperan que entre en una universidad de elite.— Frunció el ceño— Es muy importante para ellos.
— ¿Y para ti?— pregunté.
—También— respondió— ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Asentí. Yo sabía bien lo que era tener que cumplir las expectativas de tu familia.
— Has de hacer algo que te satisfaga también a ti— le dije.
— Por eso estoy contigo.
— ¿Cómo se supone que voy a estudiar si me sigues diciendo cosas como ésta?— me quejé.
— Tengo muchas más guardadas del mismo estilo— dijo, burlón
— ¿A esos dedicas tu tiempo libre?
— Me has pillado. Lo único que hago es prepararme frases para impresionar a las mujeres.
— ¿A las mujeres?
— Perdón. A una mujer— rectificó al ver cómo me enfurruñaba— Una mujer que vale por mil.
— Venga ya, cierra el pico. No trates de arreglarlo ahora.
— Tan misericordiosa— Edward sacudió la cabeza—, tan compasiva y dispuesta a perdonar.
—No te pases, amigo— le dije, adoptando voz de matón.
Edward bajó la cabeza, siguiéndome el juego.
—Te pido perdón… Jo, soy un calzonazos.
Continué con mi tarea de historia mientras él acababa de redactar su informe. Aún le quedaban un montón de deberes, pero al final quedó claro que yo representaba una distracción excesiva. Justo cuando acababa de resolver su tercer problema de trigonometría, noté su mano deslizándose sobre mi regazo. Le di un ligero cachete.
— Continúa estudiando — le dije cuando levantó la vista—Nadie te ha dado permiso para parar.
Sonrió y escribió algo al pie de la hoja. Ahora la solución decía:
Halla x si (x)=2sen3x, sobre al dominio —2π‹x‹2π»
X=Bella
— ¡Para de hacer el tonto!—¡De eso nada! ¡Es la verdad! Tú eres mi solución para todo— replicó—. El resultado final siempre eres tú. X siempre es igual a Bella.
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