5
Terrestre
Cuando
sonó la última campana, recogí mis libros y traté literalmente de
escapar, deseosa de evitar los pasillos atestados de gente. Ya me habían
dado bastante empujones por un día; ya me habían interrogado y
observado lo suficiente. A pesar de mis esfuerzos, no había tenido ni un
momento de tranquilidad; durante las horas libres parecía que Jessica y
Alice se me turnaran. Jessica me había arrastrado de aquí para allá
para presentarme a sus amigas, que me habían acribillado a preguntas
como autenticas ametralladoras; en cambio con Alice todo era mucho más
tranquilo. Me la había encontrado un par de veces, cuando había podido
escapar de Jessica y todas sus amigas que no recordaba ni sus nombres, y
nos habíamos dedicado a hablar animadamente. A pesar de todo había
llegado al final del día sin ningún contratiempo y eso ya me parecía un
motivo de satisfacción.Mientras esperaba a Jasper, Rosalie y yo nos entretuvimos frente a la verja de la entrada, guarecidas bajo la sombra de un abeto. Me recliné contra una de ellas y apoyé la cabeza en su superficie fresca e irregular. Me maravillaba la variedad de la vegetación terrestre. Mientras permanecíamos allí, observé a los alumnos que iban saliendo y se subían a las camionetas. Tiraban la mochila, se quitaban algunos la chaqueta y enseguida se veían mucho más relajados. Algunos iban al centro del pueblo, a reunirse en algún café o en sus locales favoritos.
Yo no estaba nada relajada: me sentía sobrecargada de información; la cabeza me zumbaba mientras intentaba ordenar todo lo que había observado en aquellas horas. Ni siquiera la energía inagotable con la que habíamos sido creados podía impedir la sensación de agotamiento que me estaba entrando. Lo único que deseaba era volver a casa y ponerme cómoda.
Divisé a Jasper bajando por la escalinata principal, seguido por un grupito de admiradores; la mayoría, chicas. Viendo el interés que había despertado, cualquiera habría dicho que era un personaje famoso. Las chicas siguieron tras él un buen trecho, aunque procurando que no se notara demasiado. A juzgar por su aspecto, Jasper se las había arreglado para mantener la compostura y el aplomo durante todo el día, aunque su manera de apretar la mandíbula y el aire algo alborotado de su pelo me decían que ya debía de tener ganas de volver a casa. Las chicas se quedaron con la palabra en la boca cuando se volvió a mirarlas. Conocía a mi hermano y deducía que, a pesar de su serenidad aparente, a él no le hacía gracia aquel tipo de atención .Parecía más avergonzado que halagado. Ya casi había llegado a la verja cuando una morenita de muy buena figura se tropezó delante de él, fingiendo con muy poca maña una caída accidental. Jasper la sujetó en sus brazos antes de que se fuera al suelo. Se oyeron algunos grititos admirados entre las chicas que había alrededor, y me pareció que algunas rabiaban de celos simplemente porque a ellas no se les había ocurrido la idea. Pero tampoco había mucho que envidiar: Jasper se limitó a sujetar a la chica para que no perdiera el equilibrio, recogió las cosas que se le habían caído de la mochila, volvió a tomar su propio maletín sin decir palabra y siguió caminando. No estaba haciéndose el antipático; sencillamente no veía la necesidad de decir nada. La chica se lo quedó mirando afligida y sus amigas se apresuraron a apiñarse alrededor, quizá con la esperanza de que se les pegara algo del glamour del momento.
— Pobrecito, ya tienes un club de admiradoras— le dije, dándole unas palmaditas en el brazo, mientras echábamos a caminar hacia casa.
— No soy el único -respondió Jasper— Tú tampoco has pasado inadvertida precisamente.
— Sí, pero nadie ha intentado hablar conmigo.— No quise contarle las miradas furtivas que habíamos mantenido Edward y yo durante la clase de gimnasio. Algo me decía que Jasper no lo vería con buenos ojos.
— Demos gracias, podría haber sido peor— añadió Rosalie para quitarle hierro al asunto.
Cuando llegamos a casa, les conté a Rosalie y Jasper nuestra jornada punto por punto. Jasper, que no había disfrutado ni mucho menos de cada detalle, permanecía en silencio. Rosalie reprimió una sonrisa cuando le expliqué la interesante conversación que había mantenido con un chico cuando íbamos a historia
— Los adolescentes pueden ser bastante poco sutiles en ocasiones-comentó, pensativa- Si no hablamos de los adultos aún hormonales
— Las chicas no son tan directas. Es muy interesante, ¿no te parece?
— A mí me parece que están todos muy perdidos — dijo Jasper- Me pregunto si alguno de ellos sabe realmente de qué va la vida. No se me había ocurrido que tendríamos que empezar de cero. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba- Se quedó en silencio y los tres recordamos la tarea épica que teníamos por delante.
— Ya sabíamos que no iba a ser fácil— murmuró Rosalie.- Es complicado juntarse con humanos, aunque yo ya he empezó bien- la sonrisa triunfadora de Rosalie me llamó la atención
-¿A qué te refieres?- preguntó Jasper antes de que yo pudiera hacerlo
-Pues hoy en enfermería ya he tenido el placer de conocer a tres de los Cullen
-Yo también- ignoraron mi comentario
-¿Así Rosalie? ¿Y qué te han parecido? ¿Nos pondrán las cosas fáciles?
-Ha sido muy interesante. A primera hora ha aparecido el protegido de Isabella, Edward, cojeando y apoyándose en su hermana, Alice, para no caerse. Ella se ha ido al minuto, pero él se ha quedado hasta la hora del almuerzo. Creo que intentaba saltarse clases- se rió de un modo muy peculiar
- Eso significa que tienes más trabajo del que pensábamos Isabella- añadió serio Jasper
-Ya, bueno, yo t-
-Y después del almuerzo- Rosalie me interrumpió. Entrelacé los párpados, algo cansada de que no se me tomara en cuenta en las conversaciones- He recibido la visita de mi protegido, Emmett. Al parecer venía para darme la bienvenida al instituto
- Eso es fantástico- comenté esperanzada de que me oyeran
- Si, tienes razón Isabella- un punto para Rosalie- Pero no me ha gustado mucho como me miraba; ha recorrido todo mi cuerpo con los ojos para luego sonreírme pícaramente. No sé que pensar
-No te preocupes Rosalie- le tranquilizó Jasper- Yo también he conocido a Emmett hoy; muy jovial y poco serio para su edad, creo yo- rodé los ojos con sorna
- A mi me parece muy divertido- sonreí y cuando noté que me prestaban atención proseguí- Yo también he conocido hoy a los tres Cullen. Me parecen muy simpáticos y me he sentado con Alice en el almuerzo, y en cambio Edward y Emmett me los he encontrado en gimnasia.
-¿Qué te dije sobre lo de hablar con Edward en el almuerzo? Deberías haber t-
-No estaba Jasper, Edward ya se había marchado para cuando yo llegué. Si no me hubieras entretenido tanto hubiera podido hablarle- dijo indignada. Jasper me miró con el ceño fruncido
-Isabella, háblame con más respeto- me exigió
-Lo lamento Jasper, pero no pienso que sea justo que me menospreciéis.
-Yo no te menospr- Jasper fue interrumpido por la firme coz de Rosalie
-¡Parad! Aquí estamos los tres por igual para llevar por el buen camino a los Cullen. Cada uno tiene una forma diferente de trabajar, ¿de acuerdo?. Si Isabella cree apropiado juntarse con los dos Cullen por igual para luego lograr su propósito, pues que así sea. Y si ella no quiere hacerlo como tú quieres, Jasper, tienes que dejarla. Yo, por mi lado, voy a sonreír a Emmett siempre que venga, creo que le he agradado. Así que Jasper, mañana búscate alguna otra compañía para comer, ya que yo lo haré.
- No hace falta que nos regañes Rosalie, solo me he indispuesto por unos minutos- se pasó la mano por los cabellos y luego nos sonrió.
Nos quedamos los tres callados, sumergidos en nuestros pensamientos
— Bueno, yo he hecho una amiga hoy aparte de Alice— anuncié, más que nada para aligerar un poco el ánimo depresivo que se estaba adueñando de todos. Lo dije como si fuera un logro de gran importancia, pero ellos me miraron con aquella mezcla consabida de inquietud y censura.
— ¿Tiene algo de malo?— añadí a la defensiva— ¿Es que no puedo hacer amistades? Creía que la idea era justamente mezclarse con la gente.
— Una cosa es mezclarse y otra... ¿Te das cuenta de que las amigas requieren tiempo y energía?— dijo Jasper— Porque ellas querrán apegarse.
— ¿En el sentido de fundirse físicamente?— pregunté, perpleja.
— No. Me refiero a que querrán tener una relación más estrecha en el sentido emocional— me explicó mi hermano— Las relaciones humanas pueden llegar a unos extremos de intimidad antinaturales. Eso nunca lo entenderé.
— También pueden representar una distracción — se sintió obligada a añadir Rosalie, pero tampoco muy convencida
— Sin olvidar que la amistad siempre entraña ciertas expectativas. Procura elegir con cuidado.
— ¿Qué clase de expectativas?
-Las amistades humanas se basan en la confianza. Los amigos comparten sus problemas, intercambian confidencias y...
Fue perdiendo impulso a medida que hablaba hasta que se interrumpió. Sacudió su cabeza dorada y le pidió ayuda a Jasper con la mirada.
— Lo que Rosalie quiere decir es que cualquiera que se haga amiga tuya empezará a hacer preguntas y a esperar respuestas— dijo Jasper— Querrá formar parte de tu vida, lo cual es peligroso.
-Bueno, muchas gracias por el voto de confianza. Tú misma habías dicho que teníais que confiar más en mi; Ya veo cuanto lo hacéis— repliqué, indignada— Sabéis que no haría nada que pudiera poner en peligro la misión. ¿Tan estúpida creéis que soy?
Me gustó contemplar las miradas culpables que cruzaron. Yo quizás era más joven y menos experimentada que ellos, pero eso no les daba derecho a tratarme como a una idiota.
— No, no lo creemos— dijo Jasper, conciliador— Y naturalmente que confiamos en ti. Sólo queremos evitar que las cosas se compliquen.
— Descuida — dije— Pero aun así deseo experimentar lo que es la vida de una adolescente,
— Hemos de tener cuidado.— Alargó el brazo y me dio un apretón en la mano— Nos han confiado una tarea que es mucho más importante que nuestros deseos individuales.
Dicho así, parecía que tuviese razón. ¿Por qué habría de ser siempre tan sabio y tan irritante? ¿Y por qué resultaba imposible seguir enfadada con él?
-o-
En
la casa me sentía mucho más relajada. Habíamos conseguido hacerla
nuestra en muy poco tiempo. Estábamos manifestando un rasgo típicamente
humano—personalizar un espacio específico e identificarse con él— y la
verdad, después del día que habíamos pasado, aquel lugar me resultaba
como un santuario. Incluso Jasper, aunque se habría resistido a
reconocerlo, empezaba a sentirse a gusto allí. Raramente no molestaba
nadie llamando al timbre (la imponente fachada debía de amedrentar a los
visitantes), así que, una vez en casa, teníamos toda la libertad para
hacer lo que nos apeteciera.Aunque a lo largo del día había tenido tantas ganas de volver ahora no sabía qué hacer con mi tiempo. Para Jasper y Rosalie no había problema. Ellos siempre estaban absortos leyendo un libro, o tocando el piano de media cola, o preparando algo en la cocina con los brazos hasta el codo de harina. Yo no tenía ninguna afición y no hacía más que deambular por la casa. Decidí concentrarme un rato en las tareas domésticas. Saqué un montón de ropa lavada y la doblé. El ambiente se notaba algo cargado porque la casa había estado cerrada todo el día, así que abrí algunas ventanas mientras me dedicaba a ordenar un poco la mesa del comedor. Recogí unas espigas muy aromáticas del patio y las coloqué en un esbelto jarrón. Advertí que había un montón de propaganda en el buzón y me hice una nota mental para comprar uno de esos adhesivos de «No se acepta correo comercial» que había visto en otros buzones de la calle. Eché una ojeada a un folleto antes de tirarlo todo a la basura y vi que habían abierto en el pueblo una nueva tienda de deportes. Se llamaba, con escasa originalidad, Newton' s Sports Mart, y el folleto anunciaba las ofertas de inauguración. A lo mejor sería buena idea para socializarme conseguir un empleo, como todo adolescente normal
Me sentía extraña realizando todas aquellas tareas corrientes cuando toda mi existencia estaba muy lejos de serlo. Me pregunte qué andarían haciendo en ese momento las demás chicas de diecisiete años: quizás ordenando sus habitaciones ante el ultimátum exasperarlo de sus padres; o escuchando a sus grupos favoritos en un iPod; o enviándose mensajes de texto y haciendo planes para el fin de semana; o revisando su correo electrónico... Cualquier cosa, en lugar de estudiar.
Nos habían puestos deberes en tres materias al menos y yo me los había anotado con diligencia en mi diario escolar, a diferencia de la mayoría de mis compañeros, que parecían confiar alegremente en su memoria. Me dije que debería empezar ya para tenerlos al día siguiente, pero sabía que apenas me llevaría tiempo hacerlos y que difícilmente iban a plantearme un gran esfuerzo intelectual. Vamos, que estaban chupados. Seguro que me sabría la respuesta a todas las preguntas, es que la idea deponerme maquinalmente a hacer los deberes me parecía una pérdida de tiempo. Aun así, arrastré con desgana la mochila a mi habitación.
A mí me había tocado la del desván, que quedaba en lo alto de la escalera y miraba al mar. Incluso con las ventanas cerradas se oía el rítmico sonido de las olas rompiendo contra las rocas a lo lejos. Había un estrecho balcón con una balaustrada de rejilla, una silla de mimbre y una mesita, desde donde se veían las barcas cabeceando en el agua. Me senté un rato allí con el rotulador en la mano y el libro de psicología delante, abierto por una página con el epígrafe «Respuesta galvánica de la piel».
Necesitaba mantener ocupada mi mente, aunque sólo fuera para dejar de pensar en mis encuentros con mi protegido. Era como si lo tuviese presente todo el rato: sus ojos penetrantes, su chaqueta de cuero. Las palabras de Jessica no dejaban de resonar en mi interior: «Yo, de ti, no iría a por él... Lleva demasiado lastre encima». Me preguntaba por qué me sentía tan intrigada, y por mucho que trataba de quitármelo de la cabeza, no lo conseguía. Me obligaba a pensar en otras cosas, pero pasaba un rato y allí lo tenía otra vez: su rostro flotaba en la página que trataba de leer; la imagen de su muñeca con aquel cordón de cuero trenzado interrumpía mis pensamientos. Me habría gustado saber cómo era Tanya; y cómo te sentías al perder a una persona que amabas.
Fingí que ordenaba un poco la habitación antes de bajar a la cocina y ofrecerle mi ayuda a Jasper para preparar la cena. Él seguía sorprendiéndonos a Rosalie y a mí con aquella dedicación abnegada a la tarea de cocinar para todos. En parte lo hacía para mimarnos, pero también porque le parecía fascinante manipular y cocinar los alimentos. Como la música, aquello le proporcionaba un desahogo creativo. Cuando entré estaba de pie junto a la mesa de mármol blanco, limpiando un surtido de setas con un trapo a cuadros. De vez en cuando fruncía el ceño y consultaba un libro de cocina apoyado en un atril metálico. Había puesto en remojo, en un cuenco pequeño, unos trozos de una cosa que parecía corteza oscura. Leí por encima de su hombro el nombre de la receta: risotto de setas. Parecía algo ambicioso para un principiante, pero enseguida tuve que recordarme a mí misma que él era Jasper, el arcángel, y que siempre destacaba en todo aunque no tuviera práctica.
— Espero que te gusten las setas— dijo, viendo mi expresión de curiosidad.
-Me figuro que estamos a punto de descubrirlo— respondí, sentándome a la mesa.
Me gustaba mirarlo trabajar y siempre me asombraba la destreza y la precisión de sus movimientos. En sus manos, las cosas más corrientes parecían transformarse. La transición de ángel a humano había sido mucho menos brusca para Jasper y Rosalie; ellos parecían ajenos a las trivialidades cotidianas, pero al mismo tiempo daban la impresión de saber muy bien lo que se hacían. Además, se habían acostumbrado en el Reino a percibirse mutuamente y habían conservado esa facultad durante nuestra misión. Yo les resultaba mucho más difícil de descifrar, y eso les preocupaba.
— ¿Te apetece un té?— le dije, deseosa de colaborar-¿Dónde está Rosalie?
Justo en ese momento entró ella en la cocina, con unos pantalones de lino, una camiseta sin mangas y el pelo todavía húmedo de la ducha. Había algo diferente en su aspecto: ya no tenía el mismo aire soñador de antes y me pareció ver una expresión decidida en su rostro. Daba la impresión de tener otras cosas en la cabeza, porque en cuanto le serví el té, se excusó y salió de nuevo. La había visto aquella tarde, además, escribiendo una página tras otra en su cuaderno.
— ¿Le pasa algo?— le pregunté a Jasper.
-Sólo pretende que las cosas sigan avanzando. Está investigando cada uno de los pasos de los Cullen en sus numerosas mudanzas— respondió.
No tenía ni idea de cómo pensaba Rosalie lograr una cosa así, pero envidiaba su manera de marcarse objetivos. ¿Cuándo descubriría yo la mía? ¿Cuándo tendría satisfacción de saber que había hecho algo que valiera la pena?
— ¿Y cómo va a conseguirlo?
-Ya sabes que a tu hermana nunca le faltan ideas. Seguro que se le ocurrirá algo.
¿Se estaría haciendo el misterioso? ¿No se daba cuenta de que me sentía totalmente perdida?
— ¿Y yo qué debería hacer?— pregunté, aunque me salió un tornillo irascible que yo misma aborrecía.
-Ya se te ocurrirá— dijo— Date tiempo. ¿No decías que querías experimentar lo que es ser un adolescente?— Me dirigió una sonrisa animosa, disolviendo como de costumbre todo mi malestar.
Eché un vistazo al cuenco donde había aquellas tiras negras flotando en un líquido turbio.
— ¿Esta corteza forma parte de la receta?
— Son setas porcini. Hay que ponerlas en remojo antes de cocinarlas.
— Mmm... parecen deliciosas- mentí.
-Se consideran un manjar. No te preocupes, te encantarán.
Le pasé una taza de té y seguí observándolo para entretenerme. Sofoqué un grito cuando el afilado cuchillo que estaba usando se le escapó y le hizo un corte en la punta del dedo índice. La visión de la sangre me sobresaltó, como un recordatorio alarmante de la vulnerable naturaleza de nuestros cuerpos. Aquella sangre cálida y escarlata era tan humana que resultaba muy extraño verla brotar de la piel de mi hermano. Pero Jasper ni siquiera se había estremecido. Simplemente se llevó el dedo a los labios y, cuando lo retiró, ya no quedaba ni rastro de la herida. Se lavó las manos con el dispensador de jabón del fregadero y continuó cortando meticulosamente.
Tomé un trozo del apio que iba a formar parte de la ensalada y lo mastiqué, abstraída. La gracia del apio, pensé, debía de estar en la textura más que en el sabor, porque a decir verdad no tenía mucho gusto, aunque resultaba crujiente. Por qué lo comía la gente voluntariamente no me cabía en la cabeza, dejando aparte su valor nutritivo. Una buena nutrición implicaba un cuerpo más sano y también una vida más larga. Los humanos le tenían un miedo exagerado a la muerte, aunque no podía esperarse otra cosa dada su ignorancia sobre lo que venía después. Ya descubrirían a su debido tiempo que no había nada que temer.
La cena de Jasper resultó, como siempre, un éxito. Incluso Rosalie, que no disfrutaba realmente de la comida, se quedó impresionada.
— Otro gran triunfo culinario— dijo después del primer bocado.
-Un sabor increíble— añadí por mi parte.
La comida era otra de las maravillas que ofrecía la vida terrenal. No dejaba de asombrarme que cada alimento pudiera tener una textura y un sabor tan distinto-amargo, agrio, salado, cremoso, ácido, dulce, picante— e incluso a veces más de uno al mismo tiempo. Algunos alimentos me gustaban y otros me daban ganas de enjuagarme la boca, pero todos resultaban una experiencia única.
Jasper despachó con modestia nuestros elogios y la conversación versó una vez más sobre las novedades de la jornada.
— Bueno, un día menos. Creo que ha ido bastante bien, aunque no me esperaba encontrar tantos estudiantes de historia.
— No te sorprendas si muchas experimentan un repentino interés por la historia después de verte— dijo Rosalie, sonriendo.
— Bueno, al menos eso me proporciona un material con el que trabajar— respondió Jasper
— Si son capaces de ver la belleza de la historia, también serán capaces de descubrirla en los demás e incluso en el mundo- Rosalie le animó
— ¿Pero no te aburres en clase?— le pregunté— Quiero decir, tú ya tienes acceso a todo el conocimiento humano.
-Supongo que él no se concentra en el contenido— dijo Rosalie— Más bien trata de captar otras cosas.
A veces mi hermana tenía una manera irritante de hablar con acertijos, como si esperase que todo el mundo la entendiera.
-Bueno, yo sí me he aburrido— insistí — Sobre todo en cálculo. He llegado a la conclusión de que no es lo mío.
Mi manera de decirlo le arrancó a Jasper una risita gutural.
— Bueno habrá que descubrir qué es lo tuyo. Ve probando, a ver cuál te gusta más.
— Me gusta la literatura— dije— Hemos empezado a ver la adaptación al cine de Romeo y Julieta.
No se lo expliqué a ellos, pero la verdad era que aquella historia de amor me fascinaba. El hecho de que los dos protagonistas quedaran tan profunda e irrevocablemente enamorados después de su primer encuentro me había provocado una gran curiosidad por saber lo que debía de sentirse en el amor humano.
— ¿Qué te ha parecido?— preguntó Rosalie.
— Es impresionante. Aunque la profesora se ha puesto furiosa cuando uno de los chicos ha hecho un comentario sobre la señora Capuleto.
— ¿Qué ha dicho?
— Ha dicho que era una MQMF, cosa que debe de ser ofensiva porque la señorita Castle lo ha llamado gamberro y lo ha sacado de la clase. Jasper, ¿qué es una MQMF?- Rosalie sofocó la risa tapándose la boca con una servilleta, mientras Jasper reaccionaba de un modo que nunca le había visto. Se puso como la grana y se removió incómodo en su silla.
— Son las siglas de una obscenidad de adolescentes, me imagino— musitó.
— Ya, pero ¿qué significa? -Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas.
— Es un término que usan los adolescentes varones para describir a una mujer que es madre y, al mismo tiempo, atractiva- Carraspeó y se levantó a toda prisa para rellenarla jarra de agua.
— Seguro que esas iniciales significan algo— insistí.
— Sí — respondió Jasper— ¿Tú te acuerdas, Rosalie?
— Creo que significa «madre que me... fascina»— dijo mi hermana.
— ¿Sólo eso?— exclamé— Tanto alboroto por nada. La verdad, creo que la señorita Castle debería relajarse un poquito.
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