Pasar la noche en
brazos de Edward se estaba volviendo cada vez más cotidiano, para nuestro gran
deleite. Tras batallar por un rato más, finalmente logré conciliar el sueño.
Por supuesto, solo lo conseguía por lapsos cortos de tiempo, así que cuando me
levanté a la mañana siguiente, unas sombras púrpuras rodeaban mis ojos.
Tenía miedo. Temía
por Edward, por mis hermanos y por mí, en ese orden. Ahora que era casi un
hecho que Tyler era un demonio, y que además había puesto su interés en mí, no
sabía de lo que podía llegar a ser capaz.
Las notas en mi taquilla
continuaron. A pesar de que yo sabía que eran de Tyler no había manera de
comprobarlo ni de actuar en su contra, pues sus amenazas iban directamente
hacia mi secreto. Esto iba más allá de un simple malentendido entre dos alumnos,
y no había manera de que alguna autoridad escolar pudiera intervenir. Cumplía
con mi parte de informarle a Jasper, pero él seguía en su postura de esperar
hasta que fuese prudente para poder actuar. Además, no teníamos ninguna prueba
contundente de la participación de Tyler en los atentados.
Había que esperar.
Sin embargo, mi
resolución casi se va por el desagüe cuando encontré una nueva nota, solo que
ahora estaba pegada en la puerta de mi casa.
El Ángel ha pecado, y el Ángel lo ha callado,
pero su secreto no muy bien ha guardado.
Al leer la nota, se
me congeló el pulso, y las piernas comenzaron a temblarme espantosamente, al
grado de que tuve que sostenerme de la puerta para evitar caer. Tyler había
estado en mi casa, o al menos uno de sus seguidores nos había encontrado, y
seguramente en este momento él ya sabría dónde vivíamos.
Entré rápidamente a
casa, llamando frenéticamente a mis hermanos, sin obtener respuesta a cambio.
Sabía que Jasper no había ido a la escuela, pues con uno de sus grupos iba a
una excursión y había reprogramado la clase para otro día; Rosalie, por su
parte, había asistido a un curso de capacitación de primeros auxilios, pero eso
había sido por la mañana. Llegué a la cocina, y encontré una pequeña notita
pegada a la nevera:
Isabella:
Jasper y yo hemos ido a Port Angeles a dejar las
despensas al refugio de niños abandonados. He dejado tu comida en el horno,
para que se mantuviera caliente hasta que llegaras a casa.
Trataremos de no dilatarnos demasiado.
Rosalie.
Respiré hondo,
tratando de calmar a mi desbocado corazón. Era un hecho que Tyler, o alguien
cercano a él, había tratado de delatarme ante mis hermanos. No sabía si la nota
la habían dejado debido a su ausencia en casa, o como una manera cobarde de
decirles la verdad sin hacerlo cara a cara.
A pesar de que solo
habían pasado un par de horas desde que habíamos terminado las clases, opté por
llamar a Edward para contarle lo que había encontrado al llegar a casa. Vino
cinco después de colgar y, por supuesto, la noticia no le hizo ninguna gracia.
— Debí de
acompañarte a tu casa —dijo, apretando los dientes.
— ¿Y tú cómo ibas a
saber que Tyler iba a estar ahí? —traté de quitarle hierro al asunto, aunque
por dentro la idea me aterraba cada vez más—. Además, tenías práctica con el
equipo, y ya sabes que no me gusta que faltes a tus responsabilidades por mi
causa.
— ¿Y si Tyler
hubiera estado ahí cuando llegaras a casa? ¿Y si te hubiera hecho algo?
— Pero no pasó
nada, Edward.
— ¿Tus hermanos ya
han vuelto? —negué—. Bien, entonces creo que me quedaré aquí hasta que estén de
vuelta. No me siento tranquilo cuando estás sola y que él pueda estar rondando
por aquí.
Aunque no me
agradaba la idea de que Edward se pusiera en riesgo por mí, la verdad era que
tampoco me encantaba tener que esperar a mis hermanos completamente a solas.
Tyler podía regresar, y quién sabe de qué podría ser capaz si me encontraba
desamparada de cualquier apoyo. Además, significaba pasar un rato a solas con
Edward, lo cual no me parecía para nada desagradable.
Decidí llamar a
Rosalie para saber cuánto tiempo más pensaban tardar en venir.
— Lo siento,
Isabella, pero me temo que estaremos aquí un rato más. Ha sucedido un incendio
en una de las bodegas del centro, a un par de calles del refugio.
— ¿Crees que
Tyler…? —ni siquiera me molesté en terminar la pregunta. La mera idea de que
siguiera haciendo de las suyas era motivo suficiente para preocuparme por la
seguridad de mis hermanos, así como de los inocentes habitantes del pueblo.
— Lo dudo,
sinceramente. Uno de los trabajadores dijo que ha sido un accidente, provocado
por un chispazo en la corriente de luz de una de las oficinas.
— ¿Necesitáis que
vaya a ayudaros?
— No será
necesario, créeme. Afortunadamente, el equipo de bomberos ha llegado justo a tiempo
y ha logrado sacar a los trabajadores. Estamos aquí por si necesitan de algún
tipo de auxilio, pero aparentemente son heridas leves. De cualquier manera, te
mantendremos informada si necesitamos de tu ayuda.
— Vale, hasta luego
—colgué.
— ¿Está todo bien?
—preguntó Edward
— Sí. Ha habido un
incendio en una bodega, pero parece que tienen todo controlado. De todas
formas, hemos quedado que me avisarían si necesitan que vaya para allá
—suspiré—. Mientras tanto, parece que tendremos la casa para nosotros solos por
un rato.
— ¿Y tienes algo en
mente para matar el tiempo? —ronroneó, abrazándome por la cintura y apoyando su
cabeza en mi hombro.
Suspiré con
satisfacción y rodeé su cuello con mis brazos, acariciando los suaves rizos de
su nuca. Edward comenzó a dar lentos y sensuales besos en mi cuello y en mi
hombro, mientras acariciaba mi cintura y la parte baja de mi espalda. Me fue
guiando de espaldas por la sala, hasta que la parte de atrás de mis rodillas
topó con algo, obligándome a quedar sentada sobre el mullido sofá. Sin apartar
sus labios de mi piel, me fue recostando sobre la superficie, quedando sobre
mí; a pesar de la posición, nunca dejó que el peso de su cuerpo quedara sobre
mí, apoyándose con su antebrazo, mientras que la otra mano acariciaba mi
cuerpo.
Sinceramente, en
ese momento logré desconectar mi mente y me enfoqué únicamente en las
sensaciones que él me provocaba. Lo sabía, pues en más de una ocasión se lo
había demostrado. Me volvía loca de deseo y solo podía pensar en sus labios
sobre mí.
— Sabes, hay algo
que no puedo dejar de pensar —susurró contra el hueco de mi oreja, mandándome
escalofríos por toda la espalda.
— ¿Y de qué se
trata? —jadeé.
— En lo maravilloso
que fue hacer el amor contigo en la playa. Aún trato de convencerme de que no
fue un sueño.
— No tienes mucha
imaginación a la hora de soñar, por lo visto —bromeé.
— ¿Es un chiste? —dijo
con falsa indignación, mirándome intensamente a los ojos—. Creo que no he visto
algo más hermoso que tú con tus alas desplegadas, disfrutando de ese momento que
compartimos de intimidad. Podría morir en este momento, y sería la persona más
dichosa que ha pisado la Tierra.
— Por favor no
hables de morir —se me cerró la garganta—. La sola mención de eso hace que se
me pongan los pelos de punta.
— No te preocupes,
ángel —me besó suavemente en la frente—, no pensaremos en eso ahora. Así que… ¿por
dónde íbamos?
Solté una risita, y
lo tomé por la cara, acercándolo nuevamente a mis labios. Fue un beso
hambriento y lleno de necesidad. Quería que supiera, a pesar de todas las
pruebas tangibles que le había dado, que la sola idea de perderlo me ponía
enferma.
Le rodeé la cadera
con una pierna, acercándolo a mi cuerpo. Cuando nuestros sexos se frotaron, los
dos gemimos de placer. Su agarre en mi cintura se hizo más férreo, y nuestros
labios se volvieron más insistentes. Necesitaba sujetarme de algo, o de otra
manera saldría volando, así que me aferré a sus brazos.
Edward empezó a
acariciar mi cintura por debajo de la blusa, subiendo sus manos cada vez más.
El calor en mi cuerpo era insoportable, así que sin pensarlo dos veces me
incorporé para quitármela. Aparentemente entendió la señal, porque me ayudó a
sacármela en un soplo de aire. De igual forma, ayudé a quitarle la suya,
quedando casi en las mismas condiciones, a excepción de mi sujetador. Recorrí
sus brazos y las depresiones de los músculos de su espalda, arañando de vez en
cuando la piel que tenía a mi alcance. Sus labios lamían y mordisqueaban mi
clavícula y mi cuello, haciéndome desearlo cada vez más.
Con cierta
urgencia, nos quitamos mutuamente los vaqueros que traíamos, quedando en
interiores. No era mi intención tener intimidad con Edward en la salón de mi
casa, pero en ese momento decidí que no me importaría. Necesitábamos distraernos
de todo el asunto de Tyler, y esta era la mejor manera de conseguirlo. El calor
me invadió por completo, nublando mi mente y haciéndome más audaz. Me aventuré
a acariciarlo por mi cuenta, sin necesidad de que él me lo pidiera, así que
metí mi mano dentro de sus bóxers y toqué su miembro, haciendo que soltara un
pequeño brinco de la impresión. Esto aumentó su insistencia, pues me arrancó el
sostén de un tirón y bajó sus labios hacia mi pecho.
Amaba la manera en
que lográbamos conectarnos al momento de hacer el amor. En un instante, los dos
estábamos desnudos, listos y dispuestos. Se introdujo lentamente en mi cuerpo,
logrando que disfrutáramos de las sensaciones, pero sin dejar de mirarme a los
ojos. Era tan intenso y surrealista, y sobre todo con tantas emociones
envueltas en ese momento. Entendí entonces a qué se refería con pensar que todo
se trataba de un sueño.
Comenzó a mecerse
lentamente sobre mí. Lo tomé por la nuca, atrayéndolo hacia mis labios. Nuestro
beso fue lento y sensual, mientras las embestidas comenzaban a ser cada vez más
profundas y rápidas. No sabíamos cuánto tiempo había pasado, pero no nos
importó, pues lo único que queríamos en ese momento era sentir el amor que nos
teníamos mutuamente. Cada vez que estaba con Edward, parecía que el mundo se
detenía por completo.
Una vez que
terminamos, nos quedamos un momento todavía unidos, simplemente besándonos y
acariciando nuestros rostros. Con una tremenda lentitud, y a nuestro pesar,
volvimos a colocarnos nuestras ropas, a excepción de la camisa de Edward, pues
cuando ya estaba por colocársela, lo acerqué a mí para besarlo nuevamente.
Parecía no tener suficiente de sus labios.
— ¿Isabella? —jadeó
una conocida voz desde el umbral de la puerta, logrando que me paralizara en mi
lugar.
— ¡Jasper! —solté
un jadeó horrorizado, mientras Edward se apartaba rápidamente hacia el otro
extremo del sillón. Me levanté de golpe y avancé hacia mi hermano, pero éste me
detuvo alzando una mano.
Rosalie entró
detrás de él, y se quedó congelada ante la escena que había frente a sus ojos.
Sabía que no podía ni siquiera encontrar una excusa para lo que veían, pues
ellos de inmediato sabrían que estaba mintiendo. Era demasiado obvio, incluso
para el ser más despistado sobre la Tierra. Edward estaba sin camisa, sobre mí,
estando solos en casa. Definitivamente, la conclusión de lo que estábamos
haciendo brillaba como un neón sobre encima de nuestras cabezas.
— Puedo explicarlo…
—empecé, aunque no tenía idea de cómo lo haría.
— ¿En serio puedes
hacerlo? —dijo Jasper sarcásticamente, interrumpiéndome. Sus dientes estaban
apretados, y parecía que estaba conteniéndose.
Mi hermano, que
normalmente era una persona muy tranquila y pacífica, tenía una expresión de
furia y dolor. Sabía que por encima de cualquier cosa, estaba profundamente
decepcionado, y me merecía cualquier castigo que me impusiera, sin siquiera
protestar. Rosalie, por su parte, estaba lívida; parecía que alguien le había
atizado un golpe en el estómago, y no decía nada.
Había planteado un
montón de escenarios en mi cabeza para poderles confesar la verdad a mis
hermanos, pero en ese momento mi mente estaba en blanco. Sentía que me habían
robado tiempo para poder pensar en algo coherente para decirles. No había
justificación alguna para mis actos, y era plenamente consciente de las
consecuencias que llegarían. Rosalie me lo había dicho en su momento: los
humanos y los ángeles no podíamos tener ningún tipo de intimidad. Y sin
embargo, yo había ignorado todas las advertencias y decidí arriesgarme para estar
con Edward.
Sin otra
alternativa por el momento, decidí que lo mejor era decirles todo de una buena
vez. Me giré hacia Edward para pedirle que nos diera intimidad, pues ya podía
ver el sermón que me diría Jasper, y no quería que él se viera involucrado en ésto.
Sí, no había manera en que pudiera desligarlo de lo que había pasado, pues yo
le había contado que podría pasarme si rompía las reglas, pero al final todo se
resumía a mi irresponsabilidad, y él no tenía por qué ser culpable por mi
pecado.
— ¿Te importaría
dejarnos un momento a mis…? —empecé. Él entendió, porque ni siquiera había
terminado la pregunta, cuando ya se había puesto de pie. Sabía que me
discutiría antes de irse, conociendo ese espíritu de héroe salvador que cargaba
consigo.
— Bella, no creo
que…
— No —interrumpió
nuevamente Jasper—. Edward, siéntate. Esto también te concierne a ti.
— Jasper, él no ha
tenido la culpa de nada. Yo fui la que ha cometido una falta.
— ¿Ah sí? Pues por
lo que vimos, Edward parecía muy dispuesto a ayudarte a cometer esa falta.
Los ojos se me
empezaron a llenar de lágrimas, y la garganta se me estaba cerrando. Podía ver
todo el dolor en mi hermano, y el tono de decepción. Siempre había tratado de
hacer que se sintiera orgulloso de mí, y ahora le había fallado de la peor
manera.
— ¡No vengas con
lágrimas de cocodrilo ahora, Isabella! —alzó la voz.
— Sé que no merezco
vuestro perdón, pero al menos permitidme que os explique todo, por favor.
— Creo que no hay
mucho que explicar —siseó—. ¿Acaso piensas excusarte de alguna manera? ¿Piensas
decirnos que no es lo que parece, o que es un malentendido? Porque creo que lo
mejor sería que te callaras.
— ¿Cómo has podido ser
tan irresponsable, Isabella? —habló Rosalie por primera vez, pero con evidente
decepción en su voz, haciéndome sentir aún peor—. No quiero ni siquiera
imaginar lo que hubiera pasado si hubiéramos llegado un poco más tarde. ¡Quién
sabe qué locura hubieran cometido! No sabes cuánto me alegro de haberle
insistido a Jasper que regresáramos.
“Entendemos que las
hormonas están más activas durante la adolescencia, y no es por culparte a ti
Edward, pero Isabella no controla del todo bien esa parte humana todavía, así
que es normal que se haya dejado llevar. Pero si no los hubiéramos detenido ahora,
creedme que la falta sería mucho mayor para ella.”
Fue entonces cuando
las lágrimas abandonaron mis ojos, sin poder detenerlas. A pesar de la posición
tan comprometedora en la que nos habían encontrado, Rosalie creía que no
habíamos llegado a más. Mi dolor fue entonces aún mayor. Ella agradecía por
haber llegado antes, sin ponerse a pensar que nosotros habíamos tenido
intimidad antes de que ellos llegaran.
Sin embargo, mi
completo rubor no pasó desapercibido para Jasper, y fue lo que detonó por
completo su furia.
— ¡Ya lo han hecho!
—su grito resonó por toda la casa— ¡Has tenido intimidad con Edward!
— ¿Es verdad eso,
Isabella? —Rosalie alzó la voz.
— Yo… yo…
—balbuceé. En dos zancadas, Jasper quedó frente a mi y me sujetó por los brazos
con fuerza.
— ¡Mírame a los
ojos y niégalo! ¡Hazlo!
— ¡Basta! ¡La estás
lastimando! —intervino Edward, tomando a mi hermano de las manos para que me
soltara.
Jasper me soltó, e
inmediatamente Edward me rodeó los hombros con sus brazos y me atrajo hacia él.
Lloré en su pecho y lo abracé para no desmoronarme por completo.
— Lo siento tanto
—dije bajito—. De verdad no quería desobedeceros ni decepcionaros, pero por
favor entiendan.
— No es a nosotros
a quien has desobedecido, Isabella —dijo mi hermana con voz lúgubre—, sino a
Nuestro Padre.
— ¿Y qué se supone
que debemos entender? —dijo Jasper— ¿Qué no pudiste controlar tus impulsos
humanos? ¿Eres siquiera consciente del pecado que habéis cometido?
— ¡Por supuesto que
lo sé! —chillé— ¿Tienen idea de todas las veces que me ha pasado por la mente
la falta que he hecho?
— No lo parecía
hace un momento —bufó mi hermana, sarcásticamente.
— Es que no lo
entienden —susurré y una lágrima gorda se derramó por mi mejilla—. Yo lo amo.
— ¿Lo amas? —rió
Jasper amargamente—. ¿Acaso tu experiencia desde el Cielo no te ha dejado en
claro que el amor y el deseo no corren de la misma manera? ¿No has visto todos
esos casos en los que los jóvenes se dejan llevar por las hormonas y el calor
del momento? Creí que eras más inteligente que eso, Isabella.
— ¿Además, crees
que tu sacrificio ha valido la pena? ¿Qué pasará cuando la escuela termine y
tengan que tomar caminos separados? Edward seguirá con su vida Isabella, y se
suponía que tú tan solo tenías que ser su Ángel de la Guardia. ¿Y qué pasará
cuando volvamos al Cielo?
— ¿Es que acaso
crees que después de lo que hizo se le permitirá regresar, Rosalie? —gritó mi
hermano—. Será juzgada. No sabremos el destino que le deparará a Isabella. Ni
siquiera yo puedo decir a ciencia cierta el veredicto que tomarán.
— ¿Y qué harás
entonces, Isabella? —habló mi hermana, pero se dirigió a Edward y a mí—. Esto
no será nada fácil de lidiar para nadie. Tal vez lo más prudente sería que os
dejarais de ver. Creo que ya se os habéis causado suficientes problemas, y
ahora nos toca resolver este asunto.
— Perdón, pero no
lo acepto —intervino Edward finalmente.
— Edward, no creo
que estés en condiciones de elegir si aceptas o no —Jasper trató de controlar
su tono de voz, pero el enojo aún estaba palpable—. Estamos buscando la mejor
solución para este lío.
— Pero no lo aceptó
—insistió—. Definitivamente, no tienen idea de nada. Yo amo a Bella, y estaré
dispuesto a luchar por ella si es necesario.
— Muy heroico y
valiente de tu parte, Edward —dijo Rosalie—, pero esto no se trata de un mero
capricho de nuestra parte por mantenerlos separados. Hablamos de un problema
mayor y lo último que queremos es que se empeore. Ya hemos visto que no podéis
controlar vuestros impulsos carnales, así que lo mejor es no agravar más este
asunto.
— ¿Así que eso es
todo? ¿O lo tomo o lo dejo? ¿Acaso no cuenta nuestra opinión? ¿No hay nada que
se pueda hacer al respecto?
— Me temo que no
—suspiró pesadamente mi hermano.
— Bajo otras
circunstancias, si tal vez nuestra naturaleza no fuera ésta, por supuesto que
hubiéramos apoyado su unión —dijo mi hermana—. Pero entiendan que la unión
entre humanos y ángeles está estrictamente prohibida, en todos los aspectos.
Nos quedamos en
silencio por un buen rato más. Puesto a que la verdad había salido a la luz, y
esto aceleraba las cosas, el miedo que sentía por perder a Edward había crecido
a límites exorbitantes. Me aferré a su cuerpo, como si con eso lograra fundirme
a su piel y esconderme para siempre en él.
Lloré
silenciosamente, y me sentía inútil al no poder pensar en nada para poder
arreglar esto. No me arrepentía de haberme entregado a Edward, por supuesto que
no, pero al mismo tiempo me dolía terriblemente haber defraudado a mi Padre y a
mis hermanos. Siempre me había sentido mal cada vez que me equivocaba en algo
relacionado a nuestra misión, pero ellos siempre habían estado ahí para
apoyarme y aconsejarme. Y a pesar de todo, les había fallado.
No me di cuenta en
qué momento había oscurecido, hasta que Rosalie se puso de pie para ir a
encender las luces de la casa y que dejara de estar en penumbras. Edward besó
mi frente nuevamente, tratando de consolarme y de consolarse a sí mismo. Me
sujetó las manos y las besó también.
— Pase lo que pase,
siempre voy a estar contigo, ángel —susurró, mirándome a los ojos—. Ahora que
te he encontrado, no habrá manera en que consigan que me separe de ti. ¿Lo
sabes, verdad?
— Lo sé —se me
rompió la voz.
Jasper se puso de
pie también, y se dirigió al patio trasero. Rosalie lo siguió, pero cuando
traté de hacerle segunda, me dirigió una dura mirada que me indicaba que me
quedara en mi lugar; las dos sabíamos que podía arruinar más las cosas. Me
dolió saber que la relación con mis hermanos probablemente ya estaba muerta, y
que me iba a costar demasiado poder recuperar una pequeña parte de su
confianza.
— ¿A dónde vas? —le
escuché decir a mi hermana.
— Tengo que hablar
con el Consejo —contestó Jasper.
— ¿Vas a ser tú
quien la delate ante ellos?
— ¿Acaso esperas
que me quede cruzado de brazos y que deje pasar por alto la falta que ha
cometido, Rosalie? —siseó—. Me conoces mejor que eso, y sabes perfectamente que
tengo un deber que cumplir.
— Pero es tu
hermana…
— Precisamente. Eso
pareció no importarle a ella desde el momento en que decidió desobedecer las
órdenes que nos han arraigado desde el principio —contestó amargamente.
— ¿Y qué crees que
sucederá con ella?
— Lo sabes,
Rosalie. Realizarán un juicio en su contra, presentarán los cargos y le
dictarán una sentencia. No se irá sin obtener un castigo por su pecado. Lo has
visto antes.
— ¿Y no hay nada
que puedas hacer por ella? —a mi hermana se le quebró la voz—. ¿Acaso no
sientes ni un poco de miedo por lo que pueda pasarle?
— ¿Y crees que no
me duele todo esto? —gritó— A pesar de todo, no soy de piedra, Rosalie. Me
duele que mi hermana esté pasando por esto. Ha sido esa inocencia que la
envuelve la que la ha metido en este lío. A pesar de lo que hizo, entiendo
perfectamente que sus sentimientos son puros, al igual que los de Edward. Pero es
no justifica de ninguna forma lo que hicieron.
— Tu también tienes
voz y voto en ese juicio. ¿Intervendrás por ella?
— Si debo ser
honesto, en este momento te diría que no —suspiró—. No intervendría por ella,
pues me siento demasiado decepcionado de lo que hizo. Sin embargo, bajo esa
misma honestidad, debo contestar que trataré de defender las razones por las
cuales actuó, si me permiten hacerlo por supuesto.
— ¡Oh, Jasper!
—Rosalie suspiró aliviada.
— No puedo prometer
nada, pues ni siquiera sé si me dejarán participar en el juicio, Rosalie.
Isabella estaba a mi cargo, y yo también he fallado al no vigilarla como era
debido. Veré que puedo hacer —suspiró—. Trataré de mantenerte informada de
todo.
Decidí dejar de
escuchar a escondidas y salir a enfrentarme nuevamente a mis hermanos. Sabía
que en este momento Jasper no querría verme, pero necesitaba disculparme una
vez más con él antes de que se marchara. Sin embargo, cuando abrí la puerta del
patio trasero, me encontré solamente a Rosalie.
— ¿Dónde está
Jasper?
— Ha ido a ver al
Consejo —dijo seria.
— Rosalie —dije,
aún con el nudo en la garganta—, por favor perdóname.
— No me pidas eso.
Isabella, no tienes idea de cuán decepcionados nos has dejado a Jasper y a mí.
— ¡Por supuesto que
lo sé! —chillé—. ¡Quisiera poder hacer algo para poder remediar lo que hice!
— Quizá lo mejor
sería que pensaras antes de actuar —dijo, dándose la vuelta para regresar a la
casa—. Eso sería un buen principio.
Me quedé afuera,
llorando por un rato más. Definitivamente iba a costarme demasiado que mis
hermanos me perdonaran. ¿Y lo peor de todo? Ni siquiera pensaba en el juicio.
Solo podía pensar en que muy pronto me iban a separar de Edward.
Y la mera idea
trajo una nueva ronda de lágrimas y sollozos.
Siguiente capítulo
Bueno creo q soy la primera por aqui jeje pobre bella todo se complica
ResponderEliminarHola Nohemi!!! X fin una lectora de FF. La verdad es que no me extraña q no me comenten, en FF no me comentaban casi pero lo bueno esk veo k hay muxas visitas!! Besos
Eliminarjolin... pobrecillos... ays.. las hormonas¡¡¡ jaja... espero que el castigo no sea muy severo, y por encima de todo que les permitan estar juntos porque sino.... buf.
ResponderEliminarbueno... lo del castigo no podré decirte nada, solo puedo adelantar q veremos en primera persona como son los juicios celestiales XD
EliminarYa no vas a subir mas capis:(
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