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martes, 3 de julio de 2012

"Divina Tentación" Cap.8


8
La fiesta
— Si estamos aquí no es para alternar— dijo Jasper cuando le pedí permiso para ir a casa de Jessica
— Quedaré como una maleducada si no voy— argüí — Además, es viernes por la noche. No hay colegio al día siguiente.
— Ve si quieres, Isabella— dijo me hermano suspirando— Yo diría que hay maneras más provechosas de pasar una velada, pero no me corresponde a mí prohibírtelo.
— Sólo por esta vez— dije— No se convertirá en una costumbre.
Eso espero.
No me gustaba lo que parecía implicar sus palabras ni la insinuación de que estaba perdiendo de vista nuestro objetivo; pero lo que no podía hacer era estar todo el rato persiguiendo a Alice y Edward, parecería un perrito faldero. Pero no dejé que eso me amargara. Al fin y al cabo, así podría comprender mejor nuestra misión, aprendiendo que les gusta a las chicas y llevándolo a cabo con Alice.
El viernes, a eso de las siete, ya me había duchado y puesto un vestido azul eléctrico. Combiné el vestido con unas botas de media caña y unas medias oscuras, e incluso me puse un brillo de labios que me había regalado Rosalie. Me sentía complacida con el resultado; se me veía un poco menos paliducha de lo normal.
— No hace falta que te arregles tanto, no vas a un baile— me dijo Jasper al verme.
Una chica siempre debe esforzarse en estar lo mejor posible— me defendió Rosalie, saliendo en mi defensa y guiñándome un ojo. Quizá tampoco le habían parecido bien los planes de pasar la velada con Jessica y su pandilla, pero ella no era rencorosa y sabía cuándo había que dejar correr las cosas para evitar conflictos.
Me despedí de ambos con un beso y me dirigí hacía la puerta. Jasper había insistido en acompañarme con el Jeep negro que habíamos encontrado en el garaje el primer día, pero Rosalie había logrado disuadirlo, diciéndole que todavía había mucha luz y que no corría ningún peligro, puesto que la casa de Jessica quedaba sólo a algunas calles, ya que era la hija de la amable señora Stanley. Lo que sí acepté fue el ofrecimiento de Jasper de pasar a recogerme. Acordamos que lo llamaría cuando estuviera lista para regresar.
Sentí una oleada de placer mientras caminaba por la calle. El verano llegaba a su fin, y ya se empezaba a notar el viento que me agitaba el vestido era algo frío. Aspiré la limpia fragancia del mar, mezclada con el fresco aroma de las plantas de hoja perenne. Me consideraba una privilegiada por estar allí, caminando por la tierra, convertida en un ser que sentía y respiraba. Era mucho más emocionante que observar la vida desde otra dimensión. Contemplar desde el Cielo la vida agitada y tumultuosa que se desarrollaba abajo venía a ser como asistir a un espectáculo. Estar en el escenario, en cambio, quizá daba más miedo, pero resultaba también más excitante.
Se me pasó el buen humor en cuanto llegué al número 8 de Sycomore Grove. Examiné la casa pensando que había anotado mal en número. La puerta estaba abierta de par en par y parecía que hubieran encendido todas las luces de la casa. De la sala de estar salía una música a todo volumen y en el porche se pavoneaban un montón de adolescentes más bien ligeros de ropa. No podía ser allí. Comprobé la dirección que la misma Jessica me había escrito en un trozo de papel y vi que no me había equivocado. Entonces empecé a reconocer algunas caras del colegio; dos o tres me saludaron con la mano. Subí las escaleras de la casa, que era de estilo bungalow, y poco me faltó para tropezarme con un chico que estaba vomitando por un lado dela terraza.
Consideré la posibilidad de dar media vuelta y regresar a casa. Me inventaría un dolor de cabeza para disimular ante Rosalie y Jasper. Sabía de sobras que ellos no me habrían permitido asistir si hubieran sabido en qué consistía realmente la velada«para chicas» de Jessica. Pero si impuso mi curiosidad y decidí entrar un momentito, sólo para saludar a Jessica y disculparme antes de hacer mutis por el foro.
En el pasillo principal, que hedía a humo y colonia, había una aglomeración de cuerpos apretujados. La música estaba tan alta que la gente había de gritarse al oído para hacerse oír. Como el suelo retumbaba y los invitados bailaban dando bandazos, tenía la sensación que me encontraba atrapada en medio de un terremoto. La percusión sonaba con tal fuerza que me taladraba los tímpanos. Percibía la atmósfera viciada y un olor a cerveza y bilis que impregnaba el aire. En conjunto, la escena me resultó tan dolorosamente abrumadora que estuve a punto de perder el equilibrio. Pero aquello era la vida humana, pensé, y yo estaba decidida a experimentarla por mí misma aunque me hiciera sentir al borde del colapso. Así pues, inspiré hondo y seguí adelante.
Había gente joven a cada rincón de la casa: unos fumando, otros bebiendo y algunos envueltos en un estrecho abrazo. Me abrí paso zigzagueando entre la multitud y observé fascinada a un grupo que jugaba un juego que uno de ellos llamó la Caza del Tesoro. Las chicas se ponían en fila y los chicos les lanzaban malvaviscos usando sólo la boca. Las chicas se reían, dando grititos, mientras los chicos hundían la cabeza en su pecho.
No veía a los padres de Jessica por ningún lado. Quizás habían salido durante el fin de semana. Me pregunté cómo reaccionarían si vieran su hogar sumido en semejante caos. En el salón de atrás había unas parejas entrelazadas en los sofás de cuero marrón, haciéndose mimos medio borrachos. Se veían botellas de cerveza vacías por todas partes, y las patatas fritas y las pastillas de chocolate que Jessica había puesto en
cuencos de vidrio estaban hechas picadillo en el suelo. Identifiqué entre toda saquellas caras la de Leah Clearwater, una de las amigas del grupo de Jessica, y me acerqué a ella. Estaba de pie junto a las puertas cristaleras que daban a la terraza con piscina.
— ¡Bella! ¡Has venido!— me gritó por encima de la música atronadora— ¡Una fiesta fantástica!
— ¿Has visto a Jessica?— respondí, también a gritos.
— En el jacuzzi.
Me escabullí de las garras de un chico ebrio que trataba de arrastrarme hacia la melé de los que bailaba y esquivé a otro que me llamo «hermano» y pretendía darme un abrazo. Una chica lo aportó disculpándose.
Disculpa a Stefan — chilló— Ya va ciego.
Asentí y me deslicé afuera, mientras me hacia una nota mental para añadir aquellas palabras en el glosario que estaba compilando.
El suelo de la terraza también estaba cubierto de botellas vacías y tuve que caminar con cuidado para no tropezarme. Pese al frío que empezaba a hacer, había adolescentes con bikini y shorts tirados junto a la piscina o metidos a presión en el jacuzzi. Las luces arrojaban un resplandor azulado e inquietante sobre los cuerpos juguetones. De repente, un chico completamente desnudo pasó a mi lado y se zambulló en la piscina. Emergió enseguida tiritando, pero con aire satisfecho, mientras los demás lo aclamaban a gritos. Procuré que no se me notara lo horrorizada que estaba.
Sentí un gran alivio cuando localicé por fin a Jessica emparedada en el jacuzzi entre dos chicos que no paraban de tocarla. Se levantó al verme, estirándose como un gato y entreteniéndose para que los chicos pudieran admirar su cuerpo húmedo y firme.
— Bellie, puse una mueca ante el diminutivo. ¿Por qué me llamaba Bellie?— ¿Cuándo has llegado?- preguntó con voz cantarina
— Ahora mismo — respondí — ¿Es que ha habido cambio de planes? ¿Qué ha pasado con las mascarillas?
— ¡Ay, que aburrida eres, desechamos esa idea!— dijo, como si la cosa no tuviera la menor importancia— Mi tía se ha puesto enferma, así que mamá y papá pasarán todo el fin de semana fuera. ¡No podía dejar de escapar la ocasión de montar una fiesta!
— Sólo he venido a saludar. No puedo quedarme — le dije— Mi hermano cree que nos estamos poniendo mascarillas faciales.
Bueno. Pero él no está aquí, ¿no?— sonrió con picardía haciendo que me estremeciera— Y lo que hermanito Jasper no sepa no va a hacerle daño. Venga, tómate una copa antes de irte. No quiero que te metas en líos por mi culpa.
En la cocina nos encontramos a Lauren, detrás del mostrador, preparando una mezcla en la licuadora. Tenía alrededor una colección de botellas impresionante. Leí algunas de las etiquetas: ron blanco del Caribe, escocés de malta, whisky, tequila, absenta, Midori, bourbon, champagne. Los nombres no me decían gran cosa. El alcohol no había sido incluido en las materias de mi entrenamiento; una laguna en mi educación.
— ¿Nos sirves unos Lauren Special a Bella y a mí?- le guiñó el ojo a la vez que le dijo Jessica, rodeándola con sus brazos, mientras balanceaba las caderas siguiendo el ritmo.
— ¡Marchando dos Special!— exclamó Lauren, y llenó dos vasos de cóctel casi hasta el borde con aquel combinado verdoso.
Jessica me puso uno en la mano y dio un buen trago del suyo. Nos abrimos paso hasta la sala. La música atronaba con tanta fuerza por los dos enormes altavoces situados en las esquinas que incluso el suelo vibraba. Husmeé mi bebida con recelo.
— ¿Qué tiene?— le pregunté a Jessica por encima del estruendo.
Es un cóctel— dijo— ¡Salud!
Di un trago por educación y me arrepentí en el acto. Era de un dulzón repulsivo, pero al mismo tiempo me quemaba en la garganta. Decidida a no ser tildada de aguafiestas, continué de todas maneras bebiéndolo poco a poco. Jessica se lo estaba pasando en grande y me arrastró entre la masa de gente que bailaba en el centro. Bailamos juntas unos minutos; luego la perdí de vista y me encontré rodeada de una multitud de desconocidos. Intenté hallar un resquicio entre los cuerpos apretujados, pero en cuanto se abría un hueco, volvía a cerrarse. Varias veces advertí con sorpresa mi vaso se llenaba de nuevo, como se hubiera una legión de camareros invisibles.
Para entonces ya me sentía mareada y tambaleante, lo que atribuí a mi falta de costumbre a la música ruidosa y el gentío. Daba sorbos a mi bebida con la esperanza de que al menos me refrescara. Jasper siempre nos daba la lata sobre la importancia de siempre mantener nuestros cuerpos hidratados.
Me estaba terminando mi tercer cóctel cuando sentí un deseo irresistible de desplomarme sin más en el suelo. Pero no llegué a caerme. De repente noté que una mano vigorosa me sujetaba y me guiaba fuera del tumulto. Sentía que me agarraba con más fuerza cuando di un tropezón. Dejé todo mi peso a merced del desconocido y permití que me llevase afuera. Me ayudó a acomodarme en un banco en el jardín, dónde me senté cabizbaja, todavía con el vaso en la mano.
No te convine pasarte con ese mejunje.
El rostro de Edward se fue perfilando poco a poco en mi campo de visión. Llevaba unos tejanos desteñidos y un polo verde de manga larga bastante ajustado, que realzaba su torso. Me aparté el pelo de los ojos y noté que tenía la frente cubierta de sudor.
— ¿Pasarme con qué?
Hmm... con lo que estás bebiendo... porque es bastante fuerte— dijo, como si fuese obvio.
Se me empezaba a revolver el estómago y sentía un martilleo en la cabeza. Quería decir algo, pero no me acababan de salir las palabras a causa de las oleadas de náuseas. Me apoyé débilmente contra él; me sentía a punto de llorar.
¿Sabe tu familia dónde estás?— me dijo.
Maneé la cabeza, cosa que provocó que todo el jardín empezara a darme vueltas.
— ¿Cuántos de estos te has tomado?
— No sé— musité atontada— Pero no acaba de sentarme bien.
— ¿Estás acostumbrada a beber?
— Es la primera vez.
— ¡Oh, cielos!— Edward sacudió la cabeza— Ahora se explica que tengas tan poco aguante.
— ¿Cómo...?— Me eché hacia delante y casi me fui al suelo.
— Uf — dijo, sujetándome— Será mejor que te lleve a tu casa.
— En seguida me encontraré bien.
No, qué va. Estás temblando.
Descubrí con sorpresa que tenía razón. Sé fue adentro a recoger su chaqueta, volvió enseguida y me la puso sobre los hombros. Tenía su olor y me resultabare confortante.
Jessica se nos acercó con paso vacilante.
— ¿Cómo va?— preguntó demasiado alegre para que le incomodara la presencia de Edward.
— ¿Qué está bebiendo Bella?—preguntó él, con un tono de preocupación.
— Sólo un cóctel, el Lauren Special- se empezó a reír — Vodka, más que nada. ¿No te encuentras bien, Bellie Bells?- tenía ganas de vomitar por como me llamó y por lo mal que me encontraba
— No, para nada— explicó Edward, cortante.
— Deja que se tumbe un rato y se le pasara. ¡Tiene que vivir la fiesta!— gritó Jessica, totalmente perdida de la realidad
— Mejor me encargo de que llegue sana y salva a casa— concluyó, e incluso en aquel estado no se me escapó su tono acusador.
Gracias, Edward por cortarnos la fiesta. Bella se lo estaba pasando realmente bi-bien- vi como lo miraba, queriendo matarlo con la mirada- P-pero igual-lmente te debo una. ¡Ah!, y procura no contarle demasiado a su hermano. No parece muy comprensivo.
El olor a cuero de los asientos del coche de Edward me resultó relajante, pero aun así me sentía como si me ardiera todo por dentro. Percibí sólo vagamente el traqueteo del coche durante el trayecto y luego la sensación de ser conducida a tientas hasta la puerta. Me mantenía consciente y oía lo que sucedía alrededor, pero estaba demasiado adormilada para abrir los ojos. Se me cerraban sin que pudiera evitarlo.
Como los tenía cerrados, no vi la expresión de Jasper cuando abrió la puerta. Pero no se me escapó su tono alarmado.
— ¿Qué ha pasado?, ¿está herida?— Noté que me cogía la cabeza con las manos.
— No, no tiene nada— dijo Edward— Sólo ha bebido demasiado.
— ¿Dónde estaba?
— En la fiesta de Jessica.
— ¿Qué fiesta? No nos hablaron de ninguna fiesta.
No ha sido culpa de Bella. Creo que ella tampoco lo sabía.
Noté que pasaba a los brazos de mi hermano.
— Gracias por traerla a casa— dijo Jasper con un tono que no daba a más conversación.
—No hay de qué— dijo Edward— Se le ha ido la cabeza un rato; quizá convendría que le echasen un vistazo.
Hubo una pausa mientras Jasper meditaba su respuesta. Ya estaba segura que no hacía falta llamar a un médico. Además, una revisión médica pondría de manifiesto
ciertas anomalías que no era posible explicar. Pero eso Edward no lo sabía, así que esperé la respuesta de Jasper.
Nosotros nos ocuparemos de ella — dijo al fin.
Sonó medio raro, como si tuviese algo que ocultar. Me habría gustado que hubiera intentado parecer más agradecido. Edward me había rescatado, al fin y al cabo; además, era un cliché que fuera el justamente el que me rescatara, teniendo en cuenta que yo era su ángel protector. Pero si no hubiera sido por él, porque me había visto en apuros, todavía estaría en casa de Jessica. Y quién sabía lo que podría haber pasado.
Muy bien.— Detecté un matiz suspicaz en la voz de Edward e intuí que se resistía a marcharse. Pero ya no tenía motivo para seguir allí — Dígale a Bella que espero que se recupere pronto.
Oí sus pasos bajando la escalera y crujiendo sobre la grava, y luego el ruido de su coche al arrancar. Lo último que recordé más tarde fue el contacto de las manos de Rosalie, acariciándome la frente, y la sensación de su energía curativa difundiéndose por todo mi cuerpo.
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No tenía ni idea de qué hora sería cuando desperté. Notaba un martilleo incesante en mi cabeza. Y sentía como si tuviera la lengua de papel de lija. Me costó ordenar de un modo coherente la secuencia de la noche anterior y, cuando lo logré, pensé que mejor habría no hacerlo. Sentí una oleada de vergüenza mientras evocaba mi aturdimiento, mis balbuceos, mi incapacidad para tenerme en pie. Recordé que Jasper me había tomado en brazos y que había en su voz un tono de inquietud pero también de decepción. Rosalie me había desnudado y acostado como si fuera una cría, y recordaba haberle visto una expresión de consternación en la cara. Mientras ella me cubría con las mantas, había oído a Jasper en la puerta dándole otra vez las gracias a alguien.
Luego empecé a recordar que me había pasado casi todo el tiempo en la fiesta de Jessica desplomada contra el cálido cuerpo de un desconocido. Gemí en voz alta cuando visualicé vívidamente el rostro de aquel extraño. De entre todos los gallardos caballeros que habrían podido acudir en mi ayuda, ¿por qué tenía que haber sido justamente Edward Cullen? ¿En qué estaría pensando Nuestro Señor en Su infinita sabiduría? Me esforcé en reunir los fragmentos de nuestra breve conversación, pero mi memoria se negaba a ofrecerme detalles. Me sentí abrumada por una mezcla mortificante de remordimiento y humillación. Me ardían las mejillas del bochorno. Me oculté bajo la colcha y me hice un ovillo, deseando quedarme allí para siempre. ¿Qué pensaría ahora de mí Edward Cullen, el flamante delegado de Forks?¿Qué pensaría todo el mundo de mí? Apenas llevaba una semana en el colegio y ya había avergonzado a mi familia y proclamado a los cuatro vientos que era una novata integral en las cosas de la vida. ¿Cómo no me había dado cuenta de lo fuertes que eran aquellos cócteles? Y por si fuera poco, les había demostrado a mis hermanos que era incapaz de cuidar de mí misma y de arreglármelas sin su ayuda.
Me llegaban voces amortiguadas desde abajo. Rosalie y Jasper conversaban entre susurros. Noté que me ardían otra vez las mejillas mientras pensaba en la posición en que los había colocado. ¡Qué egoísta había sido al no considerar el impacto que mis actos tendrían también en ellos! Su reputación estaba en peligro igual que la mía. Mejor dicho, la mía había quedado hecha trizas sin paliativos. Considere la posibilidad de que nos marcháramos y empezáramos de nuevo en otro sitio. Jasper y Rosalie no esperarían que me quedase en Forks después de haberme puesto en ridículo de aquella manera. Ya casi daba por supuesto que aparecerían de un momento a otro para darme la noticia y que empezáramos a recoger en silencio nuestras cosas para trasladarnos a un nuevo y cambiar de protegidos. No habría tiempo para despedidas; los lazos que había establecido allí quedarían reducidos a un puñado de recuerdos entrañables.
Pero nadie subía y, al final, no tuve otro remedio que aventurarme a bajar para afrontar las consecuencias de lo que había hecho. Me miré un instante en el espejo del pasillo, tenía un aspecto frágil y sombras azuladas bajo los ojos. El reloj me informó de que ya casi era mediodía.
Rosalie estaba sentada a la mesa de la cocina, haciendo un bordado con increíble destreza, mientras que Jasper permanecía frente a la ventana, más erguido que un párroco en el púlpito. Tenía las manos entrelazadas a la espalda y miraba pensativo el océano. Fui a la nevera, me serví un zumo de naranja y me lo bebí a toda prisa para apagar la furiosa sed que sentía.
Jasper no se volvió, pero yo sabía que percibía mi presencia. Me estremecí: una bronca airada me habría sentado mejor que aquella muda recriminación. Me importaba demasiado la estima de Jasper para estar dispuesta a perderla. Si no para otra cosa, su cólera habría servido para aliviar en cierta medida mi culpa. Deseaba que se volviera para verle al menos la cara. Rosalie dejó su bordado y me miró.
¿Cómo te encuentras?— preguntó. No sonaba ni enfadada ni defraudada, cosa queme desconcertó.
Me llevé sin querer las manos a las sienes, que aún me palpitaban.
Podría estar mejor, la verdad. — El silencio se cernía en el aire como un sudario— Lo siento mucho— continué con un tono sumiso— No sé cómo ocurrió. Me siento como una cría.
Jasper se volvió a mirarme, pero sólo vi en ellos el profundo afecto que me tenía.
— No te apures, Isabella — dijo con su compostura de siempre— Ahora que somos humanos estamos condenados a cometer algunos errores.
¿No estáis enfadados?— exclamé, mirando uno y otro alternativamente.
La piel nacarada de ambos relucía con un brillo luminoso y tranquilizador.
— Claro que no — dijo Rosalie— ¿Cómo vamos a culparle de algo que no podías controlar?
— Ésa es la cuestión justamente — repuse— Que debería haberlo sabido. A vosotros no os hubiera pasado. ¿Por qué soy la única que comete errores?
— No seas demasiado severa contigo misma— me aconsejó Jasper— Recuerda que ésta es tu primera visita aquí. Las cosas te irán mejor con el tiempo.
— Es fácil olvidar que la gente es de carne y hueso, y no indestructible—añadió Rosalie
— Procuraré tenerlo presente— dije, más animada.
— Ya sólo me queda sacarte ese taladro que notas en la cabeza— me dijo Jasper.
Todavía en mi pijama viejo pijama, me puse a su lado para observarlo mientras sacaba ingredientes de la nevera. Los midió y los vertió en la licuadora con la precisión de un científico. Por fin, me tendió un vaso lleno de un líquido turbio y rojizo.
— ¿Qué es?— pregunté.
Zumo de tomate y yema de huevo con un toque de pimentón— explicó— Según la enciclopedia médica que leí anoche es uno de los mejores remedios para la resaca
El olor y aspecto del brebaje era asqueroso, pero el martilleo de mi cabeza no parecía que fuese apaciguarse espontáneamente. Así pues, me tapé la nariz y me bebí el vaso entero. Después se me ocurrió que Rosalie podría haberme curado la resaca poniéndome dos dedos en las sienes, pero quizá lo que pretendían mis hermanos era que aprendiera a cargar con las consecuencias de mis actos.
Creo que hoy deberíamos quedarnos en casa, ¿no?— dijo Rosalie — Hemos de tomarnos un poco de tiempo para reflexionar.
Nunca me habían dejado los dos tan maravillada como en aquel momento. La tolerancia que habían mostrado sólo podía describirse como sobrehumana, cosa que era sin duda. Comparados con el resto de la gente, nosotros vivíamos como cuáqueros: sin televisión, ni ordenadores ni teléfonos móviles. Nuestra única concesión al estilo terrenal del siglo XXI era un teléfono fijo que nos habían conectado en cuanto nos instalamos. Nosotros veíamos en la tecnología una influencia nociva que fomentaba una conducta antisocial y socavaba los valores familiares. Nuestro hogar era un sitio para estar juntos, no para pasar el tiempo comprando por internet o mirando estúpidos programas televisivos.
Jasper, en especial, odiaba la influencia de la televisión. Durante la preparación para nuestra misión nos había mostrado para subrayar esta idea el principio de un programa. Consistía en una serie de personas con problemas de obesidad a las que dividían en grupos y les ofrecían platos tentadores para ver si conseguían resistirse. Los que cedían a la tentación recibían severos reproches y quedaban eliminados. Resultaba repulsivo, decía Jasper, jugar con las emociones de la gente y cebarse en sus habilidades. Y aún era más repugnante que el público mirase semejante crueldad como un entretenimiento.
Así pues, aquella tarde recurrimos a la tecnología para entretenernos, sino que pasamos el rato tumbamos el rato en la terraza leyendo. Jugando Scrabble o simplemente enfrascados en nuestros pensamientos. Tomamos tiempo para reflexionar no significaba que no pudiéramos hacer mientras tanto otras cosas: sólo quería decir que las hacíamos en silencio y que procuramos dedicar un rato a analizar nuestros éxitos y fracasos. O más bien, que Rosalie y Jasper analizaban sus éxitos y yo contemplaba mis fracasos. Miraba el cielo y mordisqueaba tajadas de melón. Había llegado a la conclusión de que la fruta era mi comida favorita; su frescura dulce y limpia me recordaba nuestro hogar. Mientras seguía mirando, reparé en que el sol aparecía en el cielo como una bola de un blanco deslumbrante, raro aquí ya que era la primera vez que lo veía desde que era humana. Enfocarlo directamente me cegaba y dañaba los ojos. En el Reino la iluminación era distinta. Nuestro hogar estaba inundado de una luz suave y dorada que podíamos tocar y que se deslizaba entre nuestros dedos como una miel cálida. Aquí, en cambio, la luz era más violenta, pero también— en cierto sentido— más real.
— ¿Habéis visto esto?— Rosalie apareció con una bandeja de fruta y queso y tiró el periódico en la mesa con disgusto.
— Ajá— asintió Jasper.
¿Qué pasa?
Me incorporé y estiré el cuello para ver los titulares. Atisbé la fotografía que abarcaba la portada. Se veía gente corriendo en todas direcciones: hombres que trataban en vano proteger a las mujeres, madres que recogían a los niños caídos en el polvo. Algunos rezaban apretando los párpados; otros abrían la boca en gritos silenciosos. Detrás, las llamas se elevaban hacia el cielo y la humareda oscurecía el sol.
— Bombarderos en Oriente Medio — dijo mi hermano, dándole la vuelta al periódico con un gesto rápido. Ya no hacía falta; la imagen se había quedado grabada a fuego en el cerebro— Más de trescientos muertos. Sabes lo que esto significaba, ¿no?
— ¿Qué los ángeles de allí no están haciendo bien su trabajo?— me salió una voz trémula.
— Exacto— afirmó Rosalie.
¿Y no podemos ayudar?- pregunté esperanzada
No es nuestra misión- repuso Jasper
¡Pero hay más de trescientos muertos!- grité horrorizada- ¡Eso debería contar!
— Claro que cuenta— repuso Jasper de nuevo— Pero no han sido requeridos nuestros servicios. A nosotros nos han asignado un puesto y no podemos abandonarlo porque haya sucedido algo terrible en otra parte del planeta. Nuestras instrucciones son que permanezcamos aquí y vigilemos a los Cullen. Por algo será.
— ¿Y qué pasa con toda esa gente?— pregunté, todavía con la imagen de sus rostros horrorizados destellando en mi mente.
Lo único que podemos hacer es rezar para que se produzca una intervención divina.
A media tarde nos dimos cuenta de que la despensa estaba casi vacía. Aunque me sentía débil, me ofrecí para hacer unas compras en el pueblo. Confiaba en que el paseo me ayudara a borrarme aquellas imágenes turbadoras de la mente y pensar en otra cosa que no fueran las calamidades humanas.
— ¿Qué traigo?— pregunté, tomando un sobre que había a mano para anotar la lista en el dorso.
— Fruta, huevos y un poco de pan de esa tienda francesa que acaban de abrir—
medijo Rosalie
— ¿Quieres que te lleve?— me propuso Jasper
No, gracias. Cogeré la bicicleta. Me hace falta ejercicio.
Lo dejé leyendo, fui a recoger la bicicleta en el garaje y metí en la cesta una bolsa de lona doblada. Rosalie se había puesto a recortar los rosales y me dijo adiós con la mano cuando pasé por delante del jardín pedaleando.
El trayecto de diez minutos hasta el pueblo me resultó tonificante después de tantas horas durmiendo como zombi. El aire fresco y limpio, impregnado del aroma de los pinos, contribuyó a disipar mi abatimiento. No quería que mis pensamientos derivasen hacia Edward Cullen y deseaba cerrar el paso a los recuerdos de la noche anterior. Pero, claro, mi mente seguí sus propios derroteros y no pude dejar de estremecerme al evocar la firmeza de sus brazos mientras me sujetaba, y la caricia de la tela de su camisa en mi mejilla, y el contacto de su mano al apartarme el pelo de la cara con un gesto rápido, tal como había hecho también en mi sueño.
Dejé la bicicleta atada con cadena en el soporte que había frente a la oficina de correos y me encaminé al supermercado. Cuando ya llegaba a la puerta, me detuve para dejar que salieran dos mujeres: una de ellas anciana y algo encorvada, la otra robusta y de mediana edad. Esta última ayudó a la anciana a sentarse en un banco, volvió a la tienda y pegó un cartel en el escaparate. Al lado del banco, obedientemente sentado junto a la mujer, había un perro gris plateado. Era la criatura más extraña que había visto. Su expresión pensativa y reconcentrada parecía casi humana, e incluso sentado sobre sus patas traseras mantenía su cuerpo erguido con actitud majestuosa. Tenía los carrillos algo caídos, el pelaje lustros y satinado y los ojos tan incoloros como la luz de la luna.
La anciana mostraba aire apesadumbrado que me llamó la atención. Al mirar el cartel comprendí sin más el motivo. Era un anunció que ofrecía el perro «gratis a un buen hogar».
Es lo mejor, Elizabeth, ya lo verás— le dijo la más joven con tono más práctico— Tú quieres que Phantom sea feliz ¿no? Él no podrá seguir contigo cuando te mudes. Ya conoces las normas
La otra meneó la cabeza tristemente.
— Pero estará en un lugar extraño y no entenderá nada. Nosotros, en casa, tenemos nuestras pequeñas costumbres.
Los perros son muy adaptables. Bueno, volvamos antes de que se haga la hora decenar. Seguro empieza a sonar el teléfono en cuanto entremos a la puerta.
La mujer llamada Elizabeth no parecía compartir la convicción de la otra. Vi que retorcía con sus dedos nudosos la correa del perro y que se los llevaba luego al pelo, que lo tenía recogido en un moño deshecho en la nuca. No parecía tener ninguna prisa por moverse, como si levantarse del banco implicará sellar un trato que aún no había podido considerar a fondo.
— ¿Pero cómo sabré yo que lo cuidan bien?— dijo.
Nos vamos a asegurar de quien se lo quede acepte llevarlo de visita a tu nuevo hogar.
Se había deslizado una nota de impaciencia en el tono de la más joven, y advertí que cada vez levantaba más la voz. Respiraba de un modo más agitado y se empezaban a formar gotitas de sudor en las sienes, tan empolvadas como el resto de su rostro. No paraba de mirar el reloj.
— ¿Y si lo olvidan?— Elizabeth sonaba irritada.
— Seguro que no — replicó su acompañante con desdén— Bueno, ¿necesitas algo antes de que te lleve a casa?
— Sólo una bolsa de golosinas para Phantom. Pero no las de pollo, ésas no les gustan.
¿Por qué no esperas aquí un momento mientras yo entro a comprarlas?
Elizabeth asintió y miró a los lejos, resignada. Se inclinó para rascarle detrás de las orejas a Phantom, que levantó los ojos con aire de perplejidad. Parecían entenderse en silencio aquel animal y su dueña.
— ¡Qué perro tan bonito! — le dije, a modo de presentación— ¿De qué raza es?
— Es un weimaraner— respondió Elizabeth— Pero por desgracia ya no va a seguir siendo mío por mucho tiempo.
— Sí. No he podido evitar oír la conversación.
Pobre Phantom. — Elizabeth suspiró y se agachó para hablarle al perro— Tú sabes muy bien lo que pasa, ¿verdad? Pero te estás portando como un valiente.
Me arrodillé para darle a Phantom unas palmaditas. Él me husmeó con cautela y me tendió su enorme pezuña.
— Qué raro— dijo Elizabeth— Normalmente es más reservado con la gente que no conoce. Debes ser una amante de los perros.
— Ah, me encantan los animales— dije— Si no le importa que se lo pregunte, ¿porqué no puede mudarse el perro con usted?
— Me traslado a Fairhaven, la residencia de ancianos del pueblo. ¿Has oído hablard e ella? No admiten perros
¡Qué lástima!— dije— Pero no se preocupe. Estoy segura de que un perro como Phantom encontrara otro dueño enseguida ¿Tiene ganas de trasladarse?
La mujer pareció sorprendida por la pregunta.
¿Sabes?, eres la primera que me lo pregunta. Supongo que me da igual una cosa que otra. Me sentiré mejor cuando lo de Phantom quede resuelto. Yo esperaba que se lo quedara mi hija, pero ella vive en un apartamento en Seattle y no puede ser.
Mientras Phantom restregaba contra mi mano su esponjoso hocico, se me ocurrió una idea. Quizás aquel encuentro era una ocasión que me ofrecía la Providencia para enmendarme por mi irresponsabilidad. ¿No era para eso, al fin y al cabo, para lo que estaba allí, es decir, para ejercer una influencia benéfica en la gente, aparte de en Edward y no para centrarme en mis propias obsesiones? Yo no podía hacer gran cosa para solucionar una crisis que se desarrollaba en la otra punta del mundo, pero allí tenía una situación en la que podía ser de ayuda.
Tal vez podría quedármelo yo— le propuse impulsivamente.
Sabía que si me lo pensaba mejor, me echaría atrás. El rostro de Elizabeth se iluminó en el acto.
— ¿De veras podrías? ¿Estás segura?— dijo— Sería maravilloso. Nunca encontrarás a un amigo más fiel, te lo aseguro. Bueno ya sé que le has caído bien. Pero ¿qué dirían tus padres?
—No les importará— dije, confiando en que mis hermanos vieran mi decisión del mismo modo que yo— ¿Estamos de acuerdo, entonces?
Ahí viene Felicity.—Elizabeth sonrió ampliamente— Vamos a darle la buena noticia.
Phantom y yo miramos cómo se alejaban en coche los dos mujeres: una secándoselos ojos; la otra, visiblemente aliviada. Aparte de un gañido lastimero dirigido a su dueña y de una mirada conmovedora, Phantom parecía impertérrito por el hecho de encontrarse de repente en mis manos, como si comprendiera por instinto que aquella era la mejor solución dadas las circunstancias. Aguardó fuera con paciencia mientras yo hacía la compra. Luego colgué la bolsa de un lado del manillar, até su correa del otro lado y arrastré la bicicleta hasta casa.
— ¿Te ha costado encontrar la tienda nueva? — me gritó Jasper al oírme llegar.
— Ay, lo siento, se me ha olvido el pan— dije, mientras entraba en la cocina con Phantom pisándome los talones— Pero he pillado una auténtica ganga.
— Oh, Isabella— exclamó Rosalie, entusiasmada— ¿Dónde lo has encontrado?
Es una larga historia — respondí — Alguien que necesitaba que le echaran lamano.
Les resumí mi encuentro con Elizabeth. Rosalie le acariciaba la cabeza a Phantom y él puso el hocico en su mano. Había en sus ojos claros y melancólicos algo casi sobrenatural, como si realmente nos perteneciera a nosotros.
— Espero que podamos quedárnoslo.
Claro— dijo Jasper sin darle más vueltas— Todo mundo necesita un hogar.
Rosalie y yo nos afanamos en prepararle a Phantom un sitio para dormir y elegimos un cuenco especial para él. Jasper nos observaba, con el principio de una sonrisa asomado en la comisura de sus labios. Sonreía tan raramente que cuando lo hacía era como si surgiera el sol entre las nubes.
Estaba claro que Phantom iba a ser mi perro. Él ya me miraba como si fuese su madre adoptiva y me seguía por toda la casa a grandes zancadas. Cuando me derrumbé en el diván, se acurrucó a mis pies como una bolsa de agua caliente y enseguida comenzó a roncar suavemente. A pesar de su tamaño Phantom era de naturaleza más bien indolente y le costó poco tiempo integrarse del todo en nuestra pequeña familia.
Después de cenar, me duché y me acomodé en el sofá con la cabeza de Phantom en mi regazo. Su efecto ejercía sobre mí un efecto terapéutico. Me sentía tan relajada que casi seme había olvidado lo sucedido la noche anterior.
Entonces alguien llamó a la puerta con los nudillos.


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