15
El Cónclave
Al
llegar al patio trasero de Sunset, que estaba cubierto de maleza, me
pasé rápidamente los dedos por el pelo y me alisé la ropa para que
pareciese que venía de dar un inocente paseo en grupo, y no de una cita
secreta en una playa bañada por la luz de la luna. Luego me desplomé en
el pesado columpio de madera, que rechinó bajo mi peso. Apoyé la mejilla
en la áspera soga, que colgaba de la rama retorcida del roble, y miré
hacia el interior de la casa. Por la ventana del salón vi a mis hermanos
sentados bajo la luz de la lámpara: Rosalie tejiendo unos guantes y
Jasper tocando la guitarra. Mientras los contemplaba, sentí que los
fríos dedos de la culpa me envolvían el pecho.Había luna llena y su claridad azulada inundaba el jardín e iluminaba una estatua medio derruida que sobresalía entre los arbustos. Era un ángel de expresión severa que alzaba la vista hacia el cielo, con las manos entrelazadas sobre el pecho en un gesto de devoción. Jasper la consideraba una pobre imitación y más bien desagradable, pero Rosalie la encontraba bonita. A mí, personalmente, siempre me había resultado algo inquietante. No sabía si la luz me jugaba una mala pasada o eran sólo imaginaciones mías, pero mientras contemplaba la estatua en la penumbra me pareció que volvía los ojos para mirarme y que me apuntaba acusadoramente con un dedo.
La ilusión no duró más que un segundo, pero bastó para que saltara de golpe del columpio. Éste se bamboleó hacia atrás y fue a chocar con el tronco ruidosamente. Antes de que pudiera echarle otro vistazo al ángel para comprobar si no estaría perdiendo el juicio, oí que se deslizaban y abrían del todo las puertas cristaleras. La luz de la luna alumbraba su piel blanca como la nieve y resaltaba las venas verdes azuladas de sus brazos y pecho.
—¿Isabella, eres tú?— hablaba con voz almibarada, y la expresión de su rostro parecía tan confiada que me resultó mortificante. Se me hizo un nudo en el estómago y me entraron náuseas. Me vislumbró entre las densas sombras del roble— . ¿Qué haces ahí? Entra.
Dentro de casa, todo resultaba familiar y tranquilizador. La luz amarillenta de la lámpara se reflejaba en las tablas del suelo; la cama de Phantom, con su estampado de pezuñas, ocupaba su sitio habitual junto al sofá; y los libros de arte de Rosalie y las revistas de decoración se hallaban cuidadosamente ordenadas sobre la mesita de café.
Jasper levantó la vista cuando entré.
—¿Una buena velada?— me preguntó con una sonrisa. Intenté devolvérsela, pero me pareció que tenía paralizados los músculos de la cara. Era como si el peso de lo que había hecho me abrumara y me hundiera la cabeza bajo el agua de tal manera que no podía respirar. Cuando estaba con Edward me resultaba fácil olvidar que yo tenía otro lugar en el mundo y que no sólo le debía lealtad a él.
No me arrepentía de haberle revelado la verdad, pero yo no soportaba los subterfugios, especialmente cuando tenían que ver con mi familia. Me aterrorizaba pensar cómo reaccionarían mis hermanos cuando descubrieran lo que había hecho. ¿Sería capaz de hacerles comprender mis motivos? Pero lo que más miedo me daba era que los poderes del Reino suspendieran mi misión o exigiesen mi retirada inmediata. En uno u otro caso, me vería obligada a abandonar la Tierra y as epararme de la persona que más me importaba.
Jasper debía de haber advertido que llevaba puesta la sudadera de Edward, pero se abstuvo de hacer comentarios. Aunque una parte de mí deseaba confesarlo todo allí mismo, me obligué a morderme la lengua. Me disculpé por llegar tarde, alegué que estaba cansada y me excusé sin más, rechazando la taza de chocolate que me ofrecía Rosalie y las galletas que ella misma había preparado aquella tarde.
Jasper me llamó cuando ya estaba al pie de la escalera y yo aguardé mientras sea cercaba. El corazón se agitaba en mi pecho. Mi hermano tenía unas dotes de observación terroríficas y estaba segura de que había notado que yo no era la de siempre. Esperaba que me mirase fijamente, que empezara a hacerme preguntas extrañas o a lanzarme acusaciones, pero lo único que hizo fue ponerme una mano en la mejilla (noté el frío metal de sus anillos) y darme un beso en la frente. Su rostro exquisito parecía totalmente relajado aquella noche. Algunos mechones de pelo rubio se le habían escapado de la cinta que se ponía a veces para recogérselo. Sus ojos de color lluvia habían perdido parte de su severidad y me miraban con genuino afecto fraternal
Me hizo falta toda mi fuerza de voluntad para contener las lágrimas. Arriba, ya acostada y con el cálido cuerpo de Phantom a mi lado, dejé que fluyeran con toda libertad. Sentía que mis mentiras se me deslizaban por dentro como serpientes, envolviéndome poco a poco y apretándome con sus anillos. Me parecía que exprimían todo el aire de mis pulmones y me estrechaban el corazón. Aparte de la culpa lacerante que recorría mi cuerpo como un veneno, me invadía un temor espantoso. ¿Seguiría en la Tierra cuando despertase? No lo sabía. Quería rezar, pero no podía. Estaba demasiado avergonzada, después de los pecados que había cometido, para hablar con Nuestro Padre. Sólo llevaba unas horas con mi secreto y ya me sentía deshecha.
Junto a la sensación de culpa y vergüenza, sin embargo, había una ira latente ante la conciencia de que mi destino no se hallaba en mis manos. Edward me había inoculado esa idea. El futuro de mi relación con él sería decidido sin mi intervención, y lo peor de todo era que yo no sabía cuándo. ¿Y si ni siquiera tenía la oportunidad de despedirme de él? Aparté las mantas de una patada a pesar de que sentía un frío glacial. Empezaba a pensar que no podía concebir mi existencia sin la compañía de Edward. No quería.
Horas más tarde seguía debatiéndome furiosamente con mis pensamientos. Nada había cambiado, salvo que tenía la almohada empapada de lágrimas. Me dormía con un sueño entrecortado. Me despertaba y me incorporaba de golpe, escrutando la oscuridad, como si intuyera una presencia que venía a imponerme un castigo. "Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor." En un momento dado, vi al despertarme una figura encapuchada que supuse que venía a darme mi merecido, pero resultó que no era más que el abrigo colgado del perchero que había junto a la puerta. Después de semejante susto me daba miedo cerrar los ojos, como si hacerlo me volviera más vulnerable. Era algo irracional, desde luego. Yo sabía perfectamente que si venían a por mí, no importaría si estaba despierta o dormida. Me hallarían en cualquier caso totalmente indefensa.
Por la mañana, estaba hecha una piltrafa emocional. Cuando me lavé y me miré al espejo, me di cuenta de que, además se me notaba. Tenía la cara mucho más blanca de lo normal y se me veían bajo los ojos unos cercos muy marcados. Ahora tenía toda la pinta de un ángel caído que ha perdido la Gracia.
Cuando bajé y me encontré la cocina vacía, comprendí en el acto que algo andaba mal. No recordaba ni una sola mañana en la que Jasper no me hubiera recibido con el desayuno preparado. Le había dicho muchas veces que me lo podía preparar yo misma, pero él se empeñaba en seguir haciéndolo como un padre abnegado, y decía que lo disfrutaba. Ahora, sin embargo, la mesa estaba vacía y la cocina desierta. Me dije que no podía ser más que una alteración sin importancia de la rutina. Fui a la nevera a servirme un zumo de naranja, pero me temblaban tanto las manos que derramé la mitad en la encimera. Limpié el estropicio con una toalla de papel, mientras trataba de ahuyentar el miedo que me atenazaba la garganta.
Sentí la presencia de Rosalie y Jasper antes de verlos o de oírlos entrar. Aparecieron los dos juntos en el umbral, unidos en una silenciosa condena, mirándome con rostros pétreos e inexpresivos. No me hizo falta que me lo dijeran con palabras. Lo sabían. ¿Era mi desasosiego lo que me había delatado? Debería haberme esperado su reacción, pero aun así me sentó como una bofetada. Durante largos minutos no pude pronunciar palabra. Quería correr y ocultar mi rostro en el pecho de Jasper; suplicar perdón, sentir sus brazos estrechándome. Pero sabía que allí no encontraría ningún consuelo. A pesar de la representación habitual de los ángeles como seres dotados de un amor y una compasión inagotables, yo no ignoraba que eran capaces de adoptar una actitud muy distinta: una actitud severa y despiadada. El perdón estaba reservado para los humanos. A éstos siempre se les perdonaba. Teníamos tendencia a mirarlos como si fueran niños, a considerar que los "pobrecitos" no sabían hacerlo mejor. En mi caso, en cambio, las expectativas eran mucho más altas. Yo no era humana, sino uno de ellos, y no tenía excusa.
No se oía nada, salvo el goteo del grifo y mi respiración entrecortada. No podía soportar aquel silencio. Habría resultado más fácil si me hubieran atacado abiertamente, si me hubieran amonestado o expulsado. Cualquier cosa, en fin, menos aquel silencio ensordecedor.
—¡Ya sé lo que os debe parecer a vosotros, pero tenía que decírselo!— exploté.
La cara de Rosalie estaba congelada en una mueca de horror, pero la de Jasper parecía petrificada
—Lo lamento — proseguí — No puedo evitar lo que siento por él. Significa muchísimo para mí.
Nadie respondió.
—Decid algo, por favor — supliqué— ¿Qué va a suceder ahora? Nos van a ordenar que volvamos al Reino, ¿verdad? No volveré a verlo nunca más.
Rompí en un acceso de sollozos sin lágrimas y me agarré del borde de la encimera para sostenerme. Ninguno de mis hermanos hizo ademán de venir a consolarme. No los culpaba. Fue Jasper quien rompió el silencio. Volvió sus acerados ojos grises hacia mí con una expresión llameante. Cuando habló al fin, lo hizo con un tono lleno de ira.
— ¿Tienes idea de lo que has hecho?— dijo— ¿Te das cuenta del peligro en el que nos has puesto a todos?
Su cólera iba en aumento, eso era evidente. Afuera, se levantó un viento furioso que sacudió los cristales. Un vaso se hizo añicos bruscamente sobre la encimera. Rosalie le puso a Jasper las manos en los hombros. Él pareció reaccionar y se dejó guiar hacia la mesa, donde se sentó dándome la espalda. Sus hombros subían y bajaban de modo descompasado mientras procuraba dominarse. ¿Dónde había quedado ahora su paciencia inagotable?
— Por favor— dije en un susurro casi inaudible— Ya sé que no es excusa, pero creo...
— No lo digas. — Rosalie se volvió con una mirada de advertencia— No digas que lo amas.
— ¿Queréis que os mienta?— pregunté— He intentado no sentirme así, de veras que lo he intentado, pero él no es como los demás humanos. Es diferente. Él...comprende.
—¿Comprende? — dijo Jasper con una voz trémula muy alejada de su calma habitual. Siempre había creído que no había nada capaz de alterar su compostura— Sólo un puñado de mortales a lo largo de la historia ha estado cerca de comprenderlo divino. ¿Insinúas que tu protegido, un adolescente, es uno de ellos?
Di un paso atrás. Nunca le había oído hablar en aquel tono.
— ¿Qué voy a hacerle?— musité, mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas— Estoy enamorada de él.
— Tal vez, pero tu amor es inútil—dijo Jasper sin la menos comprensión— Tú tienes el deber de mostrar amor y compasión a la humanidad entera y tu vínculo con ese chico tendría que ser de protección, y en todo caso fraternal; pero no de amor, eso es un error. Pertenecéis a mundos distintos. Es imposible. Has puesto en peligro tu propia vida y también la suya.
—¿La suya?— repetí, llena de pánico— ¿Qué queréis decir?
—¿Acaso sabes lo que significa que un humano sepa el paradero de un ángel? — negué con la cabeza, presa del pánico— No tendríamos que haber dejado que tu relación con él fuera tan intensa— negó con la cabeza, volviendo a atribuirse a él la culpa
Con la última de sus palabras algo en mi cabeza se encendió. Jasper había dicho que mi relación con Edward era demasiado intensa, que mi amor por él era un error. Pero, si era tan malo como ellos decían, ¿por qué sus relaciones con sus protegidos no eran ningún error, si más o menos estábamos en el mismo nivel?
—¿Y si vosotros hubierais estado en mi situación? —pregunté a la defensiva, tomándoles desprevenidos a ambos
—Eso es completamente distinto— contraatacó Jasper, pero no lo dejé continuar
—Yo creo que no—corregí— Pensar un momento; si vosotros estuvierais en la misma situación que yo, y vuestra relación con Alice o Emmett dependiera de poder decirles la verdad o no, ¿qué hubierais hecho? ¿no confiáis lo suficiente en ellos como para revelarles quienes somos?
Rosalie reflejaba la contrariedad y podía sentir en sus ojos el comienzo de la comprensión. Sin poder leer las mentes, podía sentir como Rosalie se estaba debatiendo a si misma, pensando que hubiera hecho ella en mi lugar. En cambio, en Jasper se notaba que se sentía ultrajado y la ira que le carcomía estaba empezando a afectarle: estaba empezando a temblar y a respirar fuertemente por la nariz, cosa que me asustó
—Cálmate, Jasper— dijo Rosalie, agarrándolo del hombro
—Da igual lo que digas, Isabella. No justifica tus actos. El problema ya ha surgido y ahora hemos de ocuparnos de él.
—¡Necesito saber que va a pasar!— grité— ¿Nos ordenarán que volvamos al Reino? Por favor, tengo derecho a saberlo.
Me horrorizaba que me vieran en aquel estado, tan desesperada y fuera de mí, pero de una cosa estaba segura: si quería impedir que todo mi mundo se viniera abajo, debía conversar con Edward
— Yo diría que has perdido todos tus derechos. Ahora sólo se puede hacer una cosa— dijo Jasper
— ¿Qué?— pregunté, tratando de no sonar histérica.
—Debo hablar con el Cónclave.
Sabía que se refería al círculo de arcángeles que se convocaba únicamente para intervenir en las situaciones extremas. Eran los más sabios, los más poderosos de su casta, sólo por debajo de Nuestro Creador. Evidentemente, Jasper se sentía necesitado de ayuda.
— ¿Les explicarás cómo ha sucedido?— le pregunté.
— No hará falta— replicó— Ya lo sabrán.
— ¿Qué sucederá entonces?
—Ellos darán su veredicto y nosotros obedeceremos
Y sin más, abandonó la cocina. Al cabo de unos instantes, oímos que salía por la puerta principal.
.º.º.º.º.
La
espera resultó atroz. Rosalie preparó unas tazas de manzanilla y se
sentó conmigo en la sala, aunque daba la impresión de que había
descendido una nube oscura entre nosotras. Estábamos en la misma
habitación, pero nos separaba un abismo. Phantom también parecía
inquieto; percibía que las cosas iban mal y enterró su hocico en mi
regazo. Traté de quitarme de la cabeza la idea de que, según cual fuese
el veredicto, tampoco a él volvería a verlo.No sabíamos a dónde había ido Jasper, pero Rosalie dijo que seguramente se trataría de algún lugar desierto y desolado donde poder comunicarse con los arcángeles sin interferencias humanas. Venía a ser como conectarse a Internet por satélite; tenías que encontrar el sitio adecuado para establecer la conexión y, cuantos menos humanos a la vista, mejor captabas la señal. Jasper necesitaba un sitio para meditara sus anchas y comunicarse con las fuerzas del universo.
Yo no sabía gran cosa de los otros seis integrantes del coro angélico de Jasper; sólo conocía sus nombres y su fama. Me pregunté si alguno se mostraría comprensivo en mi caso.
Miguel era el líder del coro. Era un Príncipe de la Luz, un ángel de la virtud, la honestidad y la salvación. A diferencia de los demás, Miguel era el único que ejercía como Ángel de la Muerte. Rafael era conocido como la Medicina de Dios, porque era un sanador y tenía la misión de supervisar el bienestar físico de sus protegidos en la Tierra. Estaba considerado como el más afectuoso de los arcángeles. Uriel recibía el nombre de Fuego del Señor, pues era el ángel del castigo y había sido uno de los encargados de asolar Sodoma y Gomorra. Raguel tenía como misión vigilar a los demás miembros del coro y asegurarse de que se comportaban de acuerdo con las leyes del Señor. Zeraquiel, ángel del sol, mantenía una constante vigilancia del Cielo y la Tierra. El papel de Remiel era el de supervisar las visiones divinas de los elegidos en la Tierra. También tenía el deber de conducir las almas al juicio cuando llegaba su hora.
Y por supuesto, estaba Jasper. A él se le conocía como el Héroe de Dios y como guerrero principal del Reino, y decían que se sentaba a la izquierda del Padre. Pero así como los otros arcángeles eran más distantes, yo a él lo consideraba un hermano, un protector y un amigo. Recordé un dicho humano sobre el poder de los lazos desangre. Eso era lo que sentía respecto a Rosalie y Jasper que formábamos parte del mismo espíritu. Esperaba no haber destruido ese lazo por un descuido.
—¿Qué crees que dirán?— le pregunté a Rosalie por quinta vez.
Ella soltó un profundo suspiro.
— La verdad es que no lo sé, Isabella— contestó con voz remota— Nos dieron instrucciones buen claras de que no quedáramos al descubierto. Nadie esperaba que esa norma fuera trasgredida y, por tanto, ni siquiera se habló de las consecuencias.
— Debes odiarme— murmuré.
Ella me miró
— He estado pensando en lo que dijiste, y meditándolo mucho he llegado a la conclusión de que posiblemente yo hubiera actuado igual. Pero igualmente me cuesta entender lo que has hecho— repuso
— Ya sé que no puedo justificar lo que he hecho.
— Tu encarnación es muy distinta de la nuestra. Tú sientes las cosas apasionadamente. Para nosotros, Edward es como cualquier otro humano; para ti, representa algo totalmente distinto.
— Para mí lo es todo.
— Eso es una temeridad.
— Lo sé.
— Convertir a alguien en el centro de tu mundo no puede conducir sino al desastre. Hay demasiados factores que se escapan de tus manos.
— Lo sé— repetí con un suspiro.
— Pero he estado pensando en Emmett del mismo modo que tu lo haces en Edward, y digamos que no sé lo que siento. Te hemos estado regañando, echándote en cara tus actos cuando yo posiblemente esté en la misma situación amorosa que tú ¿Hay alguna posibilidad de que se pueda retractar lo que se siente y reprimir los sentimientos?— me preguntó Rosalie, afligida
Meneé la cabeza.
— En mi caso ya es demasiado tarde; y por lo que me has explicado y lo que sé de tu relación con Emmett, tu caso es el mismo que el mío
— Me esperaba tu respuesta, la verdad.
— ¿Por qué soy tan diferente?— le pregunté al cabo de un rato— ¿Por qué tengo siento estos sentimientos tan fuertes? Tú y Jasper lográis que parezca que nada de eso os afecta Yo... es como si no tuviera el menor control.
—Eres joven— dijo Rosalie lentamente.— y yo por lo menos no controlo del todo la situación— la miré sin entender— Emmett ha intentado besarme
—¿De verdad? — una pequeña risa amenazó por salir de mí, solo que lo aplaqué— Pero, no es eso. Aunque tú lo hubieras besado es diferente — Me retorcí las manos— Ha de haber algo más.
— Sí — asintió mi hermana— Eres más humana que ningún otro ángel que yo haya conocido. Te has identificado profundamente con la vida terrenal. Tu hermano y yo añoramos nuestro hogar, y esto nos resulta algo ajeno. Tú, en cambio, encajas aquí a la perfección. Como si éste hubiera sido siempre tu lugar.
—¿Por qué?— pregunté.
Mi hermana meneó la cabeza.
—No lo sé
— ¿Crees que Jasper llegará a perdonarme?
—Nuestro hermano se encuentra en un plano de la existencia distinto— me explicó Rosalie — Está menos habituado a los errores y tiene la sensación de que tus fallos son suyos en última instancia. Él vivirá todo esto como un fracaso suyo, no tuyo. ¿Entiendes?
Asentí y no me molesté en hacerle más preguntas. Ya sólo nos quedaba esperar y eso podíamos hacerlo en silencio.
Los segundos pasaban despacio y los minutos se estiraban y parecían horas. Mis temores crecían y se atenuaban a intervalos, como las olas del mar. Sabía que si volvía al Reino estaría de nuevo con mis hermanas y hermanos, pero también completamente sola, con el resto de la eternidad para suspirar por lo que había tenido en la Tierra. Eso suponiendo que me permitieran regresar al Reino. Nuestro Creador, aunque misericordioso y lleno de amor, reaccionaba mal ante los desafíos. Existía la posibilidad de que fuese excomulgada. No quería ni imaginarme cómo debía ser el Infierno, había oído algunas historias y me bastaba con eso. A los pecadores, según las leyendas, los colgaban de los párpados, los quemaban y torturaban, los hacían pedazos y volvían a remendarlos. Decían que el lugar apestaba a carne quemada y pelo chamuscado y que había ríos de sangre. Naturalmente, no me creía nada de todo aquello, pero sólo de pensarlo me daban escalofríos.
Me constaba que mucha gente en la Tierra no creía que existiera un sitio como el Infierno. No sabían lo equivocados que estaban. Los ángeles como yo no tenían ni idea de cómo era, pero de una cosa estaba segura: que no quería descubrirlo por mí misma. Un arcángel como Jasper debía de saber mucho más sobre el reino oscuro, pero tenía terminantemente prohibido hablar de ello.
Di un respingo al oír la puerta y el corazón empezó a retumbarme bajo las costillas. Un instante después, Jasper se plantó ante nosotros con los brazos cruzados y una expresión agobiada. Rosalie se levantó y se puso a su lado, aunque sin el menos entusiasmo por escuchar el veredicto.
—¿Qué han decidido?— estallé, incapaz de soportar el suspense.
—El Cónclave lamenta haber recomendado a Isabella para la misión— dijo Jasper con los ojos fijos en mí — Esperaba más de un ángel de su categoría.
Empecé a temblar. "Ya está — pensé—; se acabó." Volvía al lugar del que procedía. Se me pasó por la cabeza intentar escapar, pero sabía de sobras que era inútil. No había un solo rincón de la Tierra donde pudiera esconderme. Me levanté, hice una reverencia y me dirigí a las escaleras.
Jasper entornó los párpados.
— ¿Se puede saber a dónde vas?
— A hacer los preparativos para irme— respondí, armándome de valor para mirarle a los ojos.
— ¿Irte?, ¿adónde?
— A casa.
—Tú no te vas a casa, Isabella. Ninguno de nosotros— dijo— No me has dejado terminar. Tus acciones han provocado una gran decepción, pero la propuesta del Cónclave para que se pusiera fin a tu misión ha sido denegada.
Me dio un vuelco el corazón.
— ¿Por quién?
—Por un poder superior.
Me aferré con uñas y dientes a aquella brizna de esperanza.
— ¿Me estás diciendo que nos quedamos?, ¿que no me envían de vuelta?
— Por lo visto, se han invertido demasiados esfuerzos en esta misión como para echarlo todo por la borda simplemente por un contratiempo menor. En consecuencia, la respuesta es sí, nos quedamos.
— ¿Y Edward? — pregunté— ¿Tengo permiso para verle?
Jasper pareció irritado, como si la decisión que se había tomado respecto a ese punto fuese del todo intrascendente.
— Sigues estando al cargo de ser su Ángel de la Guarda. Puesto que ya conoce nuestra identidad, impedirte que lo vieras sería más perjudicial que otra cosa.
— ¡Oh, gracias!— empecé, pero Jasper me interrumpió.
—No tienes que dármelas, la decisión no ha sido mía.
Nos quedamos los tres sumidos en un doloroso silencio que se prolongó varios minutos, hasta que yo me atrevía a romperlo.
— Por favor, Jasper, no sigas enfadado conmigo. En realidad, tienes todo el derecho a estarlo, pero al menos comprende que no lo he hecho adrede.
—No me interesa escucharte, Isabella. Ya tienes a tu novio, date por satisfecha.
—¡Pero, Jasper! —grité indignada— ¡Escúchame!. Sé que ya te lo he preguntado antes, y aunque tenga que hacerlo hasta que me comprendas lo seguiré haciendo, pero si sintieras la necesidad de decírselo a Alice, ¿no lo harías? Sé que no me lo has dicho, ni tienes pensado hacerlo, pero yo creo que tú sientes algo por Alice; no tiene por qué ser de la misma manera que yo quiero a Edward, pero tú quieres de alguna manera a Alice
Jasper me sostuvo la mirada, analizando mis palabras. No sé si fue la manera en la que lo dije, o que había dado en el clavo, pero Jasper no respondió de las mejores maneras
— No tengo por qué responderte a esa especulación que tú sola te has conjeturado. Es inapropiado lo que piensas y ya está
Y me dio la espalda. Enseguida noté, reconfortada, que Rosalie me ponía las manos en los hombros. Mi estado de ánimo pasó en un instante de la sensación de catástrofe a las rutinas de la vida cotidiana. Lo cual confirmaba que nos quedábamos con más contundencia que nada de lo que Jasper pudiese decir.
—He de ir al supermercado — dijo Rosalie— No me vendría mal algo de ayuda.
Miré a Jasper, esperando su aprobación.
— Ve con ella y échale una mano— dijo con tono más agradable, mientras terminaba de madurar en su cabeza una idea— Esta noche seremos cuatro
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