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martes, 3 de julio de 2012

"Divina Tentación" Cap.24


24
Jugando con fuego
Tyler giró en redondo y desapareció por donde había venido. Yo me quedé clavada en el sitio. Tenía escalofríos. Me preguntaba si habría oído mal su amenaza y las palabras que había pronunciado antes de irse. Pero sabía bien que no. Me sentía como si la noche me abrumara con todo su peso, ahogándome.
Había tres cosas de las que ahora estaba segura: primero, que Tyler Crowley sabía quiénes éramos; segundo, que no sabía cómo, pero conocía a ciencia cierta lo que Edward y yo habíamos hecho; y tercero, que él era peligroso.
Pensé que tenía que haber estado completamente ciega para no verlo antes. Me había empeñado tanto en mirar su parte positiva que no había hecho ningún caso de los flagrantes indicios en sentido contrario. Y ahora, esos indicios parpadeaban con un brillo de neones en la oscuridad.

Noté que me cogían del codo y sofoqué un grito. Me alivió comprobar que era Alice, quien parecía querer lanzarme dagas por los ojos.
— ¿Quién te crees que eres? —preguntó en un tono tan enojado que me hizo estremecer—. ¡He visto todo lo que has hecho! ¿Ahora estás con Tyler? ¿Habéis roto tú y Edward, y ya te lanzas a los brazos de otro hombre?
— ¡No! —farfullé, indignada por su acusación—. ¡Por supuesto que no estoy con Tyler! Él… no sé qué ha pasado… quiero irme a casa.
— ¿Cómo? ¿Crees que voy a tragarme tal farsa? —gritó Alice, pero yo ya había echado a correr.
Encontré a Jasper y a Rosalie en la mesa de los profesores y me los llevé aparte precipitadamente.
—Tenemos que irnos —le dije a Jasper, tirándole de la manga.
Quizá conocía ya lo ocurrido o simplemente percibió el tono de urgencia en mi voz, pero no hizo preguntas. Rosalie y él recogieron sus cosas a toda prisa y me llevaron fuera del pabellón a buscar el jeep. Me escucharon en silencio durante el trayecto mientras yo les explicaba lo que había ocurrido con Tyler y les repetía sus últimas palabras, escondiendo la parte en la que daba a conocer lo que había ocurrido previamente entre Edward y yo.
— No puedo creer que haya sido tan estúpida —gemí, agarrándome la cabeza con las manos —. Debería haberlo notado… tendría que haberme dado cuenta.
— No es culpa tuya, Isabella —dijo Rosalie.
— ¿Qué es lo que me pasa? ¿Cómo no lo he percibido? Vosotros habéis notado algo, ¿verdad? Lo habéis sabido en cuanto ha entrado en casa.
— Hemos percibido una energía oscura —reconoció Jasper.
— ¿Por qué no habéis dicho nada? ¿Por qué no me habéis impedido que saliera con él?
— No podíamos estar del todo seguros —dijo Jasper—. Actuaba con gran precaución; era casi imposible captar información de su mente. Podría no haber sido nada y no queríamos preocuparte sin motivo.
— Un humano atormentado también puede tener un aura oscura —observó Rosalie —. Puede ser a consecuencia de una tragedia, de la pena, del dolor…
— O de sus malas intenciones —añadí.
— También —asintió Jasper—. No queríamos precipitarnos a sacar conclusiones, pero si ese chico sabe lo que somos, entonces todo apunta a que pueda ser… bueno, mucho más fuerte que un humano normal.
— ¿Más fuerte? ¿Hasta qué punto?
— No lo sé —respondió Jasper—. A menos que… ¿No podría ser que Edward…? —dejó inacabada la frase.
Le lancé una mirada de irritación. Después de lo que habíamos pasado, y tras atravesar ese punto en nuestra relación, sabía a pies juntillas que él nunca diría nada sobre nosotros a nadie, ni siquiera a su propia familia
— Edward nunca le contaría nuestro secreto a nadie —le dije—. No puedo creer que se te haya ocurrido siquiera. Ya deberías conocerlo a estas alturas.
— Está bien. Aceptemos que Edward no tiene nada que ver —dijo Jasper—. Hay algo en Tyler Crowley que no es natural. Yo lo noto y tú también lo notas, Isabella.
— Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —preguntó Rosalie.
— Hemos de esperar el momento propicio —respondió—. Las cosas se desarrollarán por sí mismas. No debemos precipitarnos. Si es peligroso de verdad, él mismo se delatará.
Cuando llegamos a casa, Rosalie me ofreció una taza de chocolate, pero yo la rechacé de la manera más amable que podía en esos momentos. Subí a mi habitación y me quité el vestido. Tenía la sensación de que me acababa de caer sobre los hombros un gran peso. Las cosas habían ido muy bien hasta el momento, y ahora aquel chico amenazaba con destruirlo todo. Me arranqué las perlas del pelo y me limpié el maquillaje, sintiéndome repentinamente como una simple impostora. Aunque hablar con Edward me habría servido para sentirme mejor, era demasiado tarde para llamarle. Así pues, me puse el pijama, me metí en la cama y abracé para consolarme un muñeco de peluche que él me había regalado. Dejé que las lágrimas fluyeran de mis párpados apretados, empapando la almohada. Ya no me sentía furiosa ni asustada, sólo triste. Habría deseado con toda mi alma que las cosas fuesen más claras y sencillas. ¿Por qué estaba tan cargada de complicaciones nuestra misión? Aunque fuese infantil por mi parte, no paraba de pensar que todo aquello era injusto. Estaba demasiada agotada para no dejarme hundir en el sueño, pero lo hice con plena conciencia de que pronto habría de desatarse una terrible tormenta.
No tuve noticias de Edward durante todo el fin de semana. Di por supuesto que no se había enterado del incidente en el baile y tampoco quería inquietarlo. Me había dejado tan preocupada lo de Tyler que ni siquiera me paré a preguntarme por qué no había llamado Edward, cuando raramente pasaba unas horas sin que habláramos. Asimismo intenté contactar con Alice; la última vez que hablamos estaba muy enfadada y no entendía por qué. Quería solucionar las cosas entre nosotras. Ella era de las pocas personas sinceras que había encontrado en este lugar, y no quería perder su amistad.
Por otro lado, no tuve que esperar mucho para tener noticias de Tyler Crowley. El lunes por la mañana, al abrir la taquilla en el colegio, se deslizó por el aire un papelito y cayó lentamente al suelo como un pétalo marchito. Lo recogí, creyendo que sería una nota de Edward que me arrancaría un suspiro de adoración o unas risitas de colegiala. Pero no estaba escrita con su letra, sino con aquella misma caligrafía angulosa que conocía de las clases de literatura. Al leer el mensaje, sentí que se me helaba la sangre en las venas.
El ángel vino.
El ángel pecó.
El ángel cayó.
Le enseñé la nota a Jasper, que la leyó y estrujó irritado sin decir palabra. Procuré no pensar en Tyler durante el resto del día, aunque no era fácil. Ni Edward ni Alice habían ido al colegio, y yo me moría de ganas de hablar con ellos, en especial con él. Me daba la impresión de que había pasado una eternidad desde el viernes.
El día transcurrió en una especie de neblina gris. Sólo se iluminó unos minutos durante el almuerzo cuando tomé prestado el móvil de Angela para llamar a Edward; pero todo volvió a sumirse en la penumbra cuando saltó el buzón de voz. No tener contacto con él hacía que me sintiera entumecida y atontada. Era como si tuviera nublada la mente. No lograba fijar ningún pensamiento; se deslizaban y desaparecían demasiado deprisa.
Al terminar las clases, volví a casa con mis hermanos. Aún no había tenido noticias de Edward. Lo llamé otra vez desde el teléfono fijo, pero el sonido del buzón de voz sólo sirvió para que me entrasen ganas de llorar. Repetí la misma acción llamando al teléfono móvil de Alice, pero me volvió a saltar el buzón de voz. Me senté y esperé toda la tarde y a lo largo de la cena a que llamara o sonara el timbre, pero no pasó nada. ¿Es que no quería saber cómo había ido el baile? ¿Le habría pasado algo? ¿A qué venía aquel súbito silencio? No lo entendía.
— No consigo comunicarme con Edward —dije con voz ahogada mientras cenábamos—. No ha venido al colegio y no responde a mis llamadas.
Rosalie y Jasper se miraron.
— No tienes por qué dejarte ganar por el pánico, Isabella —me dijo Rosalie con dulzura—. Hay muchas razones que podrían explicar que no responda.
— ¿Y si no se encuentra bien?
— Lo habríamos percibido —dijo Jasper para tranquilizarme.
Asentí y traté de engullir la cena, pero la comida se me atascaba en la garganta. Ya no hablé más con Jasper y Rosalie aquella noche, sino que me arrastré a la cama con la sensación de que las paredes se me caían encima.
Al día siguiente, Edward tampoco había ido al colegio, y cuando me encontraba a Alice por los pasillos, ella me evitaba a toda costa, logrando que me empezaran a arder los ojos y me sintiera mareada y febril. Tenía ganas de desplomarme en el suelo y esperar a que alguien me recogiera. No sería capaz de soportar otro día sin él; ni siquiera un minuto más. ¿Dónde se había metido? ¿Qué pretendía hacer conmigo?
Angela me encontró apoyada en mi taquilla. Se aproximó y me puso una mano en el hombro con cautela.
— Bella, cielo, ¿estás bien?
— Tengo que hablar con Edward —le dije—. No consigo ponerme en contacto con él. Y cuando quiero hablar con Alice para saber de él, ella me evita.
Ella se mordió el labio.
— Creo que deberías ver una cosa —dijo en voz baja.
— ¿Qué? —pregunté, con una nota de pánico en la voz—. ¿Edward está bien?
— Él está perfectamente —dijo Angela—. Ven conmigo.
Me llevó a la tercera planta del colegio y entramos en el laboratorio de informática. Era una sala sombría sin una mísera ventana y con una alfombra gris llena de manchas: sólo hileras e hileras de ordenadores cuyas pantallas apagadas parecían espiarnos. Angela encendió uno y tomó un par de sillas. Tamborileó con sus uñas esmaltadas en el escritorio mientras tarareaba una musiquilla con irritación. Cuando el ordenador acabó de cargarse, abrió un icono y tecleó algo rápidamente en la barra de herramientas.
— ¿Qué haces? —le pregunté.
— ¿Recuerdas que Alice y yo te hablamos de Facebook y de lo fantástico que es?
Asentí sin entender nada.
— Bueno, hay partes que no son tan fantásticas.
— ¿Cómo por ejemplo?
— Para empezar… no es que sea muy privado.
— ¿Qué quieres decir?
Suponía que iba a explicara algo, pero no me imaginaba qué y, a juzgar por su expresión, no estaba muy segura de querer escucharlo. Me miraba fijamente con una mezcla de preocupación y de temor. Angela inspiró hondo.
—Vale… voy a enseñártelo.
Tecleó una clave y apareció en la pantalla la página de Facebook. Leyó en voz alta un eslogan que aparecía bajo el encabezamiento: «Facebook te ayuda a conectarte y compartir tu vida con la gente».
— Aunque en este caso —me dijo crípticamente—, no era algo que quisiéramos compartir.
Ya me estaba hartando de tanta intriga.
— Dime de una vez qué ha pasado. No puede ser tan malo.
— Vale, vale —dijo—. Tú prepárate.
Hizo un doble clic en un álbum titulado: «Fotos del baile de otoño de Kristy Peters».
— ¿Quién es?
— Una de nuestro curso. Se pasó toda la noche sacando fotos.
— Mira, ahí dice que aparezco en el álbum.
— Exacto —asintió Angela—. Tú y… alguien más.
Abrió una imagen y yo aguardé a que la fotografía se cargara en la pantalla. El corazón me palpitaba en el pecho. ¿Qué podría ser? ¿Se las habría ingeniado Kristy para captar mis alas con su cámara? ¿O era sencillamente una foto poco favorecedora lo que Angela había considerado una «emergencia»? Pero cuando la imagen ocupó al fin toda la pantalla, descubrí que no era ninguna de estas cosas. Era peor, muchísimo peor. Me entró una oleada de náuseas y mi visión quedó reducida aun solo punto. Únicamente veía las dos caras en la pantalla, la mía y la de Tyler Crowley unidas en un beso apretado. Me quedé sentada mirando la imagen un buen rato. Las manos de Tyler me sujetaban firmemente por la espalda; yo tenía las mías en sus hombros, tratando de apartarlo, y los ojos cerrados a causa de la conmoción. Pero para cualquier que no hubiera presenciado la escena completa, parecía que estuviera entregada a un instante de pasión.
— Hemos de borrarla ahora mismo —grité, agarrando el ratón—. Tiene que desaparecer.
— No podemos —murmuró Angela
— ¿Qué quieres decir? —exclamé con voz estrangulada—. ¿No podemos borrarla y ya está?
— Sólo Kristy puede borrarla de su Facebook —dijo Angela—. Podríamos eliminar tu nombre de la lista, pero la gente seguiría viendo la foto en la página de Kristy.
— Pero hay que hacerla desaparecer —le supliqué—. Hay que borrarla antes de que la vea Edward.
Angela me miró compasiva.
— Bella, cariño, creo que ya la ha visto.
Abandoné el laboratorio y salí corriendo del colegio. No sabía dónde estaba Jasper, pero no me podía permitir el lujo de esperarlo. Edward tenía que conocer la historia completa, y tenía de escucharla de inmediato.
Su casa no quedaba lejos, así que hice todo el camino corriendo. Mi infalible sentido de la orientación me guiaba. Era mediodía. Esme y Carlisle estarían en el trabajo, y los demás seguían en el colegio. Así que cuando llamé al timbre, fue el propio Edward quien salió a abrir. Iba con una holgada sudadera gris y pantalones de chándal, y no se había afeitado. Ya se había quitado la abrazadera del tobillo, pero todavía se movía con muletas. Tenía el pelo muy alborotado. Su rostro se veía tan despejado y hermoso como siempre, pero había algo distinto en su mirada. Aquellos ojos esmeralda que siempre parecían brillar al verme me observaban ahora con hostilidad.
Edward no dijo una palabra al verme; se dio la vuelta, dejando la puerta abierta, y se metió en la cocina. No sabía si quería que lo siguiera, pero lo hice igualmente. Acababa de tomarse un cuenco de cereales, aunque casi era la hora del almuerzo. Se negaba a mirarme.
— Puedo explicarlo —dije en voz baja—. No es lo que parece.
— ¿Ah, no? —murmuró—. Yo diría que es exactamente lo que parece. ¿Qué podría ser, si no?
— Edward, por favor —dije, conteniendo las lágrimas—. Tiene una explicación, escucha.
— ¿Estabas tratando de hacerle respiración de boca a boca? —dijo, sarcástico—. ¿O recogiendo muestras de saliva para un experimento? ¿O es que tiene una enfermedad desconocida y ése era su último deseo? No me vengas con cuentos, Bella. No estoy de humor.
Corrí a su lado y le cogí la mano, pero él la apartó sin contemplaciones. Me sentía mareada. No era así como tendrían que haber sido las cosas. ¿Qué estaba pasando? No soportaba la distancia que se había abierto entre nosotros. Edward parecía haber levantado un muro invisible, una barrera. Aquella persona fría y distante no era el Edward que yo conocía.
— Tyler me besó —dije con tono enérgico—. Y esa foto fue tomada justo antes de que yo lo apartara de un empujón.
— Muy oportuno —masculló—. ¿Tan estúpido me crees? Quizá no sea un ser celestial, pero no soy del todo idiota.
— Pregúntale a Jasper y a Rosalie. Ellos te lo contarán. — exclamé.
— Yo confiaba en ti —dijo Edward—. Creí que lo que había pasado entre nosotros había sido importante también para ti. Y te bastó una noche sin mí para irte con otro.
— ¡No es cierto!
— Al menos podrías haber tenido la decencia de decirme a la cara que se había acabado, en lugar de permitir que me enterase por otros.
— No se ha acabado —balbuceé —. Por favor, no digas eso…
— ¿Te das cuanta de lo humillante que es para mí? Una foto de mi novia enrollándose con otro mientras yo estoy en casa recuperándome de una estúpida conmoción. Todos mis amigos me han llamado para preguntarme si me habías dejado plantado por teléfono.
—Lo sé. Lo sé, de veras, y lo siento, pero…
— Pero ¿qué?
—Bueno… tú…
— He sido un idiota por dejar que fueras al baile con Tyler —me cortó Edward abruptamente—. Supongo que confiaba demasiado en ti. No volveré a cometer ese error. Eres una hipócrita y maldigo el día en que permití que me engatusaras, haciéndome creer que sentías algo por mí
— ¿Por qué no quieres escucharme? —susurré—. ¿Por qué estás tan decidido a creer a todo el mundo menos a mí?
— Creí que había algo especial entre nosotros —levantó la vista y vi que tenía los ojos brillantes de lágrimas. Pestañeó con irritación para contenerlas—. Después de todo lo que hemos pasado juntos, tú vas y… Nuestra relación, obviamente, no significa gran cosa para ti.
Ya no pude contenerme más y estallé en sollozos. El llanto me sacudía los hombros convulsivamente. Edward hizo ademán de incorporarse para consolarme, pero se lo pensó mejor y se detuvo. Apretaba con fuerza la mandíbula, como si le resultase desgarrador verme tan desolada y no mover un dedo.
— Por favor —grité—. Te quiero. Le dije a Tyler que a quien amo es a ti. Ya sé que soy un desastre, pero no me dejes por imposible. ¿Qué más necesitas que haga para demostrarte todo lo que te quiero? No puedo darte otra prueba de amor más grande que mi propia divinidad, la cual he arriesgado a perder desde el primer momento en que decidí hacer el amor contigo —un nuevo sollozó me invadió.
— Necesito un tiempo a solas —dijo en voz baja, rehuyendo mi mirada.
Salí corriendo de la cocina y abandoné su casa. No paré de correr hasta llegar a la playa, donde me derrumbé en la arena y sollocé mucho rato hasta calmarme. Sentía que algo se había roto en mi interior, que me había hecho pedazos literalmente y que nada podría volver a recomponerme. Quería a Edward hasta la locura, pero él me había dado la espalda. No traté de consolarme; me abandoné al dolor. No sé cuánto tiempo permanecí allí tendida, pero al fin noté que la marea empezaba a lamerme los pies. Me daba igual; me habría gustado que me llevara, que me zarandeara de aquí para allá, que me arrastrara hacia el fondo y me azotara sin piedad hasta dejar mi cuerpo sin fuerzas y mi mente sin pensamientos. El viento aullaba, la marea se deslizaba cada vez más cerca y yo seguí sin moverme. ¿Era aquélla la manera de castigarme de Nuestro Padre? Sabía que el haber mantenido relaciones con Edward era el mayor pecado que podía cometer un ángel, pero no lo había hecho intencionadamente. Solo me dejé llevar por el amor que sentía por Edward ¿Tan grave había sido mi delito como para merecerme aquello? Había experimentado el amor y ahora sentía que me lo arrancaba de la piel, como los puntos de una herida. ¿Me amaba Edward todavía? ¿Me odiaba? ¿O simplemente había perdido la confianza en mí?
El agua me llegaba a la cintura cuando Rosalie y Jasper me encontraron. Estaba temblando, pero apenas lo notaba. No me moví ni dije nada, ni siquiera cuando Jasper me alzó en brazos y me llevó a casa. Rosalie me ayudó a meterme en la ducha y vino media hora después a sacarme, porque yo había olvidado dónde estaba y seguía de pie bajo el chorro de agua. Jasper me subió algo de cenar, pero no pude dar un bocado. Me quedé sentada en la cama, mirando al vacío, pensando en Edward y al mismo tiempo tratado de no hacerlo. Aquella separación me hizo darme cuanta de lo segura que me había sentido con él. Anhelaba su contacto, su color, el tacto que me hacía estremecerme incluso la pura sensación de su cercanía. Pero ahora lo notaba muy lejos y no podía alcanzarlo, y ese pensamiento hacia que me sintiera apunto de desmoronarme, de dejar de existir.
El sueño empezó a apoderarse de mí por fin, lo cual resultaba ser un alivio, aunque sabía que el tormento se reanudaría otra vez por la mañana. Pero incluso en sueño me vi asediada por mis problemas, pues esa noche adoptaron una apariencia más oscura que nunca.
Soñé que estaba delante del faro, en la Costa de los Naufragios. Era de noche y apenas veía a través de la niebla, pero se distinguía una figura desmoronada en el suelo. Cuando gimió y se dio la vuelta, vi que era Edward. Di un grito y traté de correr hacia él, pero me sujetaron una docena de manos pegajosas. Tyler Crowley salió entonces del faro. Sus ojos destellaban como vidrios astillados. El cabello, largo y oscuro, le caía lacio a ambos lados de la cara. Llevaba un abrigo largo de cuero negro, con las solapas levantadas para protegerse del viento.
— Yo no quería llegar a este punto, Isabella —ronroneó—. Pero a veces no nos queda otro remedio.
— ¿Qué le estás haciendo? — Sollocé al ver que Edward se retorcía en el suelo—. ¡Déjalo!
— Sólo estoy terminando lo que debería haber empezado hace mucho tiempo —gruñó Tyler—. No te preocupes, no sufrirá dolor. Al fin y al cabo, ya está medio muerto…
Con un movimiento de muñeca, puso mágicamente de pie a Edward y lo empujó hacia el borde del acantilado. Edward habría derrotado en un santiamén a Tyler en una pelea normal, pero no tenía nada que hacer frente a poderes sobrenaturales.
— Dulces sueños, apuesto muchacho —susurró Tyler cuando los pies de Edward resbalaron en el borde del acantilado.
La noche se tragó mis gritos.


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