20
La palabra que empieza por "s"
—
Pareces abstraída— me dijo Edward mientras nos íbamos juntos a la clase
de francés. Me conocía muy bien, no se le escapaba nada.— Sólo estaba pensando en el baile—le mentí.
¿Por eso tienes esa cara tan triste?
Decidí quitarme a Tyler Crowley de la cabeza. El dolor del brazo probablemente no tenía nada que ver con él. Debía haberme arañado sin darme cuenta con la puerta de la taquilla o con el pupitre. Tenía que exagerar por todo.
— No estoy triste— dije a la ligera—. Ésta es mi expresión pensativa. La verdad, Edward... ¿aún no me conoces?
— Uf, qué fallo.
— Con eso no basta.
— Lo sé. Puedes aplicarme el castigo que creas conveniente.
— ¿Te he dicho ya que he decidido qué apodo ponerte?
— No sabía que me estabas buscando alguno.
— Bueno, pues he considerado el asunto seriamente. —bromeé
— ¿Y cual ha sido la conclusión?
—Gallito— anuncié con orgullo, riéndome interiormente
Edward hizo una mueca.
— Ni hablar.
— ¿No te gusta? ¿Qué me duces de abejorrito?
— Peor.
— ¿Monito peludo?
— ¿No tendrás un poco de cianuro?
—Bueno, ya veo que hay gente muy difícil de alegrar.
Nos cruzamos con un grupo de chicas que estaban absortas estudiando en una revista los vestidos de las famosas y me acordé de la otra noticia que quería contarle.
— ¿Te he dicho que Rosalie me está haciendo el vestido? Espero que no le dé demasiados quebraderos de cabeza.
— ¿Para qué están las hermanas, si no? — bromeó, pero de repente se puso serio— ¿Tú estás contenta, es decir, quieres ir al baile, no?
—Bueno… me ha costado hacerme a la idea de bailar pero la noche del baile ya no me parece tan horrible como al principio
—Entonces, se podría decir que la idea no te desilusiona, ¿verdad?— susurró—. Pues imagínate la alegría que me provoca a mí, que voy a ir con un ángel.
— ¡Chist!— le tapé la boca con la mano—. Acuérdate lo que le prometiste a Jasper.
—Calma, Bells. Nadie tiene oído supersónico por aquí.— Me dio un beso en la mejilla. - Y la fiesta va a ser fantástica. Cuéntame cómo será el vestido.
Fruncí los labios y me negué a revelarle ningún detalle.
— ¡Va, venga!
— No. Tendrás que esperar hasta la gran noche.
— ¿No puedo saber al menos el color? - insistió
— No, no, no.
— Qué crueles llegáis a ser las mujeres.
— Edward...
— ¿Sí, Cielo?
— Si te lo pidiera, ¿me escribirías un poema?
Me miró con aire curioso.
— ¿Estamos hablando de un poema de amor?
— Supongo.
— Bueno, no puedo decir que sea mi fuerte, pero tendré algo para ti a última hora.
— Tampoco hace falta — dije, riendo—. Era sólo una pregunta.
Siempre me asombra su deseo de complacerme ¿Habría algo que no estuviera dispuesto a hacer si se lo pidiera
Edward y yo teníamos que dar aquel día en clase, una conferencia en francés y habíamos decidido hacerla sobre París, la ciudad del amor. A decir verdad, no habíamos investigado mucho; Jasper nos había facilitado toda la información. Ni siquiera habíamos tenido que abrir un libro o una página de internet.
Fue Edward el que empezó cuando nos llamó la señora Collins, y me fijé que las demás chicas lo miraban atentamente. Traté de ponerme en su lugar: tener que mirarlo anhelante desde lejos sin llegar a conocerlo nunca... Contemplé su piel blanquecina, sus fascinantes ojos esmeraldas, su sonrisa torcida, sus brazos musculosos y los mechones de color cobrizo castaño que tenía alborotados. Seguía llevando su crucifijo de plata colgado del cuello con un cordón de cuero. En fin, era impresionante. Y era todo mío.
Estaba tan arrobada admirándolo que ni siquiera advertí que había llegado mi turno. Edward carraspeó para devolverme a la realidad y yo me apresuré a exponer mi parte, hablando de las vistas románticas y de la maravillosa cocina que ofrecía París. Mientras hablaba, me di cuenta que en de vez de mirar al resto de la clase para tratar de interesarlos, no hacía otra cosa que lanzarse miradas de soslayo a Edward. Estaba visto que no podía quitarle los ojos de encima ni un minuto.
Cuando concluí, Edward me levantó en brazos por los aires en un gesto espontáneo
— Arg, ¿por qué no os buscáis una habitación?— clamó Laurent—. C'est trés... repugnante.
— Bueno, ya está bien— dijo la señora Collins, separándonos.
— Disculpe — dijo Edward con una sonrisa contrita—. Sólo pretendimos hacer la representación lo más autentica posible.
La señora Collins nos miró airada, pero el resto de la clase estalló en carcajadas.
La noticia de nuestra actuación corrió como la pólvora y Alice no dejó pasar la primera oportunidad para refregármelo.
— Así que mi hermano y tú estáis del todo colados el uno por el otro— me dijo con un tono cómico.
— Sí.— Procuré reprimir la sonrisa que me salía sin querer cuando pensaba en él.
— Todavía no puedo creer la suerte que ha tenido mi hermano al encontrarte— dijo, meneando la cabeza
— Yo tampoco me lo puedo creer a veces—le dije con modestia.
— Me repatea decir esto de mi hermano, pero tengo que reconocer que resulta bastante romántica su manera de cuidarte, como un caballero con su reluciente armadura.— Alice soltó un suspiro—. Ojalá algún chico me tratara así.
— Tú tienes a Jasper, que es todo un ángel, nunca mejor dicho— le dije— Añadiendo el qué tienes a un montón de chicos locos por ti
— Ya sabes mi opinión sobre todos esos inútiles: Te siguen a todas partes como perritos falderos.
— Bueno, por lo menos mi hermano te cuida y te quiere
— Sí, ya. Pero no es lo mismo que lo vuestro— repuso—. Y aunque sé que Jasper me quiere tiene un modo de comportarse muy diferente. Vosotros si parecéis conectados. Los demás sólo quieren una cosa.— Hizo una pausa—. Bueno, seguro que tú y Edward os montaréis vuestro rollito y tal, pero da la impresión de que hay algo más.
— ¿Qué rollito?— repetí, intrigada.
— Ya me entiendes. En la cama.— Soltó una risita, algo incómoda— A pesar de que Edward sea mi hermano no tiene que darte vergüenza decírmelo.
—No estoy avergonzada. Y no nos hemos montado nada.
Ella abrió los ojos como platos.
— ¿Me estás diciendo que tú y Edward...?
— ¡Chist!— Agité las manos para que bajase el tono mientras los de la mesa de al lado se volvían a mirarnos—. ¡No, claro que no!
— Perdona. Me has sorprendido. En fin, yo pensaba que habrías... Pero otras cosas sí, ¿no?
— Claro. Vamos de paseo, nos cogemos de la mano, compartimos el almuerzo...
— ¡Por el amor de Dios, Bella! ¿De dónde sales? — refunfuñó— Bueno, ¿él no te ha insinuado que quiere más?
— ¡No!— repliqué, indignada—. A Edward no le interesan ese tipo de cosas.
— Eso dicen todos al principio— dijo Alice tristemente—. Tú dale tiempo. Por fantástico que sea Edward, todos los chicos quieren lo mismo, y aunque sea mi hermano el no es la excepción
— ¿De veras?
—Claro, cariño.— me dio unas palmaditas en el brazo—. Deberías estar preparada.
Me quedé callada. En todas mis decisiones le preguntaba a Alice su opinión, y parecía ser que en el tema de los chicos no era la excepción. Me sentí repentinamente incómoda. Yo había dado por supuesto que a Edward no le importaba mi incapacidad para satisfacer todos los aspectos de nuestra relación. Al fin y a cabo, nunca había sacado el tema ni había insinuado que figurase entre sus expectativas. Pero ¿cabía la posibilidad de qué me ocultase sus verdaderos deseos? Que nunca hablara de ella no significaba que no lo tuviera en la cabeza. Él me amaba porque yo era diferente, pero los seres humanos tenían ciertas necesidades... algunas de las cuales no podían dejarse de lado indefinidamente.
Aquella tarde Alice y yo fuimos a su casa para hacer los deberes del día siguiente. Al terminar, nos pasamos el resto de la tarde ojeando revistas de moda e imágenes de Google en el portátil de Alice, tratando de imitar peinados. Ella estaba decidida en llevar el pelo recogido, bien en un estilo de moño francés, bien con una corona de rizos. Yo no sabía todavía como lo quería, pero seguro que Rosalie se le ocurriría alguna idea.
— He estado pensando en lo que me dijiste— le solté de repente, mientras ella imprimía una foto de Gwyneth Paltrow caracterizada como Emma Woodhouse—.Sobre Edward y... hum... la parte física de nuestra relación.
— ¡Ay, Dios! — chilló Alice—. Cuéntame. ¿Cómo fue? ¿Te gustó? Si no, tampoco importa. No puedes esperar que la primera vez salga muy bien. Mejora con la practica.
— No, no. No ha pasado nada— respondí —. Sólo me preguntaba si debería sacarle el tema a Edward.
— ¿Sacarlo? ¿Para qué?
— Para saber que piensa.
— Si le preocupara ya lo habría sacado él. ¿Por qué te estresas ahora?
— Bueno, quiero saber lo que desea, lo que espera, lo que le haría feliz...
— Bella, tú no tienes que hacer nada sólo para hacer feliz a un chico— me dijo Alice—. Si no estás preparada, deberías esperar.
— Pero es que quiero hablar con él del asunto— dije—. No quiero parecer una cría.
— Bells —Alice cerró la página web que estaba explorando y se volvió para mirarme con su expresión más fría de consejera —. Esto es algo que todas las parejas han de hablar finalmente. Lo mejor es ser sincero, no fingir lo que no eres. Él sabe que tú no has tenido ninguna experiencia ¿no? — asentí en silencio—. Vale. Mucho mejor, así no habrá sorpresas. Tú sólo has de decirle que te ha pasado por la cabeza y que quieres saber que piensa él. Entonces sabréis los dos qué terreno pisáis.
—Gracias.— Sonreí, agradecida—. Eres la mejor.
Ella se echó a reír.
— Ya lo sé. Por cierto, ¿te he contado que se me ha ocurrido un plan fabuloso?
— No— le dije—. ¿Para qué?
—Para que Jasper me haga caso. – dijo segura de sí misma
Gemí para mis adentros.
— Otra vez, no, Alice. Ya está mas que claro lo que mi hermano siente por ti, no apresures las cosas por favor.
— Lo sé. Pero nunca he conocido a nadie como él. Y no quiero que por ser demasiado confiada otra me lo pueda robar. Por eso he decidido interesarme en las cosas de Jasper
—¿Qué quieres decir?
— Bueno, he comprendido una cosa— dijo con una amplia sonrisa—. Lo único que puedo hacer para conseguir gustarle a Jasper es volverme mejor persona. O sea que... he decidido desarrollar mi conciencia social; ya me entiendes, implicarme más con la comunidad.
— ¿Y cómo pretendes hacerlo?
— Trabajando unas horas como voluntaria en la residencia de ancianos. Es una gran estrategia, has de reconocerlo.
—La verdad Alice, la mayoría de la gente no hace esos servicios comunitarios como parte de una estrategia — le dije—. No deberías planteártelo así. A Jasper no le gustaría.
— Bueno, pero él no sabe ¿verdad? Además, lo hago por un buen motivo— dijo
— Aly...— empecé, pero ella me cortó en seco.
—No trates de disuadirme. Quiero seguir el plan hasta el final y ver qué pasa. He de intentarlo.
«No servía de nada, es imposible», pensé, rememorando en aquel momento las advertencias que él me había hecho, repetidas veces, no hacia tanto tiempo
— Además, ¿cómo voy a mirar a cualquier otro después de conocerlo a él?
La miré atentamente. Tenía una expresión tan franca y auténtica que no me quedó más remedio que creerla. Sus ojos relucían de deseo.
—Estoy esperando alguna señal.
— Dime, ¿por qué te gusta tanto? ¿Por su aspecto?
— Al principio, sí — confesó—. Pero ahora es algo más. Cada vez que lo veo tengo una extraña sensación de déjà vu, como si lo hubiera visto antes. Es una sensación un poquito espeluznante, pero asombrosa. A veces me da la impresión de qué sé lo que está a punto de hacer o decir. — Sacudió su pelo con actitud resuelta—. Bueno, ¿me ayudarás?
— Ya sabes que desde el principio te prometí que te ayudaría en tu afán de conseguir a Jasper, y aunque ya lo tengas… ¿Qué puedo hacer?
—Colaborar con mi plan. Déjame acompañarte la próxima vez que vayáis a Fairheven.
¿No formaría parte del plan divino aquel repentino interés de Alice en la residencia de ancianos? Si gracias a Jasper, aunque lo hubiera hecho involuntariamente, Alice comenzaba a ser una persona más generosa, estaríamos haciendo bien nuestro trabajo al fin y al cabo.
—Supongo que eso sí puedo hacerlo.
Después de la cena, fue Edward el que se ofreció a llevarme a casa. Verdaderamente, no esperaba otra cosa y me encantaban esos momentos que compartíamos en el coche: los dos en un espacio pequeño, calentitos, en donde podíamos ser nosotros mismos sin preocuparnos de lo que pensaran los demás. Era algo magnífico
Una vez en mi habitación, intenté seguir trabajando en la poesía, que nos habían encargado, pero me sentía completamente bloqueada. No se me ocurría ni una sola idea. Garabateé algunas posibilidades, pero todas me resultaban trilladas y acaban en la papelera. Puesto que había sido Tyler quien había empezado, no sentía el poema como algo mío, y nada de lo que me venía a la cabeza parecía encajar. Acabé dándome por vencida y bajé para llamar a Edward
Al final resultó que mi bloqueo creativo tampoco representaba ningún problema.
— Me he tomado la libertad de escribir el resto de la primera estrofa— me anunció Tyler cuando nos sentamos al otro día en la última fila de la clase—. Espero que no te importe.
—No, te lo agradezco. ¿Me lo recitas?
Con un gesto seco de muñeca, abrió su diario escolar por la página justa. Su voz derramaba un líquido mientras leía en voz alta.
Ella tenía la cara de un ángel
En cuyos ojos me viera reflejado,
Como si fuéramos uno y el mismo
A una mentira esclavizado.
Levanté la vista lentamente, sin saber muy bien lo que había estado esperando. Tyler seguía mirándome con aire amigable.— ¿Espantoso?— preguntó, escrutando mi rostro con sus ojos. Habría jurado. Que eran azules la última vez, pero ahora relucían negros como el carbón.
— Está muy bien— murmuré—. Es evidente que tienes un don para estas cosas.
— Gracias— dijo— . Intenté ponerme en el lugar de Heatcliff escribiéndole a Cathy. Nadie significó tanto para él como esa chica. La amaba tanto que no le quedaba nada para los demás.
—Era un amor absorbente— asentí.
Bajé la vista, pero Tyler me tomó la mano y empezó a deslizar un dedo en espiral por mi muñeca. Tenía los dedos muy calientes y parecía que me quemaban la piel. Era como si estuviera tratando de enviarme un mensaje sin palabras.
—Eres preciosa— murmuró—. Nunca había visto una piel tan delicada, como una flor. Pero me figuro que estas cosas te las dicen continuamente.
Aparté la muñeca.
— No— le dije—. Nadie me lo había dicho.
— Hay un montón de cosas que me gustaría decirte si me dieras la oportunidad. —Tyler parecía casi en un trance místico—. Podría enseñarte lo que es estar enamorado de verdad.
— Yo ya estoy enamorada. No necesito tu ayuda. – le dije cortante
— Podría hacerte sentir cosas que nunca has sentido.
— Edward me da todo lo que deseo— le espeté.
— Podría mostrarte un grado de placer que nunca has llegado a imaginar—insistió Tyler. Su voz se había transformado en un susurro hipnótico.
— No creo que a Edward le gustara eso —dije fríamente.
—Piensa en lo que te gustaría a ti, Isabella. En cuanto a Edward, se diría que le cuentas demasiado. Yo, en tu lugar, utilizaría el sistema de dar a conocer sólo lo imprescindible.
Me dejó de piedra la brutalidad de su franqueza.
—Bueno, resulta que no estás en mi lugar y no es así como yo funciono. Mi relación con Edward se basa en la confianza, una cosa con la que pareces no muy familiarizado— le solté, tratando de subrayar el abismo moral que nos separaba.
Aparté la silla y me levanté. Algunos compañeros se volvieron para mirarme con curiosidad. Incluso la señorita Castle levantó la vista del montón de trabajos que estaban corrigiendo.
— No te enfades conmigo, Bella — me dijo Tyler, de repente con un aire suplicante —. Por favor, siéntate.
Volví a tomar asiento de mala gana, y más que nada porque no quería llamar la atención ni alimentar las habladurías.
— Me parece que no quiero continuar este trabajo contigo — le dije—. Estoy segura que la señorita Castle lo entenderá.
—No seas así. Perdona ¿No podríamos olvidar todo lo que he dicho?
Resoplé y me crucé de brazos, pero su expresión de inocencia me podía.
— Te necesito como amiga — me dijo—. Dame otra oportunidad.
— Sólo si me prometes nunca decir nada parecido.
— De acuerdo, de acuerdo.— Alzó las manos, rindiéndose—. Te lo prometo... ni una palabra más
Cuando me encontré después de clase con Edward no le conté mi conversación con Tyler. Intuía que sólo serviría para ponerlo furioso y provocar un enfrentamiento. Además, bastante teníamos en que pensar nosotros sin meter a Tyler por en medio. Aun así, guardármelo, me provocó una sensación de incomodidad. Al analizar la situación más adelante, me di cuenta que era exactamente lo que buscaba Tyler Crowley.
—¿Puedo hablar contigo de una cosa?— le pregunté a Edward, mientras permanecíamos tendidos en la arena.
Teníamos previsto volver directamente a casa y ponernos a estudiar, porque se acercaban los exámenes del tercer trimestre. Pero nos habíamos distraído con la perspectiva de tomarnos un helado. Compramos unos conos y tomamos el camino más largo a casa, a través de la playa, caminamos cogidos de la mano. Indefectiblemente, a mí me entraron las ganas de mojarme los pies y acabamos persiguiéndonos como críos, hasta que Edward me atrapó y nos tiramos sobre la arena.
Edward se dio la vuelta para mirarme y quitarme los granos de arena húmeda pegados a mi nariz.
— Puedes hablar conmigo de lo que quieras.
—Bueno— empecé con torpeza—. No sé cómo decirlo... no quiero que vaya a sonar mal...
Edward se incorporó de golpe y se apartó el pelo de los ojos, con una expresión muy sería.
— ¿Estás rompiendo conmigo?— preguntó.
— ¿Qué? — grité—. No, claro que no. Al contrario.
— Ah.— Volvió a tumbarse y sonrió perezosamente—. Entonces es que estás a punto de pedirme que me case contigo. No es año bisiesto, ¿sabes?
— No me lo estás poniendo más fácil— protesté.
— Perdona.— Me miró en serio—. ¿De qué quieres hablar?
—Quiero saber lo que piensas... qué opinas sobre...— Hice una pausa y bajé la voz—. La palabra que empieza por «s».
Edward se llevó una mano a la barbilla
—No se me da dan bien las adivinanzas. Vas a tener que concretar un poco más.
Yo me removí avergonzada, sin querer decirlo en voz alta.
— ¿Cuál es la siguiente letra?— preguntó Edward riéndose y tratando de echarme una mano.
— La «e», seguida de una «x» y una...
— ¿Quieres que hablemos de sexo?
— Bueno, no tanto hablar— dije—. Lo que te pregunto es... si piensas en ello alguna vez.
—¿De dónde ha salido esto?— preguntó Edward en voz baja—. No parece nada propio de ti.
—Bueno, estuve hablando con Alice. Y ella encontró raro que no hubiéramos... ya me entiendes, hecho nada.
Edward frunció el ceño.
— ¿Hace falta que mi hermana conozca todos los detalles de nuestra relación?
— ¿Tú no piensas en mí de esa manera?— pregunté, sintiendo una repentina opresión en el pecho. Aquélla era una posibilidad que no había considerado—. ¿Es qué tengo algo raro?
—Eh, eh. Claro que no.— Edward me cogió la mano—. Bella... para muchos tíos el sexo es el único motivo de que sus relaciones no se vayan al garete. Pero nosotros no somos así; tenemos mucho más. Si nunca he hablado contigo de ello es porque no me ha parecido que lo necesitáramos.— Me miró fijamente—. Estoy seguro de que sería increíble, pero yo te quiero por ti misma, no por lo que puedas ofrecerme.
Yo apenas lo escuchaba.
— ¿Tú y Tanya tuvisteis una relación física?
— Oh, Dios.— Se dejó caer en la arena—. Otra vez no.
— ¿Sí o no?
— ¡Qué importancia tiene!
— ¡Responde mi pregunta!
— Sí, la tuvimos. ¿Contenta?
— ¡Ahí tienes! Otra cosa que ella podía darte y yo no.
—Bella, una relación no se basa únicamente en lo físico— me dijo con calma.
— Pero es una parte de ella.— objeté.
— Claro. Pero no lo crea ni la rompe.
—Tú eres un chico. ¿No tienes... ganas?— pregunté bajando la voz.
Edward se echó a reír.
— Cuando resulta que has conocido a una familia de mensajeros celestiales, tiendes a olvidarlas tus «ganas» y a centrarte en lo importante.
— ¿Y si yo te dijera que lo deseo?— le pregunté de pronto, yo misma asombrada de las palabras que acababan de salir de mis labios. ¿Cómo se me ha ocurrido? ¿Acaso tenía idea de dónde me estaba metiendo? Lo único que sabía era que amaba a Edward más que a nada en el mundo y que estar separada de él me causaba un dolor físico. No podía soportar la idea de que existiera una parte suya que yo no hubiera descubierto, una parte que me estuviera vetada. Quería conocerlo del derecho y del revés, aprenderme de memoria su cuerpo, grabármelo a fuego en mi mente. Quería estar lo más cerca posible de él, fundidos en cuerpo y alma.
— ¿Y bien?— le pregunté suavemente—. ¿Dirías que sí?
— De ninguna manera.
— ¿Por qué?
— Porque no creo que estés preparada.
— ¿Eso no debería decidirlo yo? — dije con terquedad—. Tú no puedes detenerme.
— Ya descubrirás que hacen falta dos para bailar el tango— dijo Edward. Me acarició la cara—. Bells, yo te quiero y nada me hace más feliz como estar contigo. Eres embriagadora.
—¿Entonces...?
—Entonces, si de veras lo quieres, yo lo querré incluso más que tú, pero no sin antes considerarlo con mucho cuidado.
—¿Y eso cuando será?
—Cuando hayas podido pensártelo bien, cuando simplemente no acabes de hablarlo con Alice.
Di un suspiro.
— No tiene nada que ver con ella.
— Escucha, Bella, ¿te has parado a pensar en cuáles podrían ser las consecuencias?
— Supongo...
— ¿Y aun así lo quieres hacer? Es demencial.
—¿No te das cuenta?— murmuré—. Ya no me importa.— Volví el rostro hacia el Cielo—. Aquello ya no es mi hogar; lo eres tú.
Edward me estrechó entre sus brazos y me atrajo hacia sí.
— Y tú el mío. Pero no sería capaz de hacer nada que pudiera perjudicarte. Hemos de atenernos a las normas.
— No es justo. Ya no soporto que dirijan mi vida.
— Ya. Pero ahora mismo no podemos remediarlo.
— Podríamos escondernos. Quizá no nos encontrasen nunca.
— Sí nos encontrarían y yo no voy a perderte, Bella— dijo Edward enérgicamente— .Y si ello implica atenerse a sus reglas, que así sea. Comprendo que te dé rabia, pero quiero que pienses bien lo que estás insinuando. Piénsalo un poco.
— ¿Un par de días?
—Un par de meses.
Suspiré, pero Edward era inflexible.
—No voy a dejar que te precipites y hagas algo de lo que puedas arrepentirte. No corras tanto. Hemos de actuar con calma y sensatez. Hazlo por mí.
Apoyé la cabeza en su pecho y sentí que toda la irritación acumulada abandonaba mi cuerpo.
— Haré cualquier cosa por ti.
—¿Qué pasaría si un ángel y un humano hiciesen el amor?— le pregunté a Rosalie aquella misma noche, mientras me servía una taza de leche.
Ella me miró con aspereza.
— ¿Por qué lo preguntas? Isabella, por favor, dime que no...
— Claro que no— le corté —. Es sólo curiosidad.
— Bueno...— Mi hermana se quedó pensativa—. El propósito de nuestra existencia es servir a Dios ayudando a los hombres, no mezclándonos con ellos.
— ¿Ha ocurrido alguna vez?
— Sí. Con consecuencias desastrosas.
— Lo cual significa...
— Significa que lo humano y lo divino no han sido creados para fundirse. Si llegara a suceder, creo que el ángel perdería su divinidad. No podría redimirse después de una transgresión semejante.
— ¿Y el humano?
— El humano quedaría ligado permanentemente al ángel.
— ¿Por qué?
— Por su experiencia— me explicó Rosalie—. Rebasaría cualquier experiencia humana.
— ¿O sea que se quedaría dañado de por vida?
—No exactamente — dijo ella—. Supongo que se puede ver como si a un humano le permites entrever otra dimensión y luego impedirle que accediese a ella, obligándole de una manera a aferrarse eternamente a lo más divino que tenga cerca, en este caso un ángel. Los ángeles existen fuera del tiempo y del espacio, pueden viajar libremente de un mundo a otro. La mayor parte de nuestra existencia es incomprensible para los humanos.
Aunque no tenía del todo claro aquello, sí sabía una cosa: que no podía precipitarme a hacer nada con Edward por muchas ganas que tuviera. Una unión semejante era peligrosa y estaba prohibida. Implicaría una unión antinatural entre el Cielo y la Tierra, una colisión entre ambos mundos. Y por lo que Rosalie decía, al ángel se le obligaría a abandonar el Cielo.
— Edward y yo hemos decidido esperar— le dije a Alice cuando se apresuró a interrogarme en la cafetería del colegio. A veces me daba la impresión de que tenía un interés malsano en mi vida amorosa. No podía explicarle lo que Rosalie me había dicho, así que lo expresé como mejor pude—. No hemos de hacer nada para demostrarnos lo que sentimos.
— ¿Pero tú no lo deseas?— dijo Alice—. ¿No sientes curiosidad?
— Supongo, pero no tenemos prisa.
— Ay, cariño, la verdad es que vivís en otra dimensión.— Alice se rió, contagiándome—. Todo el mundo se muere por hacerlo en cuanto se presenta la ocasión.
— ¿Se muere por hacer qué?— preguntó Lauren, que apareció con Jessica por atrás de Alice lamiendo una piruleta, mirándonos ambas malévolamente. Yo moví la cabeza para que cambiáramos de tema, pero Alice no me hizo caso.
—No te interesa lo más mínimo, zorra— escupió Alice malhumorada, pero Jessica hizo oídos sordos a su comentario
Por echarse un revolcón— dijo.
— Ah, ¿quieres perder la «V» de la matrícula?— dijo Lauren pícaramente, sentándose a nuestro lado. Debí poner una expresión alarmada, porque Jessica estalló en carcajadas.
— Tranqui, cielo. —rodé los ojos por su vacío sobrenombre— Puedes fiarte de Lauren; es toda una experta. A lo mejor ella puede ayudarte.
— Si tienes alguna duda sobre sexo, yo soy tu chica— me aseguró Lauren. La miré escéptica. Confiaba en Alice solamente, porque Jessica y su colla eran unas bocazas, malvadas y nada discretas.
— No pasa nada— dije—. No tiene importancia.
— ¿Quieres un consejo?— me preguntó, aunque obviamente no le importaba si lo quería o no—. No lo hagas con el tipo del que estés enamorada.
— ¿Cómo?— me la quedé mirando. Con aquellas simples palabras acababa de sembrar el caos en todo mi sistema de creencias—. ¿No querrás decir exactamente lo contrario?
— Uf, Lau, no le digas eso— apuntó Jessica, riéndose con mofa.
— En serio— insistió Lauren, meneando un dedo—, si pierdes la virginidad con la persona que amas todo se va a la puta mierda.
— Pero ¿por qué?
— Porque, cuando se acaba la relación, resulta que has dado una cosa realmente especial y que ya no puedes recuperarla. Si se la das a alguien que no te importa, no duele tanto.
— ¿Y si no se acaba la relación?— le pregunté, con un nudo en la garganta que se parecía a un acceso de náuseas.
—Créeme, Belly— me estremecí por cómo me llamó—, todo se acaba.
Mientras escuchaba, sentí un impulso repentino y abrumador de alejarme todo lo posible de ellas.
— Bella, no le hagas caso— dijo Alice, mientras yo apartaba mi silla y me levantaba—. ¿Ves lo qué has hecho? Le ha sentado fatal. Eres una puta ramera
—No me pasa nada— mentí, procurando no alzar la voz—. Tengo una reunión. Nos vemos luego.
—¡Oh, Bellie va a llorar, que desgracia más grande! — el tono burlón que empleó Jessica fue el incentivo que me faltaba para salir corriendo
En cuanto salí de la cafetería, apreté aún más el paso. Tenía que encontrar a Edward. Necesitaba que me estrechara entre sus brazos para volver a respirar, para que su fragancia y su contacto me libraran de la violenta nausea que me llegaban en oleadas. Lo encontré junto a su taquilla, a punto de marcharse a su entrenamiento de waterpolo, y casi me abalancé sobre él en mi ansiedad por recuperar la calma.
— No se va acabar ¿no?— Hundí la cara en su pecho—. Prométeme que no permitirás que termine.
— Bella, ¿qué te pasa?— Edward me apartó suavemente, y me obligó a mirarlo—. ¿Qué ha ocurrido?
— Nada— dije, con voz temblorosa—. Sólo que Lauren ha dicho...
— Isabella — musitó Edward—, ¿cuándo vas a dejar de escuchar a esas chicas?
— Ella dice que todo se acaba— susurré. Noté que sus brazos se tensaban a mí alrededor y comprendí que la idea le resultaba tan dolorosa a él como a mí —. Pero yo no podría soportarlo si nos pasara a nosotros. Todo se vendría abajo; ya no habría ningún motivo para seguir viviendo. Nuestro final sería mi final.
— No hables así — dijo Edward—. Yo estoy aquí y tú también. Ninguno de los dos va a ninguna parte.
— ¿Y no me dejarás nunca?
— Nunca mientras viva.
—¿Cómo puedo saber que es cierto?
— Porque cuando te miro, veo mi mundo completo. No voy a irme; porque no me quedaría nada.
—¿Pero por qué me escogiste?— le dije. Sabía la respuesta, sabía lo mucho que me quería, pero necesitaba oírselo decir.
— Porque me acercas más a Dios y a mí mismo — dijo Edward—. Cuando estoy contigo comprendo cosas que nunca creí que fuera a comprender, y es como si mis pensamientos por ti borraran todo lo demás. El mundo podría caerse a pedazos y no me importaría mientras te tuviera a mi lado.
— ¿Quieres oír una locura?—le susurré—. A veces, por las noches, siento tu alma junto a la mía.
— No es ninguna locura.— Edward sonrió.
— Creemos un lugar— le dije, apretándome contra él —. Un sitio que sea sólo nuestro, un lugar donde siempre podamos encontrarnos si las cosas se tuercen.
— ¿Bajo los acantilados de la Costa de los Naufragios, por ejemplo?
— No, quiero decir en nuestras mentes— le dije—. Un sitio al que podamos acudir si alguna vez nos perdemos o estamos separados, o simplemente necesitamos ponernos en contacto. Será el único sitio que nadie sabrá nunca cómo encontrar.
— Me gusta— dijo Edward—. ¿Por qué no lo llamamos el Estrella Polar?
— Me parece perfecto.
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