Imagenes del blog

martes, 3 de julio de 2012

"Divina Tentación" Cap. 13


13
Gracia Salvadora
Yo nunca había visto a Dios. Había sentido Su presencia y oído Su voz, pero no había llegado a estar cara a cara con Él. Su voz no era como la gente imaginaba, estruendosa y retumbante como en las películas de Hollywood; más bien resultaba sutil como un susurro, y se deslizaba por nuestros pensamientos con tanta delicadeza como una brisa entre los juncos. Rosalie lo había visto. Las audiencias en la corte de Nuestro Padre estaban reservadas sólo a los serafines. Jasper, por su parte, poseía como arcángel el nivel más alto de interacción humana. Veía todos los grandes sufrimientos, esos que muestran las noticias: guerras, desastres naturales, enfermedades. Actuaba guiado por Nuestro Padre y trabajaba con sus demás congéneres para reorientar a la Tierra en la buena dirección. Aunque Rosalie tuviera línea directa con Nuestro Creador, era del todo imposible obligarla a hablar de ello. Muchas veces Jasper y yo habíamos intentado arrancarle información en vano. Curiosamente, yo había acabado imaginándome a Dios de la misma manera que Miguel Ángel, o sea, como un sabio anciano con barba sentado en su trono del cielo. Mi imagen mental no sería seguramente muy exacta, pero había algo indiscutible: fuera cual fuese su apariencia, Nuestro Padre era la encarnación absoluta del amor.
Por mucho que yo disfrutara de mis días en la Tierra, había algo que sí echaba de menos del Cielo: allí todo estaba claro, nunca había conflictos ni disensiones, dejando aparte la rebelión histórica que había concluido con la primera y única expulsión del Reino. Pero de eso (aunque había alterado para siempre el destino dela humanidad) raramente se hablaba.
En el Cielo yo conocía vagamente la existencia de un mundo más oscuro, pero se trataba de uno muy alejado de nosotros y los ángeles normalmente estábamos demasiado ocupados para pensar en él. Cada uno teníamos asignado un puesto y unas responsabilidades: algunos recibíamos a las almas nuevas llegadas al Reino y tratábamos de facilitar su tránsito; otros se materializaban junto al lecho de los moribundos para ofrecer consuelo a sus almas en el momento de partir; y otros eran ángeles de la guarda adscritos a los seres humanos. Yo antes me ocupaba de las almas de los niños que acababan de entrar en el Reino. Mi trabajo consistía en confortarlas, en explicarles que volverían a ver a sus padres a su debido tiempo si abandonaban todas sus dudas. En fin, era una especie de ujier celestial para preescolares. Pero todo ángel, en algún momento de su vida, tenía la oportunidad de ser un ángel guardián en La Tierra. Y si una debía ser sincera, ser ángel entre los humanos era menos estresante que serlo en el Reino. Los ángeles enviados a La Tierra, al ser humanos, tienen muchas menos capacidades tanto corporales como mentales como para hacerse cargo de todo lo que eran capaces de hacer en el Reino. En cambio, me alegraba no ser un ángel de la guarda celestial. Su misión consistía en escuchar las oraciones de las numerosas personas que estaban a su cargo y en librarlas de todo daño, lo cual podía resultar realmente frenético: una vez vi a un guardián que tenía que acudir en socorro de un niño enfermo, de una mujer metida en un divorcio espinoso, de un hombre que había sido despedido y de la víctima de un accidente de tráfico... todo a la vez. Había trabajo de sobras y nunca éramos suficientes para dar abasto.
Edward y yo estábamos sentados en una mesa en el exterior, a la sombra de un arce, tomando el almuerzo. Yo no podía dejar de percibir la cercanía de su mano, que descansaba apenas a unos centímetros de la mía. Una mano delgada pero masculina, con un sencillo anillo de plata en el índice y la pulsera de cuero trenzada que siempre llevaba consigo. Estaba tan absorta mirándola que apenas lo oí cuando me habló.
— ¿Te puedo pedir un favor?
— ¿Qué? Ah, claro. ¿Qué quieres?
— ¿Podrías revisar la redacción que he escrito? Me lo he leído dos veces, pero estoy seguro de que se me han pasado cosas.
— Claro. ¿Para qué es?
— Para una exposición de literatura inglesa que hay la semana que viene— dijo sin darle importancia, como si fuera algo que hiciera todos los días — No hace falta que te lo leas ahora. Llévatelo a casa si quieres.
—No, no hay problema.
Me halagaba que valorase mi opinión hasta ese punto. Extendí las hojas sobre la mesa y me las leí de cabo a rabo. La redacción era muy elocuente, pero había cometido algunos errores gramaticales menores que identifiqué con facilidad.
— Eres buena correctora— comentó— Gracias.
— No hay de qué.
— En serio, te debo una. Si se te ocurre algo que pueda hacer por ti, dímelo.
— No me debes nada— dije.
—Sí, claro que sí. Por cierto, ¿cuándo es tu cumpleaños?
La pregunta me dejó patidifusa.
— No me gustan los regalos— me apresuré a decir, por si estaba barajando alguna idea.
— ¿Quién ha hablado de regalos? Sólo te he preguntado tu fecha de nacimiento.
—El 30 de febrero— dije, soltando la primera fecha que me vino a la cabeza.
Edward alzó las cejas.
—¿Estás segura?
Me entró pánico. ¿Qué habría hecho mal ahora? Repasé los meses mentalmente y advertí mi error. Uf... ¡febrero sólo tenía veintiocho días!
—Digo, el 13 de septiembre— me corregí tímidamente.
Edward se echó a reír.
— Eres la primera persona que conozco que olvida la fecha de su cumpleaños
Incluso cuando hacía el ridículo como esa vez, las conversaciones con Edward resultaban siempre atractivas. Era capaz de hablar de las cosas más triviales de un modo que las hacía fascinantes. Además, me encantaba el sonido de su voz y lo habría escuchado encandilada aunque se hubiera puesto a leer la guía telefónica. Me preguntaba si aquello estaría entre los síntomas del enamoramiento.
Mientras él tomaba notas en los márgenes de su discurso, yo le di un mordisco a mi focaccia vegetal. No pude reprimir una mueca al notar un regusto amargo en mis papilas gustativas. Jasper nos había introducido en la mayoría de alimentos, pero aún había muchas cosas que no había probado. Levanté la tapa con recelo y examiné la sustancia que embadurnaba el pan bajo las verduras.
— ¿Esto qué es?— le pregunté a Edward
— Creo que se conoce como berenjena— repuso— Aunque en los restaurantes de moda lo llaman aubergine, a la francesa.
— No. Me refiero a esto — dije, señalando una pasta verdosa.
—No sé, déjame ver.
Lo miré mientras daba un mordisquito para probarlo y masticaba concentrado.
— Pesto— dictaminó.
— ¿Por qué habrá de ser todo tan complicado?— dije, irritada— , incluidos los sándwiches.
—Tienes mucha razón—murmuró, pensativo— La salsa al pestote complica un montón la vida.
Se puso a reír y dio otro mordisco, mientras me pasaba su sándwich de ensalada, todavía intacto.
— No seas tonto— le dije— Cómete el tuyo. Ya me las arreglaré con el pesto.
Pero él se negó a devolvérmelo y yo me di por vencida y me comí el suyo, disfrutando de la familiaridad que existía entre nosotros.
—No te sientas mal — dijo, regalándome mi sonrisa favorita— Soy un tío; me como cualquier cosa.
De camino a las clases después del almuerzo nos tropezamos con un gran alboroto en el pasillo. La gente hablaba con agitación de un accidente. Nadie sabía quién lo había sufrido, pero los estudiantes se dirigían en masa hacia la entrada, frente a la cual se había formado un corro enorme. Percibí el pánico en el ambiente y yo misma sentí una oleada en mi pecho.
Seguí a Edward entre la multitud, que se abría instintiva mente para dejar paso al delegado. Lo primero que vi, ya en el exterior, fue el suelo cubierto de cristales. El reguero llegaba hasta un coche con el capó destrozado y humeante. Dos alumnos de último curso habían chocado de frente. Uno estaba de pie junto a su coche, completamente aturdido. Por suerte, sólo había sufrido unos arañazos y en la cara parecía solo tener una contusión. Mi mirada voló de su Chevrolet abollado al otro coche, ahora empotrado con él. Advertí sobresaltada que la conductora seguía dentro, derrumbada sobre el volante. Incluso a distancia se veía que estaba gravemente herida.
La gente miraba boquiabierta sin saber muy bien qué hacer. Sólo Edward mantuvo la cabeza fría y echó a correr enseguida para pedir ayuda y alertar a los profesores. Aunque no muy segura de lo que hacía, y más bien siguiendo un impulso, me acerqué al coche. El humo era muy espeso y empecé a toser. La puerta del conductor había quedado espachurrada con el impacto y casi se había desprendido del chasis. Sin hacer caso del metal ardiente que me lastimaba las manos, acabé de retirarla del todo. Me quedé paralizada al ver de cerca a la chica. Le salía sangre en abundancia de un corte en la frente; tenía la boca abierta, pero los ojos cerrados, y el cuerpo totalmente inerte.
Incluso en el Cielo, yo siempre me había sentido desfallecer cuando veía las escenas sangrientas que se desarrollaban en la Tierra. Pero ese día apenas fui consciente de ello. Con todo cuidado, tomé a la chica por debajo de las axilas y empecé a tirar de ella. Pesaba más que yo, así que agradecí que llegaran corriendo dos grandullones, todavía con el uniforme de gimnasia. Entre los tres depositamos a la víctima en el suelo, a una distancia prudencial del coche humeante.
Comprendí que la ayuda de los chicos acababa allí, porque los dos se limitaban a mirar nerviosos por encima del hombro, aguardando a que llegara alguien. No había tiempo que perder.
—Mantened a la gente a distancia— les dije, y me concentré por completo en la chica.
Me arrodillé a su lado y le puse dos dedos en el cuello, tal como Rosalie me había enseñado una vez. No le encontraba el pulso. No había signos visibles de que aún respirara. Llamé mentalmente a Rosalie y Jsper para que acudieran en mi ayuda; yo no tenía la menor posibilidad de solventar aquello por mi cuenta. Ya estaba perdiendo la batalla. La sangre seguía manando de la herida de la frente y le había dejado a la chica todo el pelo apelmazado. Tenía una palidez mortal en la cara y cercos azulados bajo los ojos. Me temía que había sufrido heridas internas, pero no podía determinar dónde.
—Aguanta— le susurré al oído— La ambulancia está en camino.
Le había sujetado la cabeza con las manos, y mientras notaba cómo se me humedecían de sangre caliente y pegajosa, me concentré para enviar a través de su cuerpo toda mi energía curativa. Sabía que apenas tenía unos minutos para ayudarla. Su cuerpo prácticamente había abandonado la lucha y yo sentía que su alma intentaba desprenderse ya. Pronto estaría contemplando su propio cuerpo inerte desde fuera.
Me concentré con tal intensidad que temí perder también el conocimiento. Procuré sobreponerme al mareo y volví a concentrarme aún más profundamente. Me imaginé una fuente de poder que brotaba desde muy dentro de mí, que se propagaba a través de mis arterias y cargaba de energía las puntas de mis dedos para fluir hacia aquel cuerpo tendido en el suelo. Mientras dejaba que se derramase de mí todo aquel poder, pensé que quizá— sólo quizá— la chica sobreviviría.
Oí a Rosalie antes de verlo, instando a la gente a abrir paso. Hubo un suspiro general de alivio entre los estudiantes ante la llegada de una autoridad. Ahora ellos quedaban absueltos de cualquier responsabilidad; lo que pudiera suceder ya no estaba en sus manos.
Mientras Jasper socorría al otro conductor, Rosalie se arrodilló a mi lado y utilizó su poder para cerrar las heridas de la chica. Trabajaba rápido y en silencio, palpando delicadamente las costillas rotas, el pulmón perforado, la muñeca torcida, que se había partido tan fácilmente como una ramita. Cuando llegaron los enfermeros, la chica volvía a respirar con normalidad, aunque todavía no había recobrado el conocimiento. Noté que Rosalie había dejado sin curar varios cortes menores, seguramente para no levantar sospechas. Mientras los enfermeros depositaban a la chica en la camilla, sus amigas se nos acercaron histéricas.
— ¡Grace!— gritaba una de ellas- . ¡Oh, Dios mío! ¿Está bien?
— ¡Gracie! ¿Qué ha pasado? ¿Nos oyes?
—Está inconsciente — dijo Rosalie— , pero se pondrá bien.
Aunque las chicas seguían sollozando y se abrazaban unas a otras, me di cuenta de que Rosalie las había aplacado.
Tras ordenar a los alumnos que regresaran a clase, Rosalie me tomó del brazo y me llevó hacia la escalinata de la entrada, donde Jasper nos estaba esperando. Edward, que no había entrado en el colegio con los demás, vino corriendo al ver mi cara.
—Bells, ¿estás bien?— El viento le alborotaba el pelo cobrizo y la tensión se le notaba en las venas prominentes del cuello.
Quería contestarle, pero me faltaba el aliento y todo me daba vueltas. Noté que Jasper estaba deseoso de que nos dejaran solos.
— Será mejor que vuelvas a clase— le dijo a Edward, adoptando su tono profesoral.
— Esperaré a Bella— respondió Edward, mientras recorría con la vista mi pelo enmarañado y mi blusa manchada de sangre. Yo me sujetaba del brazo de mi hermana.
—Necesita un minuto para reponerse— dijo Jasper intentando controlar su tono de voz— Puedes venir más tarde a ver cómo está.
Edward se mantuvo firme.
—No pienso irme si Bella no me lo pide.
Me pregunté qué cara se le habría quedado a Jasper ante su réplica, pero al volverla cabeza para verlo, sentí como si el escalón fuese a ceder bajo mis pies. ¿O eran mis rodillas las que flaqueaban? Aparecieron manchas negras en mi campo visual y me apoyé en Rosalie con más fuerza.
Edward gritó mi nombre y dio un paso hacia mí (eso fue lo último que recordé después), mientras yo me desplomaba blandamente en los brazos de mi hermano.
.-o-.
Me desperté en el entorno familiar de mi habitación. Estaba acurrucada bajo la colcha y notaba que las puertas del balcón permanecían entornadas porque me llegaba una leve brisa con el olor a salitre del mar. Alcé un poco la cabeza y me concentré en algunos detalles relajantes, como la pintura medio descascarillada del alféizar de la ventana o las manchitas del entarimado tamizadas por la luz ámbar del atardecer. Mi almohada era blanda y olía a lavanda. Hundí otra vez la cabeza, reacia a moverme. Entonces vi la hora en el despertador... ¡las siete de la tarde! Llevaba horas durmiendo, me pesaban los miembros como si fueran de plomo. Me entró un acceso de pánico cuando noté que no podía mover las piernas... hasta que descubrí que Phantom estaba sentado encima.
Dio un bostezo y se estiró al ver que me había despertado. Acaricié su pelaje sedoso y él me miró con sus ojos incoloros y tristones.
—Vamos — murmuró— Todavía no es tu hora de ir a dormir.
Debí de incorporarme demasiado bruscamente porque sentí que se me venía encima una oleada de fatiga y poco me faltó para volver a caerme hacia atrás. Deslicé las piernas fuera de la cama y me levanté con un gran esfuerzo. No me fue fácil, pero logré echarme encima la bata y bajar tambaleante a la planta baja, donde sonaba de fondo el Ave María de Schubert. Me dejé caer en la silla más cercana. Rosalie y Jasper debían de estar en la cocina. Me llegaba un aroma de ajo y jengibre. En seguida vinieron a recibirme: Rosalie secándose las manos con un trapo y ambos sonriendo
— ¿Cómo te sientes?— Rosalie me acarició la cabeza con sus dedos esbeltos.
— Como si me hubiera atropellado un autobús— repuse con sinceridad— . No entiendo qué ha pasado. Me sentía perfectamente hasta ese momento.
—Tú sabes por qué te has desmayado, Isabella— dijo Jasper.
Lo miré sin entender.
— He estado comiendo bien, he seguido todos tus consejos.
— No tiene nada que ver con eso— me interrumpió mi hermano— Ha sido porque le has salvado la vida a esa chica.
— Esta clase de cosas pueden dejarte agotada— añadió Rosalie. Reprimí una carcajada.
—Pero, Rose, ¡si has sido tú quien le ha salvado la vida!
Jasper miró a nuestro hermana, como indicándola que me debía una explicación, y se alejó discretamente para poner la mesa.
—Yo sólo le he curado las heridas físicas— dijo Rosalie.
La miré estupefacta. Creí que estaba de broma.
— ¿Qué quieres decir con «sólo»? En eso consiste salvar a alguien. Si una persona recibe un disparo y tú le sacas la bala y le curas la herida, la has salvado
—No, Isabella, esa chica estaba a punto de morir. Si no le hubieras transmitido tu energía vital, habría sido inútil todo lo que yo hubiese hecho. No basta con cerrar las heridas para recuperar a alguien cuando ha llegado a ese punto. Tú le has hablado; ha sido tu voz la que la ha traído de vuelta, tu propia energía la que ha impedido que su alma abandonara el cuerpo.
No podía creer lo que me estaba diciendo. ¿Yo había salvado una vida humana? Ni siquiera era consciente de que poseía la capacidad para hacerlo. Creía que mis poderes en la Tierra no servían más que para serenar los ánimos o para ayudar a recuperar objetos perdidos. ¿Cómo era posible que hubiera encontrado en mí la fuerza necesaria para salvar a una chica al borde de la muerte? El poder sobre el océano, sobre el cielo y sobre la vida humana era el don específico de Jasper. Nunca se me habría pasado por la cabeza que mis poderes pudieran ser mayores delo que yo creía.
Jasper me miró desde el otro lado del salón con los ojos brillantes de orgullo.
— Enhorabuena— dijo— Es un gran paso para ti.
— Pero ¿cómo es que me encuentro tan mal ahora?— pregunté, otra vez consciente de que me dolía todo el cuerpo.
— El esfuerzo para revivir a alguien puede llegar a ser muy debilitante— me explicó Rosalie— , especialmente las primeras veces. Le provoca una conmoción a tu envoltura humana. Pero no siempre será así; te acostumbrarás y, al final, serás capaz de recuperarte mucho más deprisa.
— ¿Quieres decir que podré hacerlo otra vez?— pregunté — . ¿No ha sido un golpe de suerte?
—Si lo has hecho una vez es que puedes volver a hacerlo— dijo Jasper— Todos los ángeles poseen la capacidad, pero hay que desarrollarla con la práctica.
A pesar de mi cansancio, me sentía repentinamente animada y devoré la cena con apetito. Luego Jasper y Rosalie se negaron a que los ayudara a fregar. Rosalie me arrastró a la terraza y me obligó a tenderme en una hamaca.
— Has tenido un día agotador — me dijo.
— Pero no soporto convertirme en una inútil.
— Ya me ayudarás dentro de un rato. Tengo un montón de gorros y bufandas que tejer para el mercadillo de beneficencia.— Rosalie siempre encontraba tiempo para conectarse con la comunidad, aunque fuese mediante tareas modestas— A veces son las pequeñas cosas las que cuentan— añadió.
—Ya. Aunque la idea es donar a esos mercadillos tus ropas viejas, no hacer otras nuevas — dije para tomarle el pelo.
— Bueno, nosotras no llevamos tanto tiempo aquí y no tenemos nada viejo—respondió Rosalie— Alguna cosa he de darles. Me sentiría fatal, si no. Además, yo las hago en un santiamén.
Me tumbé en la hamaca y me envolví los hombros con una manta de angora, mientras intentaba procesar todo lo sucedido aquella tarde. Por un lado, ahora me parecía entender mejor el propósito de nuestra misión: tenía que evitar a toda costa que algo así le ocurriera a Edward, no podía dejar que tomara decisiones erroneas. Acababa de tener un ejemplo excelente de lo que debía hacer: proteger la santidad de la vida de Edward. Pero yo me había pasado todo mi tiempo absorta en un romance con la persona a la que debía poner mi atención, en vez de velar por ella y saber de sus decisiones y actos.. «Pobre Edward», pensé. Nunca llegaría a entenderme, por mucho que lo intentara. No era culpa suya. Él sólo podía saber hasta donde yo se lo permitiera. Y por mi parte, quise por un momento que no tuviéramos secretos. Pero, ¿qué debía hacer? ¿qué era lo correcto.
Al día siguiente del accidente, Edwatd tenía una competición durante la hora libre de la mañana, así que me pasé el rato escuchando hablar a Alice y Angela de una tienda de ropa de las afueras del pueblo. Al parecer, vendían etiquetas de marca falsificadas tan bien hechas que resultaba imposible adivinar que no eran auténticas. Me preguntaron si quería acompañarlas y yo estaba tan ensimismada que acepté sin pensármelo. Incluso cuando me invitaron a una fogata en la playa para aquel sábado por la noche, asentí maquinalmente sin fijarme siquiera en los detalles de la invitación.
Me alegré cuando llegó al fin la quinta hora; Edward y yo asistíamos juntos a la clase de francés. Me producía una sensación de alivio que compartiéramos la misma aula, a pesar de que no iba a ser capaz de concentrarme. Necesitaba desesperadamente hablar con él, aunque todavía no hubiera decidido qué iba a decirle. Sólo sabía que ya no podía esperar más. Lo tenía casi al alcance de la mano y había de contenerme para no tocarlo furtivamente. En parte porque quería asegurarme de que no era producto de mi imaginación, pero también porque veníamos a ser como dos imanes que se atraen mutuamente, y resistirse resultaba más doloroso que sucumbir. Los minutos avanzaban penosamente y parecía que el tiempo se hubiera ralentizado a propósito sólo para fastidiarme.
Edward percibió mi desazón y, cuando sonó el timbre, se quedó sentado mirando cómo desfilaban los demás. Mientras yo hacía comedia, recogiendo los lápices y los libros, él permaneció muy quieto, sin tamborilear siquiera con los dedos. Algunos curiosos nos echaron un vistazo, seguramente con la esperanza de pillar algún retazo de conversación susceptible de convertirse en un jugoso cotilleo.
—Te llamé anoche, pero nadie atendió— dijo, viendo que yo me debatía sin saber cómo empezar— Estaba preocupado por ti.
Jugueteé, nerviosa, con la cremallera del plumier, que parecía atascada. Se me debía de notar la incomodidad porque Edward se levantó y me puso las manos en los hombros.
— ¿Qué pasa, Bella?— Tenía una arruga entre las cejas que ya conocía bien y que aparecía siempre que estaba preocupado.
— El accidente de ayer me dejó extenuada— dije — Ahora ya estoy mejor.
—Estupendo. Pero tengo la impresión de que hay algo más.
A pesar del poco tiempo que hacía que nos conocíamos, Edward siempre se las arreglaba para descifrar mis humores; en cambio, sus propios ojos no delataban nada de lo que él pudiera sentir. No desvió la vista; su mirada esmeralda era como un láser perforándome.
— Mi vida es bastante complicada— empecé, indecisa.
— ¿Por qué no intentas explicármelo? A lo mejor te sorprendo.
—Esta situación— dije— , tú y yo saliendo juntos, está resultando más difícil de lo que había previsto.— Hice una pausa— . Es mejor de lo que me habría imaginado nunca, pero yo tengo otras responsabilidades, otros deberes que no puedo dejar de lado.- "como centrarme en tu protección" quise añadir
Me salió una voz estridente mientras una oleada de emoción me estallaba en el pecho. Me detuve y respiré hondo.
—Está bien, Bella—dijo Edward— . Ya sé que tienes un secreto.
Sentí un repentino escalofrío de temor y al mismo tiempo una sensación de alivio. Si Edward sabía que era una farsante y una mentirosa, quería decir que había fracasado estrepitosamente en nuestra misión. La regla número uno para los Agentes de la Luz era mantener nuestra identidad en secreto mientras nos esforzábamos en guiar las almas humanas: quedar al descubierto podía dar lugar fácilmente a situaciones caóticas. Pero por otra parte, aquello podía significar también que Edwardr había decidido aceptarme de todos modos y que la verdad no le había impulsado a alejarse de mí.
—¿Lo sabes?— susurré.
Él se encogió de hombros.
—Es obvio que ocultas algo. No sé lo que es, pero sí sé que te atormenta.
No respondí de inmediato. Yo deseaba más que nada contárselo todo, dejar que mis secretos y temores fluyeran como el vino derramado de una botella, manchándolo todo a su paso.
— Comprendo que por un motivo u otro no puedes o no quieres hablar de ello— continuó Edward— Pero no has de hacerlo. Yo puedo respetar tu intimidad.
—Eso no sería justo contigo.
Me sentía más desgarrada que nunca. La sola idea de separarme de él me provocaba un dolor en el pecho, como si se me partiera en dos el corazón.
— ¿No crees que eso debo decidirlo yo?
— No me lo pongas más difícil. ¡Estoy tratando de protegerte!
— ¿Protegerme? — Se echó a reír— . ¿De qué?
— De mí — dije en voz baja, dándome cuenta de lo ridículo que sonaba.
— A mí no me pareces demasiado peligrosa. A menos que te conviertas en un hombre lobo o un vampiro por las noches...
—No soy lo que parezco.
Me aparté de él, como si pretendiese ocultarme. Ahora me sentía débil y carente de energía. Me apoyé en la pared, sin atreverme a sostener su mirada.
— Nadie lo es. Escucha, ¿te crees que no me he dado cuenta de que hay algo diferente en ti? Me basta con mirarte.
— ¿A qué te refieres?— pregunté con curiosidad.
— No lo sé. Pero sí sé que eso es lo que me gusta de ti.
— Lo que estoy tratando de explicarte es que, aunque te guste, eso no me convierte en lo que tú deseas o necesitas.
— ¿Qué crees que necesito?
— Alguien con quien tener una relación sincera. ¿Qué sentido tendría, si no?
—¿Pretendes decirme que tú no puedes ser esa persona?— me preguntó con una expresión indescifrable. Su rostro parecía impasible, desprovisto de emoción. Después de todo lo que había tenido que pasar, supuse, no era el tipo de persona que lleva el corazón en la mano.
Sabía que él sólo pretendía ponerme las cosas más fáciles, pero la crudeza de su pregunta tuvo el efecto contrario. Ahora que la idea había salido a la luz, sonaba demasiado definitiva. Yo aún estaba debatiéndome para encontrar las palabras adecuadas y me inquietó que mi silencio pudiera ser interpretado como un signo de indiferencia.
—Está bien — prosiguió Edward— . Comprendo que no debe de ser fácil para ti y no quiero complicarte más las cosas. ¿Serviría de algo que me mantuviera alejado durante un tiempo?
¡Qué imprevisibles y contradictorias llegaban a ser las emociones humanas! Me había pasado los últimos minutos tratando de insinuar aquella misma idea, pero ahora descubrí que su pronta disposición a alejarse me dejaba destrozada, aunque lo hiciera por mi bien. En realidad, ni siquiera yo misma sabía qué reacción me había esperado, pero desde luego no era aquélla. ¿Pretendía ver cómo caía de rodillas y me declaraba mi amor eterno? Eso evidentemente no iba a hacerlo, pero yo no podía dejar que se fuera: no creía que fuese capaz de resistirlo.
—¿Así que eso es todo? — pregunté con voz estrangulada— . ¿No voy a verte más?
Edward parecía confuso.
— Un momento... ¿no es eso lo que quieres?
— ¿No se te ocurre nada más? — le solté— . ¿Ni siquiera vas a tratar de disuadirme?
—¿Pretendes que intente hacerte cambiar de opinión?
Ahora reapareció su sonrisa socarrona y cariñosa.
Hice una pausa para pensar. Sabía muy bien lo que debía responder. Un simple «no»pondría fin a todo y volvería a dejar las cosas como estaban antes de que nos hubiéramos besado en aquel prado. Pero no tenía fuerzas para decirlo. Habría sido una mentira.
— Quizás es eso lo que quiero que hagas— dije lentamente.
—A mí me da la impresión de que no sabes lo que quieres, Bells— murmuró Edward
Alzó la mano y me secó con el pulgar una lágrima que se deslizaba por mi mejilla.
— No quiero complicarte la vida— respondí, sorbiéndome la nariz, aunque me daba cuenta de lo irracional que debía de sonar — Eres tú el que dijo que preferías las cosas bien definidas.
—Me refería a las ideas, no a la gente. Y tal vez no me importaría un poquito de complicación — dijo— Las relaciones sinceras están sobrevaloradas.
Gemí de pura frustración.
— Tienes una respuesta para todo.
— ¿Qué puedo decir? Es un don.— Estrechó mi mano entre las suyas— Tengo una idea. ¿Qué tal si te doy algo que te ayude a tomar una decisión más fácilmente?
—De acuerdo — asentí — Si crees que va a ayudarme.
Antes de que entendiera lo que sucedía, Edward ya había tomado mi rostro en sus manos y me alzaba la barbilla hacia él. Sus labios rozaron los míos con la suavidad de una pluma, como ya había hecho en otras ocasiones. Podía sentir como nuestros labios se moldeaban en perfecta sincronización. Pero este beso era diferente a todos los que nos habíamos dado; este no era del todo suave y tímido, no, éste aún sintiendo la dulzura y suavidad con la que me trataba tenía una esencia de demanda y pasión. Sentí el impulso de llevar mis manos hasta su cabello, acercándolo hacia mí si era más posible.. Le devolví el beso con una urgencia apasionada y lo rodeé con mis brazos. Me fundí con él y dejé que nuestros cuerpos se juntaran.
—Bueno, bueno...— me susurró al oído, sin apartarse aún.
Permanecimos entrelazados hasta que Edward volvió a hablar:
—¿Y bien?- me preguntó de nuevo al oído, enviándome una descarga eléctrica por todo el cuerpo
Se retiró suavemente, pero con decisión. Me colocó un mechón suelto detrás de la oreja y me dedicó una de sus sonrisas torcidas de ensueño.
— ¿Qué?- Yo estaba completamente confusa
—¿Te ha ayudado a cambiar de opinión?
Por toda respuesta, hundí los dedos en su suave pelo cobrizo y lo atraje hacia mí.
—Creo que sí — respondí con indisimulado placer— Quiero que estemos juntos—le dije— No creo que nunca haya deseado tanto una cosa.
Edward me acarició la mano y entrelazamos nuestros dedos. Tenía su cara tan cerca que me tocaba la punta de la nariz con la suya. Se inclinó y me susurró al oído:
—Si me quieres... ya me tienes.
No pude dejar de suspirar agitadamente mientras él trazaba un camino de besos desde mi oreja a mi cuello. El aula entera y todo lo que nos rodeaba se disolvió como nieve al sol.
—Sólo una cosa— dije, apartándolo con cierta dificultad. Él me miraba con aquellos penetrantes ojos verdes y poco me faltó para que se me fuera el santo al cielo—. Esto no va a funcionar a menos que sepas la verdad.
Si Edward me importaba tanto como me decía mi corazón palpitante, entonces se merecía la verdad. Si luego resultaba que era demasiado para él y no podía asimilarla, eso tal vez significara que mis sentimientos no eran correspondidos y yo debería aceptarlo. En cualquier caso, había llegado el momento de acabar con la farsa. Edward tenía que conocer mi verdadero yo, no la versión idealizada que existiera en su cabeza. Dicho de otro modo, tenía que conocer la versión sin censurarlo, tal como decía la expresión humana, con pelos y señales.
— Soy todo oídos — me dijo con expectación.
— Ahora no. No va a ser nada fácil y necesito más tiempo del que tenemos ahora.
— Entonces, ¿dónde?— preguntó, desconcertado.
— ¿Irás este fin de semana a la fogata de la playa?— inquirí a toda prisa, porque ya empezaban a entrar los alumnos para la siguiente clase.
— Iba a preguntarte si querías que fuéramos juntos.
—De acuerdo— susurré— . Te lo contaré entonces.
Edward me dio un beso rápido y salió del aula. Yo me aferré al borde del pupitre más cercano. Me faltaba el aliento, como si acabara de correr una maratón


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Forever togheter

Forever togheter