14
Desafiando a la gravedad
A
lo largo de la semana, la fogata de la playa se perfiló como una sombra
amenazante en mi imaginación. Me aterrorizaba lo que había planeado,
pero también sentía una rara excitación. Ahora que había tomado la
decisión, era como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Después
de todo el tiempo que había pasado debatiéndome, me sentía
sorprendentemente segura de mí misma. Ensayaba una y otra vez para mis
adentros las palabras que utilizaría para decirle la verdad a Edward, y
hacía sutiles ajustes cada vez.Edward se comportaba ya del todo como si fuéramos pareja, cosa que me resultaba tierno y hacía que el corazón se me hinchara de felicidad. Eso nos colocaba a los dos en un mundo propio y exclusivo al que nadie más tenía acceso. Y significaba que nos tomábamos en serio nuestra relación y que creíamos que tenía futuro. No era un simple capricho del que acabaríamos cansándonos: estábamos contrayendo un compromiso el uno con el otro. Cada vez que lo pensaba, no podía impedir que se me pintase en la cara una gran sonrisa y nada me borraría la sonrisa de la cara. Ese era el efecto que él tenía en mí: una explosión de felicidad en mi pecho, que se esparcía por mi cuerpo con un hormigueo y me hacía estremecer de pies a cabeza.
Una vida con Edward parecía preñada de promesas. Pero él ¿seguiría deseándola cuando le revelase mi identidad?
El martes, a la hora del almuerzo, me senté con Jessica y las demás chicas en el césped, bajo un sol radiante de mediodía, cosa rara de ver en Forks. Desearía con toda mi alma estar con Edward, pero tenía entrenamiento; y Alice estaba en una de sus ya numerosas tutorías con Jasper. Por eso me encontraba con Jessica y su pandilla aunque bien parecía que me ignoraran.
Las ramas de los árboles empezaban a llenarse de brotes verdes y todo parecía volver a la vida. La mole imponente de Thomas Jefferson se alzaba a nuestra espalda, arrojando su sombra sobre un grupo de bancos dispuestos en círculo alrededor del anciano roble. La hiedra ascendía serpenteando en torno a su tronco en un abrazo amoroso. Nos estiramos todas sobre la hierba exuberante
Enseguida se entregaron a los cotilleos habituales sobre los profesores y las amigas ausentes.
— La señorita Lucas es una auténtica zorra — se quejó Megan— Me ha hecho repetir el trabajo sobre la Revolución rusa porque lo encuentra «desaliñado». ¿Qué pretende decir con eso?
—Pues que lo hiciste media hora antes de entregarlo— comentó Hayley— ¿Qué te esperabas?, ¿una matrícula de honor?
Megan se encogió de hombros.
— Yo creo que está celosa porque es tan peluda como el yeti.
— Deberías presentar una queja— dijo muy en serio Lauren, haciéndome rodar los ojos— Te está discriminando descaradamente.
—Estoy de acuerdo, la ha tomado contigo— empezó Jessica Y de pronto se quedó muda y con la mirada fija en una figura que cruzaba el césped a grandes zancadas.
Me volví para identificar el motivo de aquel trance repentino y vi a cierta distancia a Jasper, caminando hacia el centro de historia. Tenía cierto aire solitario con aquella mirada remota y las carpetas que siempre llevaba consigo. Hacía tiempo que había abandonado el protocolo del colegio en cuanto a indumentaria y esta vez llevaba sus téjanos rajados con una camiseta blanca y un chaleco a rayas. Nadie se había atrevido a recriminárselo. ¿Por qué iban a hacerlo? Jasper se había vuelto tan popular que se habría armado un gran jaleo entre los estudiantes si hubiera tenido que renunciar a su puesto. Advertí que Jasper parecía a sus anchas en aquel ambiente. Caminaba con desenvoltura, todos sus movimientos fluían con naturalidad y tenía una sonrisa intachable en el rostro. Y yo sabía el por qué de tanta felicidad: como era ya algo habitual, siempre que Jasper salía de la biblioteca tras estar con Alice sonreía embobado, en su propia burbuja de felicidad.
Parecía que venía en nuestra dirección, lo cual hizo que Jessica se incorporase de golpe y empezara a alisarse sus rizos enmarañados. Sin embargo, Jasper se desvió bruscamente en otra dirección. Perdido en sus propios pensamientos, ni siquiera nos había dedicado una mirada. Jessica se quedó cariacontecida. Pocos segundos después, Alice salió del mismo edificio por el que lo había hecho mi hermano. Al verme, me saludó con la mano, pero cuando iba a levantarme para ir a su encuentro ella me hizo una serie de gestos que significaban que se iba a clase.
—¿Qué podemos decir del señor Hale?— murmuró Lauren al divisarlo, decidida a continuar con su deporte favorito.
Yo llevaba tanto rato callada, absorta como estaba en mis fantasías (me veía abandonada en un islote perdido del Caribe esperando a que Edward viniera a mi encuentro) que parecían haberse olvidado de mi presencia; de lo contrario, no se habrían atrevido a hablar de Jasper delante de mí.
—Nada— dijo Jessica a la defensiva— Es una auténtica leyenda.
Casi veía girar los engranajes de su mente. Sabía que su fascinación por Jasper había ido en aumento en las últimas semanas, en buena parte por la actitud distante que él adoptaba. Me daba cuenta de que Jessica incurría en el error de suponer que mi hermano funcionaba como los demás jóvenes que ella conocía: tipos con las hormonas disparadas, incapaces de resistir los encantos femeninos si la chica en cuestión jugaba sus cartas con destreza. Pero Jessica, naturalmente, no tenía ni idea de quién era. En el Cielo lo conocían como el Ángel de la Justicia.
— Es un poquito rígido— dijo Clara.
— ¡Para nada!— le espetó Jessica— Ni siquiera lo conoces.
— ¿Y tú sí?
— Ojalá.
— Bueno, sigue suspirando.
— Es un profesor — intervino Megan— y tiene veintitantos.
— Los profesores tan jóvenes están justo en el límite— dijo Jessica con optimismo.
—Sí, pero justo por el lado contrario— replicó Lauren— Olvídate, Jessica. Él no juega en nuestra liga.
Jessica entornó los ojos como si le hubiesen lanzado un desafío.
—No sé—dijo— Yo prefiero pensar que juega en su propia liga.
—Pues a lo mejor Jessica tiene razón- le dio la razón Megan
—¿Y eso? ¿En qué te basas?- espetó Lauren
—Bueno, no sé vosotras pero yo he visto que últimamente el señor Hale pasa mucho tiempo con la chica de los Cullen
—¡Es verdad!- exclamó Clara- Yo ayer los vi juntos en la biblioteca; y no es la primera vez que quedan para dar clases
—¡Os lo estáis inventando!- gritó enfadada Jessica- ¡Jasper no está con la niñata esa!
En ese momento algo hizo click en mi cabeza y comprendí por dónde iban a tirar las cosas. Estas chicas eran especialistas en burlarse de la gente, y si no hacía nada podrían correr cualquier rumor sobre Alice
—Sí que se están viendo Jessica, cariño— Lauren la dio unas palmaditas en el hombro—, pero no te preocupes; esa zorra de Cullen y tu querido profesor no tienen nada. ¿Acaso te crees que alguien como él perdería el tiempo con esa idiota?
—Perdona, ¿pero por qué razón os metéis con Alice?- solté de repente, ya harta de tantas idioteces
—Mira por dónde, la amiguita de la enana sale en su ayuda—se mofó Megan
—No llames a Alice enana ni nada que se le asemeje, ¿me entiendes? — subí mi tono 3 décimas, alterada— Ninguna de vosotras tenéis el más mínimo derecho a opinar lo que haga o dejen de hacer mi hermano y mi amiga
—Mira Bellie, nosotras decimos los que nos apetece, ¿capito?; y si queremos hablar de la enana hablaremos— dijo de la nada Jessica, con un tono de voz que podría pasar por el de un mafioso
—Además, ¿qué haces tú aquí?- preguntó Lauren— Si tan amiga eres de la zorra esa ve con ella
—Encantada— me levanté del suelo rápidamente y les dirigí una mirada fija a todas—. Espero que alguien del equipo de fútbol os dé un buen balonazo y así las pocas neuronas que os quedan se mueran
Y con esto, y con la mirada bien alta, las dejé con la palabra en la boca; aunque no parecía haberles afectado mucho que digamos
—Bueno— exclamó Megan con más jovialidad de la cuenta— . Volviendo al baile de otoño...
Cuando Edward me dejó aquella tarde en casa, me encontré a Rosalie preparando pastelitos en la cocina. Tenía la nariz algo manchada de harina y un brillo muy especial en los ojos, seguro que a causa de haber estado con Emmett. Había ordenado pulcramente todos los ingredientes en una hilera de vasos medidores y ahora estaba empezando a distribuirlos formando dibujos de simetría perfecta. Ninguna mano humana habría sido capaz de semejante filigrana. Los pastelitos parecían obras de arte en miniatura más que un producto pensado para comer. Me ofreció uno en cuanto entré.
— Tienen un aspecto fantástico— le dije
— Muchas gracias— me sonrió ilusionada pero luego me miró pícaramente—¿Puedo hablar contigo de una cosa?
— Claro.
—Si te dijera qué Emmett me ha pedido que valla con él al baile de otoño ¿Tú crees que Jasper no le vería inconvenientes?
Levanté la vista asombrada.
—¿Emmett te ha pedido que vallas con él?
—Sí, ¿te parece apropiado?
—Yo, pues…, creo que sí. ¿Pero en serio qué quieres ir? — pregunté extrañada
—Claro que quiero ir, me parece una idea estupenda que se celebre un baile. ¿Tú no?
—Pues, la verdad, es que no— me miró algo asombrada
—Pero no puedes hacerle ese feo a Edward, seguro que os veríais guapísimos vestidos de gala— bufé
—No le puedo hacer ningún feo simplemente porque no me lo ha pedido
—¿Edward no te lo ha pedido? — preguntó dejando en la mesa la cuchara, acercándose hacia mi
—No, y doy gracias a que no haya salido el tema a colación. No quiero ir
—Pero si te lo pidiese, ¿le dirías que no?
La pregunta me tomó desprevenida
—¿Qué tiene que ver eso?
—Tú dices que no quieres ir pero estoy segura de que si Edward te lo pidiera, que lo hará, aceptarías enseguida con tal de hacerle feliz
—Pero es qué yo no sé bailar
—Bueno, seguro que a Edward no le importará en absoluto ese pequeño inconveniente— me sonrió levantando una ceja, retándome a reprocharle eso
—Pues…, vale, ¡tu ganas!; le diría que sí
—Lo sabía— mostró su perfecta dentadura—Entonces, ¿no le ves objeción?
—¿A qué?
—Pues a qué vallamos a preguntarle a Jasper; quien sabe, a lo mejor se lo ha pedido ya a Alice
— Ya, tal vez— sonreí cómplice
—Además, es una fiesta organizada por el colegio y sería una lástima perdérsela.
Rosalie parecía impaciente por oír el veredicto. Me arrastró afuera y fuimos a buscar a Jasper por la playa, a donde había ido a dar un paseo. La costa, por un lado, se extendía sinuosa mente hacia la playa principal, donde había surfistas cabalgando las olas y heladerías ambulantes aparcadas bajo las palmeras. Por el otro lado, si aguzabas la vista, divisabas un panorama mucho más salvaje, con los abruptos acantilados de la Costa de los Naufragios y un promontorio llamado el Peñasco. Era una zona conocida por sus peligrosos vientos, por su oleaje embravecido y sus violentas corrientes. Algunos submarinistas se aventuraban a veces a buscar restos de los numerosos navíos que se habían hundido a lo largo de los años por aquella zona, pero normalmente no se veían más que gaviotas flotando tranquilamente en el agua.
Divisamos a nuestro hermano sentado sobre una roca, contemplando el mar. Con el reflejo del sol en su camiseta blanca, parecía rodeado de un aura de luz. Estaba demasiado lejos y no le veía la cara, pero me imaginé que tendría una expresión de profunda añoranza. A veces había en Jasper una tristeza inefable que él procuraba ocultar. Yo creía que se debía a la carga de conocimientos que no podía compartir con nadie. Él sabía mucho más que Rosalie, y no debía de ser fácil cargar solo con todo eso. Conocía todos los horrores del pasado y yo intuía que podía ver también las tragedias que aún habían de producirse. No era de extrañar que fuera pesimista. Los jóvenes lo adoraban, pero los adultos reaccionaban invariablemente como si los estuviera juzgando.
Jasper se sintió observado y se volvió hacia nosotras. Di un paso atrás, porque tuve la impresión de que nos estábamos entrometiendo en su soledad, pero él cambió de expresión en cuanto nos vio e hizo señas para que nos acercáramos. Cuando llegamos a su lado, nos ayudó a subir por las rocas y nos quedamos allí sentados un rato. Yo pensé que no lo había visto tan relajado en mucho tiempo.
— ¿Por qué tengo la sensación de que se avecina una encerrona?— murmuró Jasper
—Por favor, ¿podemos ir al baile de otoño?— le dijimos sin más.
Jasper sacudió la cabeza, divertido.
— No sabía que queríais asistir. No creía que os interesara.
— Es que va todo el mundo—le dije— Es de lo único que habla Alice desde hace meses. Se llevaría una decepción si yo no fuera. Para ella es muy importante.— Le di unos golpecitos en el brazo, esperanzada que el nombramiento de Alice le suavizara— No me digas que piensas perdértelo.
— Me encantaría, pero me han pedido que ayude a vigilar— me respondió, nada ilusionado ante semejante perspectiva — No sé cómo se les ocurren estas ideas. A mí todo el montaje me parece una pérdida de tiempo y de dinero.
— Forma parte de la vida del colegio— dijo Rosaloe
— Pero no habrá que vestirse de gala, ¿no?— preguntó Jasper
—¡Para nada!— dijo Rosalie, escandalizada— Bueno, quizás un poquito.
Él dio un suspiro.
— Bueno, supongo que es sólo una noche.
— Y tú estarás allí para controlar— añadí.
—Rosalie, esperaba que tú me acompañaras— dijo Jasper
—Pues…—se notaba la incomodidad en las facciones de Rosalie— Justamente esta mañana Emmett me ha pedido que lo acompañara a él—hizo una pausa— Lo siento
—No pasa nada—dijo como si nada
—Podrías invitar a Alice. Sé que le haría muchísima ilusión ir contigo—le intenté vender la propuesta. Alice había estado estresada todos estos días por la simple razón de que Jaspe no le hacía la petición
—¿Tú crees? — preguntó asombrado
—¡Por supuesto!
.º.º.º.
La
atmósfera estaba templada y poco nublada el sábado por la noche: el
tiempo ideal para una fogata en la playa. El cielo tenía un matiz
aterciopelado y soplaba del sur una brisa que mecía los árboles, como si
se hicieran reverencias unos a otros. Yo debería haberme sentido al
borde de la histeria, pero en mí interior todo me parecía perfectamente
lógico. Estaba a punto de unir nuestros mundos, por contradictorios que
fueran, y de cimentar así mi relación con Edward.Elegí cuidadosamente lo que iba a ponerme aquella noche y acabé decidiéndome por mi única falda, larga y de color caqui, pero aun así informal. Me vestí con la blusa de color azul oscuro de la que Edward había hablado favorablemente en una ocasión. Un rápido vistazo en el espejo me convenció de que mi pelo era una causa perdida, por lo que me lo recogí en una coleta. Cuando bajé, Jasper y Rosalie estaban en el salón; Jasper leyendo las letras minúsculas de un texto religioso con ayuda de una lupa: una estampa tan incongruente, dado su físico juvenil, que tuve que reprimir una risita. Rosalie, por su parte, trataba en vano de adiestrar a Phantom dándole algunas órdenes básicas.
—Siéntate, Phantom— le decía, con esa voz empalagosa que la gente suele reservar para los bebés— Hazlo por mami.
Yo estaba segura de que Phantom no obedecería mientras utilizase aquel tono con él. Era un perro muy inteligente y no le gustaba que lo tratasen como si fuera tonto. Me imaginaba que su expresión sólo podía ser de desdén.
—No llegues demasiado tarde— me advirtió Jasper.
Él sabía que me iba a dar una vuelta por la playa con Alice y alguna amiga suya, y también que entre ellos estaría Edward
Confiaban en mí lo suficiente como para no hacer demasiadas preguntas, y yo me odiaba a mí misma al pensar que iba a traicionarlos. Pero ya no había marcha atrás: quería hacer partícipe a Edward de mi mundo secreto, deseaba con locura llegar a ese grado de intimidad. Junto a esa determinación, no dejaba de haber en mí un miedo persistente a que esa transgresión me acarreara un severo castigo. Pero yo procuraba alejar de mi mente la preocupación y la llenaba con la imagen de Edward. A partir de aquella noche, nos enfrentaríamos juntos a todo.
No pensaba quedarme hasta muy tarde: sólo el tiempo suficiente para contarle mi secreto a Edward y enfrentarme con su reacción, fuera cual fuese. Había revisado una y otra vez todas las posibilidades y las había acabado reduciendo a tres. Podía quedarse cautivado, consternado o aterrorizado. ¿Me tomaría por una pieza de museo? ¿Llegaría a creer la verdad cuando por fin me armase de valor para decirla, o pensaría que era una broma de mal gusto? Estaba a punto de descubrirlo.
— Isabella ya sabe cuidarse de sí misma— dijo Rosalie— ¡Siéntate, Phantom! ¡Siéntate!
— No es Isabella, sino el resto del mundo lo que me preocupa— dijo Jasper— Ya hemos visto algunas de las estupideces más corrientes. Vete con cuidado y mantente ojo avizor.
— ¡A sus órdenes!— dije, haciéndole un saludo militar y pasando por alto las punzadas de culpabilidad que sentía en el pecho. Aquello no me lo iba a perdonar Jasper así como así.
— ¡Siéntate, Phantom!— decía Rosalie con su tonillo arrullador— ¡Sobre el trasero!
— ¡Ay, por Dios!— Jasper dejó el libro y apuntó a Phantom con un dedo— Siéntate—le ordenó con voz grave.
Phantom lo miró tímidamente y se tendió en el suelo. Rosalie frunció el ceño, decepcionada.
—¡Yo llevaba todo el día intentándolo! ¿Por qué será que sólo hacen caso de la autoridad masculina?
Descendí con ligereza los estrechos escalones y empecé a recorrer el sendero lleno de maleza que iba a la playa. A veces se distinguían en la arena huellas de serpiente, o se cruzaba una lagartija a toda velocidad. Las ramitas se quebraban bajo mis pies con un chasquido. La arboleda era tan densa en algunos puntos que formaba un espeso dosel por el que sólo se colaba alguna que otra esquirla del sol del atardecer. Una orquesta de cigarras ahogaba los demás sonidos, salvo el rugido del océano. Si me perdía, siempre podría orientarme siguiendo el rumor de su oleaje.
Llegué a la playa de arena blanca y sedosa, que crujía bajo mis pies. Habían decidido montar la fogata cerca de los acantilados porque sabían que la zona estaría desierta. Me encaminé hacia allí pensando que aquel paisaje parecía mucho más escabroso de noche. No había más que un pescador solitario plantado en la orilla. Lo observé mientras recogía el sedal para examinar su captura; enseguida volvió a arrojar al agua el cuerpo palpitante del pez. Advertí que el océano cambiaba de color con la distancia: era azul oscuro en lo más profundo, allí donde se juntaba con el horizonte; casi aguamarina en medio; y de un verde claro y vidrioso entre el oleaje que lamía la orilla. Vi un promontorio que se destacaba a lo lejos y un faro blanco encaramado en lo alto. Desde donde yo estaba, parecía del tamaño de un dedal.
Para entonces ya empezaba a oscurecer. Oí ruido de voces y luego distinguí a varias figuras que iban apilando apuntes, exámenes, hojas de ejercicios y otros materiales inflamables en un gran montón para encender la fogata. No había música atronando ni una masa apretada de cuerpos, como en la fiesta de Jessica. Aún eran pocos los presentes y se limitaban a tumbarse en la arena, echando tragos de cerveza y pasándose cigarrillos a mano. Jessica y sus amigas todavía no habían llegado para mi suerte. Pude ver a Alice hablando con Angela animadamente.
Edward estaba sentado en un tronco caído y medio enterrado en la arena. Llevaba téjanos, una holgada sudadera azul claro y la cruz de plata colgada al cuello. Tenía una botella a medias en la mano y se reía a carcajadas de la imitación que estaba haciendo uno de los chicos. La luz de las llamas bailaba en su rostro, dándole un aspecto más cautivador que nunca.
— Eh, Bells— dijo alguien, y los demás me saludaron con la mano o con un gesto de cabeza. ¿Había dejado la gente por fin de considerarnos material de «interés informativo»?, ¿habían aceptado ya que íbamos los dos en el mismo paquete? Sonreí a todos tímidamente y me deslicé enseguida junto a Edward, donde me sentía segura.
— Tienes un olor increíble, como a fresas— me dijo y se inclinó para besarme en lo alto de la cabeza. Algunos de sus amigos silbaron, le dieron codazos o pusieron los ojos en blanco.
— Venga.—Me ayudó a levantarme— Vamos.
— ¿Ya os marcháis?— se mofó uno de sus amigos.
—Sólo vamos a dar un paseo— dijo Edward con buen talante— Si no tienes inconveniente.
Oímos algunos silbidos a nuestra espalda mientras nos alejábamos del grupo y del calor de la fogata recién encendida. Procedían del círculo de los amigos de Edward y sabía que no pretendían ofender. Sus voces se amortiguaron enseguida para convertirse en un zumbido lejano.
— No puedo quedarme hasta muy tarde, Edward
—Ya me lo figuraba.
Me puso un brazo sobre los hombros despreocupadamente, mientras recorríamos la playa en silencio hacia los acantilados, convertidos ya en negras siluetas dentadas que se recortaban contra el cielo nocturno. La cálida presión del brazo de Edward hacía que me sintiera protegida. Sabía que la fría sensación de inseguridad regresaría en cuanto me separase de él.
Cuando me hice un corte en el pie con el filo de una concha, Edward se empeñó en llevarme en brazos. En la oscuridad, por suerte, él no podía ver cómo se me curaba el corte por sí mismo. Aunque el dolor ya se había mitigado, seguí aferrada a él, decidida a disfrutar de la situación. Relajé todo mi cuerpo, dejando que se fundiera con el suyo. En mi entusiasmo por pegarme todo lo posible a él, le metí sin querer un dedo en el ojo. Me sentí tan torpe como una colegiala, justamente cuando debería haberme comportado con la grácil levedad de un ángel. Me disculpé una y otra vez.
—No pasa nada, aún me queda otro— bromeó, mientras le lloraba el ojo a causa del golpe. Él parpadeaba y lo guiñaba para librarse de las lágrimas.
Volvió a depositarme en el suelo cuando llegamos a una ensenada arenosa sumida bajo la sombra del acantilado. Las rocas dentadas formaban un arco natural, como la entrada a otro mundo, y la luz de la luna le daba a la arena un tono azul nacarado. Una empinada serie de escalones conducía hasta lo alto, desde donde se disfrutaba de la mejor vista del faro. En el agua, junto a la orilla, sobresalían a la superficie formaciones rocosas dispersas como monolitos. Casi nadie solía aventurar se por allí, salvo algún grupo ocasional de turistas. La mayoría prefería quedarse en la playa principal, donde tenían a mano los cafés y las tiendas de regalos. Aquel sitio estaba totalmente apartado: no había nada ni nadie a la vista. El único sonido era el de los embates del mar: como un centenar de voces hablando una lengua misteriosa.
Edward se sentó y apoyó la espalda contra la fría roca. Yo me quedé rondando a su lado, sin querer aplazar más lo inevitable pero sin saber cómo empezar. Ambos sabíamos a qué habíamos venido: yo quería desahogarme y contarle al fin mi secreto. Me imaginaba que Edward había estaba aguardando aquel momento tanto como yo, pero no sabía lo que se le venía encima.
Ahora se quedó en silencio, esperando mis palabras, pero yo tenía la boca completamente seca. Se suponía que era mi gran momento. Había planeado revelarle mi identidad aquella noche. Durante toda la semana me había parecido que el tiempo transcurría lentamente, que las horas desfilaban a paso de tortuga. Pero ahora que había llegado al fin el momento, era como si quisiera ganar un poco más de tiempo. Me sentía como una actriz que olvida bruscamente su texto, aunque durante los ensayos previos le saliera a la perfección. Sabía lo que debía decirle básicamente, pero no recordaba cómo hacerlo, ni con qué gestos acompañarlo ni en qué orden iba a explicárselo. Deambulé de aquí para allá por la orilla, retorciéndome las manos, mientras me preguntaba cómo empezar. A pesar de que hacía una noche templada, sentía escalofríos, y mi vacilación estaba empezando a impacientar a Edward
— Sea lo que sea, Bells, dímelo de una vez. Podré resistirlo. — me dedicó una sonrisa torcida que me hizo relajarme un poco
—Gracias, pero la cosa es un poquito más complicada.
Me había imaginado la escena más de un centenar de veces, pero ahora no me salían las palabras.
Edward se levantó y me puso las manos en los hombros para tranquilizarme.
— Escucha. No importa lo que estés a punto de contarme, eso no va a cambiar lo que siento por ti. Es imposible.
— ¿Por qué imposible?
— No sé si te has dado cuenta, pero estoy loco por ti.
— ¿De veras?— dije, complacida por aquella súbita distracción.
— ¿No lo habías notado? Mal asunto. Tendré que ser más demostrativo de ahora en adelante.
— Eso será si todavía deseas que sigamos juntos después de esta noche.
— Cuando me conozcas mejor, descubrirás que no soy de los que salen corriendo. Me cuesta mucho tiempo tomar una decisión sobre la gente, pero, una vez que la he tomado, me mantengo firme a su lado.
— ¿Incluso si te has equivocado?
— No creo que me equivoque contigo.
—¿Cómo puedes decir eso cuando no sabes lo que voy a contarte?— murmuré.
Edward abrió los brazos, dispuesto a recibir el golpe.
— Deja que te lo demuestre.
— No puedo — negué con voz entrecortada— Tengo miedo. ¿Y si no quieres volver a verme nunca más?
—Eso no va a suceder, Bells— dijo, ahora con tono más dulce, si cabe. Bajó la voz y añadió con toda seriedad— : Ya sé que es un trago difícil, pero vas a tener que confiar en mí
Lo miré a los ojos, que relucían como dos prados verdosos y comprendí que tenía razón. Confiaba en él.
—Primero dime una cosa— murmuré— ¿Qué es lo más espeluznante que te ha pasado en tu vida?
Edward reflexionó unos instantes.
—Bueno, mirar desde lo alto de un descenso en rápel de treinta metros fue bastante espeluznante. Y una vez, en un viaje con el equipo de waterpolo infantil, incumplí una de las normas y el entrenador Benson me agarró por su cuenta. Es un tipo bastante intimidante cuando quiere y me hizo pedazos. No me dejó participar al día siguiente en el partido contra Creswell.
Por primera vez me dejó impresionada su inocencia humana; si aquélla era su definición de una experiencia terrorífica, ¿qué posibilidades tenía de sobrevivir antela bomba que yo estaba a punto de soltar?
— ¿Y ya está?— pregunté, aunque me salió un tono más brusco de lo que pretendía—¿Eso ha sido lo más espeluznan te de todo? Me miró a los ojos.
— Bueno, supongo que podrías incluir aquella noche también, cuando me llamaron para decirme que había habido un incendio en casa de mi novia. Aunque de eso preferiría no hablar...
— Lo siento.— Miré al suelo. No entendía cómo había sido tan estúpida para olvidarme de Tanya. Edward conocía una pérdida, una tristeza y un dolor que yo no había experimentado.
— No lo sientas.— Me cogió la mano, entrelazando nuestros dedos— Sólo escucha: vi a la familia después. Estaban todos en la calle y yo por un momento pensé que no había pasado nada. Esperaba verla entre ellos. Me acerqué dispuesto a consolarla. Pero entonces vi la cara de su madre. Una cara... bueno, como si ya no tuviera motivo para seguir viviendo. Entonces lo supe. No sólo había desaparecido su casa: Tanya también se había ido.
— ¡Qué espanto!— susurré, mientras notaba que se me llenaban los ojos de lágrimas. Edward me las secó con el pulgar.
—No te lo cuento para afligirte— me dijo— Te lo cuento para que sepas que no puedes asustarme. Puedes decirme lo que sea. No saldré corriendo.
Así pues, inspiré hondo y empecé la confesión que habría de cambiar nuestras vidas para siempre.
—Quiero que sepas que si todavía me quieres después de esta noche... en fin, que nada podría hacerme más feliz.— Edward sonrió y alargó una mano para acariciarme, pero yo lo detuve— Déjame terminar primero. Voy a procurar explicártelo de la mejor manera posible.
Él asintió, cruzando los brazos, y me prestó toda su atención. Durante una fracción de segundo, lo vi como si fuera un colegial sentado en primera fila: un chico ansioso por complacer, expectante ante las instrucciones del profesor.
—Sé que te parecerá una locura — le dije — , pero quiero que me mires caminar.
Parpadeó con cierta perplejidad, pero no discutió.
— Está bien.
—Pero no me mires a mí; mira la arena.
Sin apartar la vista de su rostro, describí lentamente un círculo alrededor de él.
— ¿Qué has notado?— pregunté.
—Que no dejas huellas— respondió Edward, como si fuera la cosa más evidente del mundo— Un truco muy bueno. Seguramente te haría falta comer un poco más, ya lo había comentado Alice.
Por ahora, todo bien. No era fácil desconcertarle. Sonreí con tristeza, me senté a su lado y giré el pie para que pudiera ver la planta. La piel, suave y de color melocotón, se veía intacta.
— Antes me he cortado...
—Pero no hay ningún corte— dijo Edward, arrugando la frente— ¿Cómo puede...?
Antes de que pudiera terminar, le tomé la mano y me la puse en el estómago.
— ¿Notas la diferencia?— pregunté
Sus dedos recorrieron delicadamente mi vientre. Se detuvo al llegar justo al centro y presionó un poco, buscando con el pulgar la hendidura del ombligo.
— No vas a encontrarlo— dije, antes de que pronunciase palabra— No tengo.
— ¿Qué te pasó?— preguntó Edward. Debía figurarse que había sufrido algún accidente y que era sólo una secuela.
—No me pasó nada. Es lo que soy.
Casi percibía su esfuerzo mental para tratar de encajar todas las piezas.
— ¿Quién eres?— Fue apenas un susurro.
—Estoy a punto de mostrártelo. ¿Te importaría cerrar los ojos? No los abras hasta que yo te lo diga
Cuando comprobé que los tenía del todo cerrados, me apresuré a subir de tres en tres los empinados escalones del acantilado. Una vez arriba, avancé de puntillas y me situé en el borde, justo por encima de donde estaba Edward. El suelo de roca era áspero e irregular, pero conseguí mantener el equilibrio. Aunque estaba a unos diez metros, la altura no me intimidó. Sólo confiaba en ser capaz de llevar a cabo mi plan. El corazón me palpitaba, casi me daba brincos en el pecho. Oía dos voces a la vez en mi cabeza. «¿Qué estás haciendo?», gritaba una. «¿Te has vuelto loca? ¡Baja corriendo, vuelve a casa! ¡Todavía no es demasiado tarde!» La otra voz tenía otras ideas. «Ya has llegado hasta aquí — decía— No puedes echarte atrás ahora. Tú sabes bien cuánto le quieres. Nunca podrás estar con él si no lo haces. Muy bien, sí, pórtate como una cobarde y márchate. Deja que siga con su vida y que se olvide de ti. Espero que disfrutes de tu eterna soledad.»
Me tapé la boca con la mano para no gritar de pura frustración. No tenía sentido darle más vueltas. Ya había tomado mi decisión.
—¡Ya puedes abrir los ojos!— le grité a Edward.
Primero miró alrededor sorprendido y sólo después levantó la vista. Agité la mano cuando me vio.
— ¿Qué haces ahí arriba?— Detecté el pánico en su voz— Esto no tiene ninguna gracia, Bella. Baja ahora mismo antes de que te hagas daño.
—No te preocupes. Ya bajo— le dije— A mi manera.
Di un paso más y me balanceé al borde del acantilado, depositando todo mi peso en el pulpejo de los pies. La roca me arañaba la piel, pero yo apenas lo notaba. Era como si ya estuviera volando. Me invadía el deseo imperioso de sentir de nuevo el viento alborotándome el pelo.
—¡Basta ya, Bella! ¡No te muevas, voy a buscarte!— oí que gritaba Edward, pero yo ya no le escuchaba.
Mientras el viento me agitaba las ropas, extendí los brazos y me dejé caer desde lo alto del acantilado. Si hubiera sido humana, habría sentido que se me subía el estómago a la boca; yo, en cambio, noté que mi corazón se aligeraba y que todo mi cuerpo hormigueaba de pura embriaguez. Caí en picado hacia el suelo, disfrutando de la presión del viento en mis mejillas. Edward dio un grito y corrió a atraparme, pero sus esfuerzos eran inútiles. Esta vez no necesitaba que me salvaran. A medio camino, bajé los brazos y dejé que se produjera la transformación. Una luz cegadora surgió del interior de mi cuerpo, brotando de cada poro y haciendo que me resplandeciera la piel como un metal candente. Vi que Edward retrocedía, protegiéndose los ojos con una mano. Noté que mis alas se liberaban de detrás de mis omoplatos y explotaban bruscamente, haciendo trizas la fina tela de la blusa. Completamente desplegadas, arrojaban sobre la arena una larga sombra, como si yo fuera un pájaro majestuoso.
Edward se había agazapado y advertí que la luz palpitante lo deslumbraba. Yo me sentía expuesta y desnuda mientras planeaba allá arriba y batía las alas para sostenerme en el aire. Pero también experimentaba una extraña euforia. Sentía con placer cómo se extendían los tendones de mis alas, muy necesitados de ejercicio; últimamente pasaban demasiado tiempo agarrotados bajo las ropas. Contuve la tentación de volar más alto y de zambullirme entre las nubes. Me limité a planear unos instantes y luego descendí de golpe y me posé suavemente en la arena. La incandescencia que me rodeaba empezó a extinguirse en cuanto mis pies tocaron suelo firme.
Edward se frotaba los ojos y parpadeaba, tratando de recuperar la visión. Finalmente, me vio. Dio un paso atrás, estupefacto, con los brazos caídos y flácidos, como si no supiera bien qué hacer con ellos. Yo permanecí frente él, todavía con la piel encendida. Los restos de mi camisa me colgaban como tentáculos. Un par de alas prominentes se arqueaban a mi espalda, ligeras como plumas, pero con un aspecto poderoso. Tenía el pelo echado hacia atrás y sabía que el cerco de luz en torno a mi cabeza debía brillar como nunca.
— ¡Joder, la Virgen!— soltó Edward
—¿Te importaría no blasfemar?— le dije educadamente. Él me miró, sin saber qué decir — Lo sé — añadí, suspirando — Ésta no te la esperabas.—Señalé la playa con un gesto— Ahora puedes irte, si quieres.
Edward permaneció inmóvil un instante, mirándome con unos ojos como platos. Luego me rodeó lentamente y noté que me rozaba las alas delicadamente con los dedos. Aunque no lo pareciera, eran delgadas como pergamino y apenas pesaban. Noté por su expresión que se había quedado maravillado ante aquellas plumas blancas tan frágiles y ante las finísimas membranas que se vislumbraban a través dela piel translúcida.
—Uau—dijo, pasmado— Es tan...
—¿Monstruoso?
— Increíble — dijo— Pero ¿quién eres entonces? No puedes ser...
—¿Un ángel? — respondí — Premio.
Edward se frotó la nariz, mientras trataba de encontrarle sentido a todo aquello.
— No puede ser real — dijo al fin— No lo entiendo.
— Claro que no — susurré— Mi mundo y el tuyo están a años luz.
— ¿Tu mundo?— preguntó, incrédulo — Esto es demencial.
— ¿El qué?
— Estas cosas son pura fantasía. ¡No suceden en la vida real!
— Es real. Yo soy real.
—Ya — contestó— Lo más espeluznante es que te creo. Perdona, necesito un minuto...
Se desplomó en la arena con la cara contraída, como quien trata de resolver un enigma indescifrable. Intenté figurarme lo que sucedía en su cabeza. Debía de ser un caos total. Tendría millones de preguntas.
— ¿Estás enfadado?— pregunté.
— ¿Enfadado? — repitió— ¿Por qué habría de estarlo?
— Por no habértelo dicho antes.
— Estoy intentando entenderlo.
—Ya entiendo que no debe de ser fácil. Tómatelo con calma.
Permaneció en silencio un buen rato. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Debía de estar produciéndose una gran lucha en su interior. Se incorporó y pasó una mano lentamente alrededor de mi cabeza. Yo sabía que sus dedos detectarían el calor que emitía mi halo.
— Vale, o sea que los ángeles existen— admitió al fin, hablando despacio, como si se estuviera convenciendo a sí mismo— Pero ¿qué haces aquí, en la Tierra?
— Ahora mismo somos miles los que estamos distribuidos bajo apariencia humana por todo el planeta— respondí — Formamos parte de una misión.
— ¿Con qué objetivo?
—Es difícil de explicar pero te haré una pregunta: normalmente, en las películas de Hollywood y todas esas historias que los humanos creáis, ¿los ángeles que suelen ser?
—Normalmente son… — se quedó pensativo unos segundos, pensando bien su respuesta— Lo único que se me ocurre es que son ángeles guardianes pero…
—Bingo—le corté
Los ojos de Edward se abrieron como platos
—¿Me están intentando decir qué eres una ángel guardián?
—Algo así—sonreí a medias, lo máximo que la situación permitía
—Pero entonces… ¿de quién eres ángel?
—Creo que eso está claro—le miré directamente a los ojos; estos se movían rápidamente, analizando lo que acababa de decir
Una sonrisa socarrona y cariñosa apareció en su rostro
—Quieres decir que tú eres mi ángel guardián—asentí con la cabeza, esperando que se desplomara o algo parecido
De repente vi como Edward pasaba de la incredulidad a estar riéndose a carcajadas. Le miré algo asustada, temiendo que sufriera de bipolaridad.
—¿Qué te resulta tan gracioso? —pregunté algo extrañada
Edward al ver que yo no comprendía a que venía su cambio de humor intentó aplacar su risa, sin conseguirlo del todo
—Es solo…, es solo que me resulta cómico que tu seas la que se encargue de mi protección
—¿Por qué?
—Bueno, no sé si te has fijado pero aquí el que salva al otro todo el tiempo soy yo—comentó intentando no seguir riéndose
—¡Eso no es cierto! —repuse, avergonzada—¡No me estas salvando todo el rato!
—Bells, acaso no recuerdas que hace un rato te has cortado el pie y he sido yo el que te ha llevado en hombros
—¡De acuerdo! —acabé riéndome yo también—, pero no dirás que soy una mala influencia ¿no?; desde que estas conmigo no te has metido en ningún lio
—En eso tienes razón pero…¡Todo esto es una locura! ¿Quién se supone que te ha enviado a esta misión?
—Creía que eso resultaría obvio.
Edward me miró incrédulo.
—No querrás decir...
—Sí.
Me miró consternado, como si un huracán lo hubiese lanzado por los aires y hubiera vuelto a arrojarlo al suelo. Se pasó la mano por su pelo cobrizo, cogiendo aire profundamente
— ¿Me estás diciendo... que Dios existe de verdad?
—No estoy autorizada a hablar de ello— contesté, pensando que sería mejor que la conversación no fuera más lejos— Hay cosas que quedan más allá de la comprensión humana. Me vería en un aprieto si intentara explicártelo. Ni siquiera deberíamos pronunciar su nombre.
Edward asintió.
— Pero ¿hay vida después de la muerte?— dijo— ¿Un Cielo?
— Sin duda.
—Entonces...— Se frotó la barbilla, pensativo— Si existe el Cielo, es lógico pensar... que también debe de haber...
Completé su pensamiento.
—Sí, también. Pero, por favor, basta de preguntas por ahora.
Edward se masajeó las sienes, como buscando la mejor manera de procesar toda aquella información.
—Perdona—le dije— Comprendo que debe de ser abrumador.
Él me tranquilizó con un gesto, mientras seguía tratando de hacerse una idea coherente.
— A ver si me aclaro. Los ángeles estáis metidos en una misión para ayudar a la humanidad…y yo te he sido asignado
— En realidad, Jasper es un arcángel— lo corregí — Pero, por lo demás, sí.
—Ah, vale. Así se explica que sea tan poco impresionable— dijo Edward con ligereza. —Pero entonces… ¿Y Rosalie y Jasper?
Me reí levemente. Me resultaba raro que no me lo hubiera preguntado antes
—Bueno, ellos también han sido enviados por las mismas razones que yo, solo que con fines distintos
—¿A qué te refieres? — no me estaba explicando del todo bien
—Bueno, yo estoy encargada de ti, solo de ti Edward—él me sonrió cariñosamente—;en cambio Rosalie es la guardiana de Emmett y Jasper de Alice
Edward abrió los ojos desmesuradamente
—¿Lo dices en serio? ¿Todos estáis a cargo nuestro? ¿Y mis padres?
—Demasiadas preguntas— me reí— Haber, en un principio Jasper y Rosalie también estaban al cargo de tus padres pero recibimos un mensaje comunicando que no hacía falta que ellos tuvieran ángeles de cerca; solamente la gente problemática o aún joven necesitan tener a su ángel en La Tierra con él
—Entiendo…—dijo pensativo
— Eres la única persona que lo sabe— le advertí — No puedes decirle una palabra a nadie, ni mucho menos a tus hermanos.
— ¿A quién voy a contárselo? — exclamó— ¿Y quién va a creerme, además?
— Bien observado.
Se echó a reír de improviso.
— Mi novia es un ángel— dijo, y luego lo repitió en voz más alta, cambiando el énfasis, probando a ver qué tal sonaba — Mi novia es un ángel.
—Baja la voz, Edward— le advertí.
Sonaba tan extravagante y tan sencillo a la vez que no pude reprimir una risita. Cualquier otra persona habría entendido al oírle que no era más que un adolescente enamorado manifestando su rendida admiración. Sólo nosotros dos lo entendíamos de otra manera. Ahora compartíamos un secreto, un peligroso secreto que nos acercaba más que nunca. Era como si hubiéramos sellado un vínculo, cerrando la brecha entre ambos y volviéndolo definitivo.
—Me preocupaba muchísimo que no quisieras saber nada de en cuanto lo descubrieras.
Suspiré con una gran sensación de alivio.
— ¿Bromeas?— Alargó la mano y enrolló en su dedo un mechón de mi pelo— Debo de ser el tipo más afortunado del mundo.
— ¿Cómo es eso?
—¿No te parece obvio? Tengo aquí mismo mi pequeña parcela del Cielo.
Me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia sí. Yo restregué la nariz contra su pecho, aspirando su masculina fragancia.
— ¿Me prometes no hacer demasiadas preguntas?
—Sólo respóndeme ésta— replicó— Supongo que esto hace que lo nuestro sean un gran...—Completó la frase meneando el dedo y chasqueando la lengua con seriedad.
Me alegró que se le hubiera pasado la impresión y que empezara a comportarse como el de siempre.
—No sólo grande— dije— , sino el más grande.
—No te preocupes. Me encantan los desafíos.
Edward puso una de sus manos en mi nuca atrayéndome hacia sí y la otra mano en mi cintura hizo que no hubiera ni un solo milímetro de separación entre nuestros cuerpos. Tenía su cara tan cerca que me tocaba la punta de la nariz con la suya y podía sentir su aliento chocar en mi rostro. Yo terminé con la distancia que había entre nuestros labios y me sentí desfallecer. Me notaba volar por el aire, sintiendo como mis piernas comenzaban a decaer. Los labios de Edward tenían un sabor indescriptible, y aunque nunca hubiera besado antes podía asegurar a pies juntillas que nadie se le podía comparar. Cuando sentía sus labios sobre los míos podía notar como con aquel beso me trasmitía todo su amor y rendición ante mí. Y si le sumábamos el que Edward, con la mano que tenía antes en mi nuca, me acariciaba las alas como si temiera rompérmelas me hacia desear que nunca dejara de besarme.
Por la maldita necesidad de respirar tuvimos que poner por finalizado el beso, pero los labios de Edward no se separaron de mi piel. Sus labios fueron trazando un camino de múltiples besos deteniéndose en mi mandíbula, haciéndome sentir un temblor que traspaso por todas las esquinas de mi cuerpo. Luego fue descendiendo más y más… hasta que sus labios se toparon con el hueco de mi garganta, mi corazón estaba a mil y casi podría jurar que a la velocidad de los aleteos de un colibrí.
Sentí que sus labios presionaron suavemente contra mi garganta, mientras pequeñas descargas eléctricas recorrían mi cuerpo a través de las venas, haciéndome sentir sensaciones que no había sentido anteriormente, como mariposas en el estomago. Y luego de un segundo casi imperceptible, sentí como entreabrió su boca y mordió mi cuello suave y delicadamente, haciéndome soltar un suspiro. El suspiro contra mi cuello haciéndome temblar
Poco a poco los besos fueron haciéndose más leves, hasta que terminamos con nuestras frentes juntas y mirándonos directamente a los ojos. Sus maravillosas orbes, del color de la esmeralda, me tenían hipnotizada. Podía mirar a sus ojos y perderme en ellos, sentir su alma en todo su esplendor y nunca me cansaría
—Bueno, y ahora, ¿qué?— preguntó Edward, de improviso
— ¿Qué quieres decir?
— Ahora que sé lo tuyo.
— No tengo ni idea, la verdad. Nunca se había dado entre nosotros una situación parecida — reconocí.
— O sea que por mucho que seas un ángel...— vaciló.
— Eso no implica que tenga respuestas para todo— dije, concluyendo la frase.
— Creía que sería una de las ventajas.
— Por desgracia, no.
—Bueno, a mí me parece que mientras nadie más lo sepa, estás a salvo. Porque en cuestión de secretos, yo soy una tumba. Pregunta a mis amigos o a mi familia
—Sé que puedo confiar en ti.
—Tengo una pregunta— no pude evitar reírme— Supongo que sabrás cuanto tiempo… estarás aquí
Noté como le había costado mucho hacer esa pregunta
—Bueno, ahora que sacamos el tema, sí, tengo la respuesta. Yo estaré destinada en La Tierra hasta que tu alma se desprenda de tu cuerpo y ascienda al cielo— se estremeció
—Se me pone la piel de gallina cuando hablas de ese modo. Te resulta tan fácil hablar de la muerte, me sorprendes
—Es algo natural si sabes que hay otra vida eterna esperándote allí arriba. Aunque, si llegan a enterarse de que te lo he confesado si que no estaré contigo toda la vida; me enviarían al Reino y podría ser exiliada— ahogué un pequeño gemido. No me había detenido a pensar en las consecuencias celestiales que podrían acarear mis actos, y eso me asustaba
Aunque debía de esperarse la respuesta, aparecieron en su rostro indicios de desazón. Sus ojos color prado se oscurecieron y en sus labios se dibujó un rictus de contrariedad.
Edward se puso rígido.
— ¿Y tú no tienes ni voz ni voto? — preguntó con una nota de incredulidad— . ¿Qué hay del libre albedrío?
— Ése fue un don otorgado a la humanidad, ¿recuerdas? A nosotros no nos incumbe. Mira, si hay alguna manera de que me quede si me descubren, todavía no se me ha ocurrido —proseguí — Yo no sabía que al venir a La Tierra, al encontrarte, me enamoraría de ti. Se supone que no está permitido sentimientos como estos entre nosotros
— No puedes irte— dijo Edward alterado
— Yo siento lo mismo— le dije, frotándole los hombros para aliviar la tensión que lo atenazaba—, pero no depende de mí.
— Es tu vida— replicó.
— No es así exactamente. Yo estoy, como si dijéramos, con un contrato de alquiler.
— Tendremos que renegociar las cláusulas del contrato.
— ¿Cómo pretendes hacerlo? No es como llamar por teléfono, ¿sabes?
—Déjame pensarlo.
Debía reconocer que su determinación era impactante y típicamente humana. Me acurruqué entre sus brazos.
—No hablemos más esta noche— le propuse. No quería arruinar el momento dándole vueltas a algo que no podíamos cambiar. Por ahora, me bastaba con que deseara que me quedase a su lado y con su disposición a enfrentarse incluso con los poderes celestiales para conseguirlo— Ahora mismo estamos juntos; no nos amarguemos pensando en el posible futuro. ¿Vale?
Edward asintió y se dejó llevar en cuanto pegué mis labios a los suyos. La tensión pareció desaparecer en un instante, y los dos caímos sobre la arena. Notaba cómo encajaban a la perfección nuestros cuerpos. Él me rodeaba la cintura con los brazos mientras yo le deslizaba los dedos por el pelo y le acariciaba la cara. Nunca había besado a nadie más, pero sentía como si una extraña su hubiera apoderado de mi cuerpo: una extraña que sabía muy bien lo que hacía. Ladeé la cabeza para reseguir su mandíbula con los labios, bajando por el cuello y continuando por la clavícula. Él contuvo la respiración un momento; ahora era yo la que le tenía a mi disposición. Me tomó la cara con ambas manos, acariciándome el pelo y poniéndomelo detrás de las orejas.
No sabría decir cuánto tiempo permanecimos así, entrelazados sobre la arena, a ratos fundidos en un abrazo, a ratos mirando la luna y el acantilado que se alzaba sobre nosotros. Lo único seguro es que cuando quise darme cuenta, había pasado mucho más tiempo de lo que pensaba. Me incorporé, sacudiéndome la arena de la ropa y de la piel.
—Se ha hecho tarde—dije— He de volver a casa.
La imagen de Edward desparramado sobre la arena, con su pelo cobrizo desordenado y una media sonrisa en los labios, resultaba tan seductora que me entró la tentación de tenderme de nuevo a su lado. Pero me las arreglé para serenarme y me dispuse a volver por donde habíamos venido.
—Eh, Bells — me dijo, levantándose— Igual te convendría... hum, taparte.
Necesité un momento para advertir que aún se me veían las alas perfectamente entre la camisa desgarrada.
—¡Ah, sí, gracias!
Me lanzó su sudadera y yo me apresuré a pasármela por la cabeza. Me iba muy grande y prácticamente me llagaba a medio muslo, pero era cálida y agradable y olía deliciosamente a él. Cuando nos separamos, hice todo el trayecto hasta casa corriendo con la sensación de que seguía a mi lado. Pensaba dormir con la sudadera y empaparme de su fragancia.
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