N/A: Advertencia, este capítulo contiene MATERIAL SEXUAL; quien no desee leerlo no lo hagas, y si lo haces atente a las consecuencias y no se aceptan comentarios de reproche.
22
Celoso
Estábamos
sentados, o más bien yo sentada encima de él, en uno de los sillones
que tenía Edward en su cuarto, mirando la televisión. No se me escapaba
que se moría de aburrimiento. Para alguien habituado a una vida tan
activa, los programas que emitían por la televisión durante el día eran
un sustitutivo bastante pobre.Llevaba puesta una sudadera gris y tenía la pierna apoyada en una almohada. Se le veía inquieto y no paraba de cambiar de postura. No se quejaba, pero yo sabía que todavía le martilleaba la cabeza como consecuencia de la brutal colisión.
— Tengo que contarte algo —le dije nerviosa
— ¿Qué pasa? —me preguntó preocupado al notar mi tono de voz
— Es una tontería. Ni siquiera sé por qué lo estoy considerando. Sólo a ti se te ocurre insistirme en llevar otra pareja
— Estas balbuceando, Bella. ¿Qué ocurre?
— Tyler me invitó al baile… pero no te preocupes, que no acepte. Dije que lo tendría que hablar contigo —proseguí rápidamente al ver la tristeza en su rostro
— Está bien, yo te dije que te consiguieras otra pareja.
— Pero es que no quiero ir con otra persona. Tampoco es que a ti te pone contento la situación. Mira tu rostro —le insistí.
— No seas tonta, Bella, por supuesto que no me gusta la situación; me encantaría poder ser yo el que te acompañe al baile —dijo, levantando la voz
— No me llames así, y no me levantes la voz, Edward. Te dije que no quería ir al baile, pero tú insististe en que era una experiencia que no me podía perder. Puedo ir perfectamente sola, y decirle a Tyler que no y pedirle a Rosalie que deje de hacer el vestido —le contesté cortante
— No, lo siento, Bella. No quise llamarte tonta ni gritarte, es que esta situación me estresa —suspiró tocándose el cabello—. Lo lamento. Si te soy sincero, me pone celoso que no pase ni tan siquiera un día y ya tengas admiradores pidiéndote ir al baile.
— Ahora eres tú el tonto, Edward. Sabes que yo quiero ir solo contigo. Si quieres, todavía estoy a tiempo de cancelar todo y me quedo contigo viendo una película —le insistí
— No, cariño. Tienes todo el derecho de ir al baile. Tienes razón, el tonto soy yo. Es que no puedo evitar pensar como otra persona te estará tocando la cintura mientras que bailas —noté como sus puños se contraían a causa de su enfado. Tranquilizadoramente, apoyé mis manos sobre ellos.
— Edward, sólo existes tú para mí. Nadie me tocará, si Tyler me pide de bailar le diré que no tengo ganas.
— ¿Cómo vas a ir a un baile y no bailar? —rió con amargura—. Vas a disfrutar de ese baile y yo me comportaré como un ser humano normal y me aguantaré los celos —dijo, tratando de descartar el tema.
Pero yo me daba cuenta como la situación le afectaba. Su rostro tenía una mezcla de rabia y tristeza que atentaba contra su belleza y me causaba dolor. No sabía cómo hacerle entender, que no importaba con quién fuera al baile, estaría pensando en él en todo momento.
No sabía qué hacer para regresarle esa sonrisa torcida que tanto me gustaba y me hacía sentir cosas que no creí que fueran posibles. Saqué mis manos de sus puños, que ya se estaban relajando, y las apoyé sobre sus mejillas, acariciándolas y tratando de trasmitirle todo el cariño que sentía por él.
Me miró y noté como lentamente sus labios se iban levantando, formando la tan deseada mueca. Le regresé la sonrisa y acerque mis labios hacia los suyos, con el deseo de disolver cualquier sentimiento de inseguridad y tristeza de su ser.
Sus labios se sentían como una caricia, como el roce de las plumas de mis alas sobre mi piel, mientras que mis manos acariciaban su rostro con dulzura, tratando de demostrarle que él era el único a quien amaba. Quería demostrarle mi amor y fidelidad, y que no importaba si iba al baile con Tyler o con cualquier otro chico de la escuela, Edward siempre iba a estar en mi cabeza y en mi corazón.
Pero de pronto, rozar nuestros labios parecía no ser suficiente para nosotros, y Edward empezó a descender su boca por mi barbilla, recorriendo mi mandíbula hasta llegar al hueco detrás de mi oreja. Sentí que un estremecimiento cruzaba desde mi espalda hasta la nuca, y solté un jadeo, sorprendiéndome por mi propia reacción ante esto. Me aferré con mayor intensidad a sus brazos, mientras tomaba aire con demasiada fuerza, tratando de recuperar el aliento que sentía que se me estaba escapando.
Esto pareció motivar a Edward a seguir adelante, y pues comenzó a inclinarse sobre mí hasta dejarme recostada sobre el sillón. Se colocó sobre mi cuerpo, apoyando todo su cuerpo sobre sus antebrazos, y alcancé a percibir un deje de dolor, aunque ignoraba si era por su pierna o por la cabeza, pero no me dio oportunidad de preguntarle o preocuparme más al respecto, pues regresó a mis labios y me arrancó de tajo las ideas que surgían en mi cabeza.
Me sentía torpe, sin saber qué hacer o cómo reaccionar al respecto. Por supuesto, no era la primera vez que besaba a Edward, pero esto empezaba a ir más allá de lo que habíamos hecho desde el inicio de nuestra relación. No era tonta, sabía perfectamente lo que esto podía desencadenar; lo había visto cientos de veces desde el Cielo, y en más de una ocasión reproché en voz alta la falta de control de los jóvenes mortales sobre sus cuerpos. Pero era algo que jamás había experimentado, ahora con la sensibilidad humana recorriéndome completamente.
Las palabras de Alice sonaban como un eco lejano en mi cabeza, así como la conversación que había tenido con Edward sobre tener sexo. Él estaba dispuesto a dejarlo pasar por alto, pues era consciente de que podría acarrear consecuencias para los dos (aunque nunca le había dicho a palabras exactas cuáles podrían ser). Pero en estos momentos, con toda esta avalancha de sensaciones sobre mí, quería tirar todo por la borda y entregarme a él completamente. Quería pertenecerle en cuerpo y alma, sin ponerme a pensar en las consecuencias.
Era insensato e irresponsable, y seguramente me estaría lamentando por desobedecer las reglas que tan fervientemente me habían inculcado desde el principio. Si esto llegaba a oídos de Rosalie o Jasper, o peor aún, de mi Padre, no me alcanzaría ningún perdón que redimiera mis actos.
Y por increíble que esto llegue a sonar… nada de eso me importaba en este momento.
Con una tortuosa lentitud, alcé mis manos y enredé los dedos en las finas hebras de sus cabellos cobrizos, mientras lo jalaba más hacia mi cuerpo y moldeaba el mío hasta quedar completamente pegada a él. Para mi deleite, Edward gimió de placer y bajó una mano a mi cintura, aferrándose con fuerza. Nuestra respiración comenzó a hacerse cada vez más pesada, y empezó a mecer sus caderas hacia las mías de manera involuntaria, enviando espasmos de deseo por todo mi cuerpo.
Cuando me armé de valor para el siguiente movimiento, enganché mi pierna en su cadera, atrayéndolo hacia mí. Ante esto, Edward se congeló en su lugar, y apartó sus labios para mirarme fijamente.
— Bella, no —suspiró pesadamente, alejándose de mí—. Perdóname, no debí dar pie a esto. No estás lista, y estoy seguro de que no deberíamos de estar en esta posición. ¿Has pensado en las consecuencias? He de controlarme mejor de ahora en adelante. No quiero que te veas perjudicada, ángel.
— No sucederá —susurré, acercándome a él nuevamente—. ¿Acaso no lo deseas?
— Por supuesto que lo deseo —gimió—, pero no dejaré que nada te pase solo por calmar mis hormonas.
Amaba su preocupación, y sabía que detenernos ahora era lo más razonable, antes de que ya no pudiéramos hacerlo. Pero algo dentro de mí me pedía a gritos que siguiéramos. Se sentía correcto y seguro. Lo besé nuevamente, tratando de retomar lo que habíamos dejado atrás.
— Quiero hacer lo que siento, Edward —dije, separándome levemente de su boca—, no lo que los demás me ordenan hacer. Por favor, solo quiero amarte.
No sé si fue el tono de súplica en mi voz, o si él sentía esa necesidad también, pero correspondió a mis labios con lentitud. Aunque había un rastro de freno en sus movimientos, no se detuvo y continuó los acalorados besos que compartíamos hace un momento.
— Solo siente —susurré contra sus labios—. Disfrutemos este momento y ya pensaremos en lo demás.
No dijo nada en ese momento, pero tampoco se detuvo. Continuamos con nuestros besos por un buen rato, disfrutando de una que otra caricia furtiva. En ese momento, Edward se quejó con un poco más de fuerza y me di cuenta del gesto de dolor que cruzaba su rostro.
— ¿Te lastimé? —pregunté, sintiéndome de repente muy ansiosa—. ¿Te molesta la pierna?
— Un poco —se quejó.
— ¿Te sentirías mejor si nos detenemos? —de repente, la idea de intimar con Edward me parecía muy mala. Podría soportar cualquier consecuencia ante el Cielo, pero nunca podría lastimarlo de cualquier forma.
— ¿Has cambiado de parecer? —alzó una ceja.
— No, pero tampoco quiero que te lastimes más de lo que ya estás.
— Tal vez si nos movemos a un espacio más amplio. ¿La cama, quizás? —esbozó una sonrisa traviesa.
Ni siquiera tuvo que decírmelo dos veces. Me levanté de un salto, ayudándole a incorporarse, y nos dirigimos a la amplia cama que adornaba su habitación. Después de esto, me di cuenta de que Edward me complacería esta noche. Lo recosté en el centro, colocándome sobre él para evitar que se esforzara demasiado, pero rápidamente quiso que invirtiéramos los lugares para que él quedara sobre mi cuerpo.
Decidió que ya habíamos desperdiciado mucho tiempo y prácticamente se arrojó sobre mí, capturando mis labios en un hambriento beso, casi devorándome la boca y subiéndome la temperatura hasta punto de ebullición. Mis manos volvieron a su cabello y mi pierna a su cadera, incitándolo a repetir lo de hace un rato, soltando un gemido por el intenso placer que estaba sintiendo en ese momento.
El calor comenzó a ser más abrazador, y sentí que la ropa se me pegaba al cuerpo y me incomodaba; quería retirar cada prenda y sentir la brisa sobre mi piel. Edward empezó recorrer mi cuello con sus labios, aumentando la temperatura un par de grados más, hasta llegar a la línea del escote que dibujaba mi blusa. Me sonrojé furiosamente cuando delineó con la punta de su nariz el valle de mis pechos, cubiertos de tela, hasta llegar al filo de la prenda. Me miró por encima de sus espesas pestañas, pidiéndome permiso para hacer lo que tenía en mente, y aún sin estar cien por ciento segura de qué era, se lo concedí. Colocó ambas manos en mi cintura, levantando poco a poco la blusa hasta retirarla de mi cuerpo. Besó mi clavícula y el borde superior de mis senos, y yo no encontraba de dónde podía aferrarme para no salir volando.
Tomé el dobladillo de su sudadera, queriendo dejarlo en condiciones similares a las mías, y fui removiéndosela hasta dejarla fuera de su cuerpo, arrojándola en algún punto lejano de la habitación.
Parecía que estábamos en algún juego de niños, a ver quién lograba vencer al otro, porque inmediatamente Edward soltó el botón de mis pantalones y bajó el cierre con una deliciosa y tortuosa lentitud, la cual se contrarrestó por la agilidad con la que terminó por retirarlos, casi arrancándolos de mis piernas. Por supuesto, no quise quedarme atrás e hice lo mismo con sus pantalones de deporte, aunque fueron mucho más sencillos de hacer a un lado.
Ahora, estábamos en el mismo punto: en ropa interior. Me sentí tan vulnerable ante su intensa mirada verde, que traté de ocultar mi casi desnudez con mis brazos. Por supuesto, mi novio no me lo permitió, pues los retiró inmediatamente.
— No te escondas de mí, ángel —susurró—. Eres lo más hermoso que he visto en toda mi vida.
Y con esa confianza renovada, nos fundimos nuevamente en un intenso beso, tratando de ahuyentar todos mis temores y dedicándome de nueva cuenta a mi propósito de demostrarle mi amor.
Estaba tan inmersa en el beso, que no me percaté que los ágiles dedos de Edward se colaban discretamente por mi espalda, llegando a los broches de mi sujetador. Por supuesto, él tenía mucha más experiencia en este asunto que yo (sin importar cuánto hubiese visto desde el Cielo), pero aún así me sorprendió la rapidez con la que quitó la estorbosa prenda de mi cuerpo.
Aprisionó mi cuerpo con el suyo, dejando que su bien formado pecho rozara mis senos, empezando a sensibilizar mis pezones, y haciéndonos gemir a ambos. No sabía cómo hacerle sentir igual de bien. Era una tonta en esta área de la vida, así que necesitaba dejarme guiar por sus expertas manos.
Así como quitó mi sostén sin darme cuenta, lo mismo hizo con mis bragas, dejándome completamente expuesta a su merced. Tenía en sus ojos ese brillo travieso y juguetón que me encantaba, me daba la entera seguridad de que todo estaba bien. Sin duda, había conseguido distraer esos pensamientos inseguros de su cabeza.
Recorrió mi muslo externo, cepillando con la yema de los dedos mi pierna hasta llegar a la pantorrilla, lo cual me pareció increíblemente erótico. Empezó a descender su cuerpo hasta quedar a mis pies, para después contemplarme de principio a fin. Sabía que me amaba y me respetaba, pero no podía dejar pasar por alto ese destello de lujuria y hambre que había en su mirada. Después de todo, tanto su cuerpo como el mío estaban siendo dominados por las hormonas. Me permití contemplar su hermoso cuerpo con el mismo deseo y placer.
Sustituyó los ojos por sus labios, y empezó un caminito de regreso hacia arriba, partiendo por mis pies, mis pantorrillas, y deteniéndose en la parte interna de mis muslos. El ardor que sentía comenzaba a reflejarse en mi cuerpo, dejando una pequeña capa de sudor en mi cuello y mis sienes, pero enfatizando todo ese calor en el centro de mi cuerpo. Sentía que mi entrepierna estaba en llamas, y el más ligero roce del aire enviaba espasmos por todo mi cuerpo. Era consciente de las respuestas fisiológicas de las mujeres humanas ante este tipo de estímulos, pero no pude evitar sentirme un tanto avergonzada por la humedad que empezaba a emanar de mi centro.
Mientras tanto, Edward se entretuvo en mis piernas, acariciando, besando, y lamiendo en un par de ocasiones, pero sin llegar a tocar la parte que más lo necesitaba. Me avergonzaba pensar que pudiera llegar a sentir esa clase de deseos, pues mis conocimientos sobre el tema eran muy escasos (no es como si nosotros tuviéramos necesidad de saber al respecto), pero quería sentir sus labios por todo mi cuerpo.
Mi notorio nerviosismo lo alertaba y lo detenía a continuar, pues resultaba obvio que no sabía cómo reaccionaría a esta nueva experiencia. Pero, sin borrar esa sonrisa traviesa, dio un rápido lametón a mi sexo, y yo casi grité de emoción. Esa fue la respuesta que necesitó para seguir su faena y saborearme tan íntimamente.
Mis gemidos empezaban a hacerse cada vez más altos, y agradecí en silencio que su familia estuviera ocupada con sus obligaciones. En otro momento, sería mal visto que dos jóvenes se quedaran solos en casa sin supervisión adulta, pero después del pequeño accidente de Edward, creyeron que estaría demasiado convaleciente como para hacer este tipo de cosas. Afortunadamente, tenía la fuerza de un roble y se estaba aguantando el dolor como todo un hombre.
Su lengua recorría mis pliegues internos y externos, posándose en varias ocasiones en mi clítoris, y de vez en cuando soltaba un pequeño mordisco. De manera involuntaria, arrastré mis manos hasta su cabello y las enredé ahí, como una manera de mantenerlo en ese lugar y siguiera proporcionándome tal placer tan delicioso.
Empecé a sentir como si inflaran una burbuja en mi vientre, llenándola de aire cada vez más y más, al mismo tiempo que me robaban el oxígeno del cuarto. En ese momento, Edward aprovechó para introducir uno de sus largos dedos en mi interior y empezó a bombear de adentro hacia fuera de mi cuerpo. Sucedieron tres cosas en ese momento: la burbuja reventó, regresó el aire y tomé todo lo que pude, y mi cuerpo comenzó a convulsionarse de placer.
Grité y casi se me salieron las lágrimas por la emoción, mientras que mi cuerpo trataba de bajarse de su altura. A pesar de que nuestros cuerpos no podían cansarse jamás, sentía que había corrido por siglos y ahora necesitara detenerme a descansar los músculos.
Sin embargo, él no me dio tregua, y decidió introducir un dedo más a mi sexo y seguir bombeando. Chillé, ya que sentía que aquella burbuja comenzaba a formarse otra vez, y necesitaba normalizar mi respiración antes de continuar. Pero cuando añadió un tercer dedo, mi cuerpo se quejó por el contraste, y no pude evitar esbozar una mueca de incomodidad.
— Perdona, pero es necesario, amor —susurró contra mi muslo—. Te haría daño.
Entendí entonces por qué lo hacía, y agradecí después de todo esa pequeña consideración de su parte.
Dio un rápido lametón a mi clítoris antes de retirar sus dedos y alzarse hasta quedar al nivel de mi rostro. Sin pensárselo dos veces, capturó mis labios en un intenso beso, probándome a mí misma en su boca, lo cual encontré increíblemente erótico.
— ¿Estás bien segura de que esto es lo que quieres hacer? Después ya no hay marcha atrás, pero aún estamos a tiempo de detenernos.
Aunque su tono era serio, podía decir que en este momento le estaba resultando muy difícil hacerse el sensato. Podía sentir su erección contra mi muslo, firme y vigorosa, aún y a través de su ropa interior, y sabía que le sería físicamente doloroso detenerse en este punto.
— ¿Acaso soy tan desagradable, Edward? —dije con falsa indignación, tratando de quitarle hierro al asunto.
— Sabes que no es eso por lo que te estoy diciendo esto.
Decidí no responderle con palabras, y en vez de eso, tomé el elástico de sus bóxers y los bajé ligeramente, dándole a entender que estaba dispuesta a continuar con esto.
Una vez que estuvo completamente desnudo, pude recorrer su anatomía de principio a fin. No tenía un gran marco de referencia respecto al cuerpo de un hombre, pero podía asegurar que Edward no le podía envidiar nada a ningún Dios Griego que hubiese visto anteriormente. A pesar de los rastros de juventud que había en algunas partes, su cuerpo era bien definido y torneado, gracias al deporte que practicaba seguido, y estaba casi segura de que su miembro era un poco más grande que el promedio de los chicos de su edad.
Sin más preámbulos, lo tomó y colocó la punta en la entrada de mi sexo, ayudándose un poco con la lubricación natural de mi cuerpo. Conforme empezaba a entrar en mí, sentía que todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se enfocaban en un solo punto. Dio un par de embestidas sutiles hasta que se encontró con la barrera de mi virginidad; mis ojos se dilataron y de repente me dio miedo lo inesperado.
— Necesitas calmarte —susurró, aunque lo sentí que lo dijo más para él que para mí, pues parecía estar conteniendo todo su cuerpo para no dejarse llevar y empezar a bombear con más fuerza, ya que sabía que me haría más daño.
Los dos tomamos un respiro profundo y traté de relajar mi cuerpo. Con una fuerte estocada, rompió la delgada membrana, y no pude evitar soltar las lágrimas ante el repentino dolor que invadió todo mi cuerpo. Dejó caer su cuerpo sobre el mío, sin aplastarme por completo, y se quedó congelado en su lugar. Me quedé igual de quieta por un par de segundos, esperando su siguiente movimiento.
Para mi sorpresa, cuando se reincorporó sobre sus antebrazos, en sus ojos solo podía encontrar un infinito dolor. No era la misma expresión que tenía cuando se quejaba de su pierna o la cabeza, sino era como si el dolor que yo había experimentado hace unos momentos le hubiera afectado a él también.
Mi dolor, su dolor.
Traté de esbozar una sonrisa para tranquilizarlo. Sabía, por lo que había escuchado de mis compañeras, que era completamente normal sentir dolor la primera vez que tenías sexo. Y además, para entonces ya se había convertido en una ligera incomodidad. Besé ligeramente sus labios fruncidos, al mismo tiempo que movía un poco mis caderas para que entendiera que podía continuar, y que el dolor había pasado. Me devolvió el beso, para después besar mi frente con dulzura y así seguir con lo que estábamos.
Comenzamos a mecernos lentamente, sin prisas, solamente disfrutando de este acto tan íntimo entre nosotros. Mi cuerpo pasó de adaptarse a este nuevo intruso a sentir un inesperado placer. Me aferré a sus hombros, tratando de calmar aquella burbuja de deseo que se llenaba en mi interior, mientras que Edward me besaba con tremenda sensualidad, dejando que nuestras lenguas también se enlazaran entre sí. Podía sentir cada delicioso centímetro de su pene entrando y acariciando los pliegues de mi sexo, fundiéndose en mí hasta lo más profundo.
Al separarnos para tomar aire, noté que había algo en su mirada que me tenía desconcertada. Era como si aquel muchacho que estaba frenético por calmar sus hormonas se hubiera marchado y le diera paso a un hombre apasionado que me contemplaba con infinito placer y devoción. En ese momento, me sentía como una deidad siendo observada y admirada por medio de un sueño. No podía interpretar mejor su escrutinio, pero sabía que había algo diferente.
Después de varios minutos, empezó a bombear con un poco más de velocidad, pulsando hasta el fondo de mi cuerpo. Yo casi podía sentir el borde de mi liberación con la punta de los dedos, pero sin alcanzarlo por completo; era como danzar al borde de una filosa navaja.
— Ángel, no creo poder aguantarme por más tiempo.
— Déjate llevar —jadeé.
No entendía sus palabras, pero entonces metió su mano entre nuestros cuerpos hasta llegar a nuestra unión, y empezó a frotar su pulgar en mi clítoris, cortando con eso de tajo los hilos que sujetaban mi orgasmo. Gemí con fuerza y sentí que las paredes de mi vagina aprisionaban su miembro, como si no quisieran dejarlo ir. Dio unas cuantas estocadas más, y sentí que derramaba su esencia en mi interior, al tiempo en que colapsaba sobre mi cuerpo, saliendo al poco tiempo de mi sexo.
Ni siquiera me dio oportunidad de decirle nada, pues me besó de sorpresa. Sus labios eran hambrientos y desesperados, mientras que me rodeaba en un abrazo lleno de necesidad. Me sorprendió su actitud, pues esto era totalmente atípico de Edward. Por un instante, creí que se soltaría a llorar de la emoción.
— Te amo —dijo, escondiendo su cara en mi cuello—. No tienes una idea de lo mucho que significó esto para mí. Sin duda, estar contigo es como tocar el Cielo con los dedos, pero hoy ha sido completamente literal.
Sus palabras me dejaron asombrada. Sabía, porque él me lo había dicho tal cual, que no era la primera vez que tenía intimidad con una persona. Mi habilidad en esto era nula, así que no entendía qué le había dado yo que no hubiese recibido anteriormente. A pesar de que lo amaba y él a mí, no era necesario tener sexo en nuestra relación, porque íbamos más allá de la atracción física. ¿Qué le estaba sucediendo, entonces?
Nos acomodamos mejor entre las sábanas, saboreando el calor del momento y de nuestra compañía. Mientras estaba boca abajo en la cama, Edward recorría mi espalda desnuda con gesto ausente, rozando sin querer mis engarrotadas alas. En mi cabeza pasaban montones de recuerdos de lo que acabábamos de hacer, pero entonces un recuerdo que no pertenecía a la situación reciente se coló ante mí.
— ¿Qué pasaría si un ángel y un humano hiciesen el amor?
— Bueno...—mi hermana se quedó pensativa— el propósito de nuestra existencia es servir a Dios ayudando a los hombres, no mezclándonos con ellos.
— ¿Ha ocurrido alguna vez?
— Sí. Con consecuencias desastrosas.
— Lo cual significa...
— Significa que lo humano y lo divino no han sido creados para fundirse. Si llegara a suceder, creo que el ángel perdería su divinidad. No podría redimirse después de una transgresión semejante.
— ¿Y el humano?
— El humano quedaría ligado permanentemente al ángel.
— ¿Por qué?
— Por su experiencia— me explicó Rosalie—. Rebasaría cualquier experiencia humana.
Se me quedó la respiración congelada en la garganta, y estaba segura de que mi piel definitivamente había perdido cualquier deje de color. No había manera en que me arrepintiera de mis actos, pero ahora me daba pavor pensar en las posibles consecuencias de esto. No podía mentirles a mis hermanos o a mi Padre, y sabía que tarde o temprano terminarían por enterarse de lo sucedido. Nunca había sido testigo de alguien que hiciera algo similar, así que no sabía a qué enfrentarme o cómo sabía si efectivamente hubo algún cambio en Edward o en mí.
A pesar de que quería dilatarlo lo más posible, sabía que esto era algo que tenía que solucionar pronto. Ahora con mayor razón tenía que hablar con Rosalie.
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