Imagenes del blog

martes, 3 de julio de 2012

"Divina Tentación" Cap.6


6
Pequeños milagros
Una vez terminada la cena y lavados los platos, Jasper salió a la terraza con un libro, aunque empezaba a oscurecer, mientras Rosalie seguía limpiando y fregando superficies que ya se veían inmaculadas. Estaba empezando a volverse obsesiva en su afán de limpieza, pero tal vez fuese su manera de sentirse más cerca de nuestro hogar. Yo abarqué el salón con una mirada buscando algo quehacer. En el Reino, el tiempo no existía y por tanto no hacía falta llenarlo de ninguna manera. Encontrar cosas que hacer, en cambio, era muy importante en la Tierra; era lo que le daba un propósito a la vida. Jasper debió de detectar mi inquietud porque pareció desechar enseguida la idea de leer y se asomó por la puerta.
— ¿Por qué no salimos todos a dar un paseo y mirar la puesta de sol? — nos propuso.
— Magnífica idea. — Me sentí animada en el acto— ¿Vienes, Rosalie?
— Primero voy a buscar algo de ropa para abrigarnos todos — dijo de un modo protector— Hace mucho frío por la noche.
Puse los ojos en blanco ante su exceso de precaución. Yo era la única que sentía el frío y ya me había puesto mi abrigo. En sus visitas anteriores, Rosalie y Jasper habían adaptado sus cuerpos para mantener una temperatura normal; a mí aún me faltaba mucho para habituarme.
— Pero si ni siquiera vas a notar el frío — objeté.
— Ésa no es la cuestión. Podrían vernos y darse cuenta de que no lo sentimos, y llamaríamos la atención.— Rosalie, como siempre, tiene razón
Mejor no arriesgarse- dijo Jasper
Subió arriba y regresó enseguida con dos abrigos. Nuestra casa estaba situada en lo alto de la cuesta, de manera que para llegar a la playa teníamos que zigzaguear por una serie de peldaños de madera cubiertos de arena. Era una escalera tan estrecha que teníamos que caminar en fila india. Yo no dejaba de pensar que habría sido mucho más cómodo desplegar las alas y descender planeando a la playa. No se me ocurrió decírselo ni a Jasper ni a Rosalie, porque ya sabía que me echarían un discursito en cuanto lo insinuara. Ya entendía lo peligroso que habría sido volar en nuestras circunstancias, no hacía falta que me lo explicaran. Habría sido un método infalible de que se descubriera nuestra tapadera. Así pues, tuvimos que recorrer aquellos peldaños para mortales— los ciento setenta— antes de llegar a la orilla del mar.
Me quité los zapatos para disfrutar el contacto de las sedosas partículas bajo mis pies. En la Tierra había infinidad de cosas en las que reparar. Hasta la arena era compleja; cambiaba de color y de textura, y era casi iridiscente allí donde daba el sol. Aparte de la arena, advertí que la playa albergaba otros modestos tesoros: caparazones nacarados, fragmentos de vidrio pulidos por el oleaje, alguna sandalia medio enterrada o una pala abandonada, y unos diminutos cangrejos blancos que entraban y salían a toda prisa por los orificios de las rocas encharcadas.
Estar tan cerca del océano era estimulante para los sentidos; parecía rugir como un ser vivo, llenándome la mente con un rumor que se apagaba y volvía a alzarse inesperadamente. El estruendo casi me ensordecía, y el aire fresco y salado me picaba en la garganta y la nariz. El viento me azotaba las mejillas y me las dejaba rosadas v medio escocidas. Pero yo empezaba a amar cada minuto que pasaba allí. Cada instante de la existencia humana parecía traer una nueva experiencia.
Caminamos por la orilla perseguidos por la espuma de la marea, que va empezaba a subir. A pesar de la decisión que había tomado de aprender a controlarme más, no pude resistir el impulso de salpicar a Rosalie con el pie. La miré para ver si se había enfadado, pero ella se limitó a comprobar que Jasper seguía muy adelantado para enterarse y luego pasó al contraataque. Su patada envió por el aire un arco de espuma, que se derramó como una lluvia de rubís sobre mi cabeza.
Jasper se volvió al oírnos reír y meneó la cabeza con asombro ante nuestras travesuras. Rosalie me guiñó un ojo, haciendo un gesto hacia él. Comprendí lo que tenía en mente y obedecí con mucho gusto. Jasper apenas pareció notar mi peso cuando salté sobre su espalda y le rodeé el cuello con los brazos; echó a correr por la playa a tal velocidad que el viento me zumbaba en los oídos. Allí subida volvía a sentirme como mi antiguo ser: como si estuviera más cerca del Cielo. Casi como si volara.
Jasper frenó bruscamente y, mientras yo me soltaba y aterrizaba en la arena húmeda, recogió unas algas viscosas, se las lanzó a Rosalie y le dio en toda la cara. Ella escupió al notar aquellos filamentos salados y amargos en la boca.
— Espera y verás— farfulló— ¡Te vas a arrepentir!
-No lo creo— se mofó Jasper— Primero habrás de pillarme.
Durante el crepúsculo aún se veían algunas personas en la playa principal tomando los últimos rayos de sol ames de que se levantara, como había predicho Rosalie, el viento gélido de la noche, o simplemente disfrutando de una cena de picnic. Una madre y una niña recogían ya sus cosas cerca de donde estábamos. De repente la niña, que no debía de tener más de cinco o seis años, corrió hacia su madre llorando. Se le veía una roncha en su bracito regordete, seguramente una picadura de insecto que se le había inflamado al rascarse. Aún lloraba con más fuerza mientras la madre hurgaba en su bolsa, buscando alguna pomada. Al final sacó un tubo de gel de aloe vera, pero no acertaba a calmar a su hija para aplicársela. La mujer pareció aliviada cuando Rosalie se acercó para echarle una mano.
— Qué picadura más fea— ronroneó suavemente.
El sonido de su voz serenó en el acto a la criatura, que alzó la vista y la miró como si la conociera de toda la vida. Rosalie abrió el tubo y le puso un poco de pomada en la piel inflamada.
-Esto te aliviará— dijo.
La niña la observaba maravillada, y noté que enfocaba la mirada. Un poco por encima de su cabeza, hacia donde estaba su halo. Normalmente sólo era visible para nosotros. ¿Sería posible que la pequeña, con la conciencia aguzada de los niños, hubiera percibido la aureola de Rosalie?
— ¿Ya te sientes mejor?— le preguntó sonriente.
-Mucho mejor — asintió la niñita— ¿Has hecho magia?
Rosalie se echó a reír.
— Tengo un toque mágico, pero sobre todo ser enfermera ayuda.-le guiñó un ojo
— Gracias por su ayuda— dijo la joven madre mientras miraba desconcertada cómo se desvanecía ante sus ojos la marea y la hinchazón del bracito de su hija, hasta que no quedó más que una piel suave e impecable — Esto sí que funciona.
-De nada— dijo Rosalie— Son increíbles las cosas que consigue la ciencia hoy en día.
Sin entretenernos, seguimos por la playa hacia el pueblo. Cuando llegamos a la calle principal ya eran las nueve, pero aún se veía gente aunque fuese un día laborable. El centro era muy pintoresco. Estaba lleno de tiendas de antigüedades y de cafés donde te servían té y pasteles glaseados con juegos de porcelana desparejados. Todas las tiendas habían cerrado ya, salvo el único pub del pueblo y la heladería.
Apenas habíamos dado unos pasos cuando oí que alguien me llamaba alzando la voz, porque justo en la esquina había un cantante tocando el banjo.
-¡Bells! ¡Aquí!
Al principio no estaba segura de que la cosa fuera conmigo. A mí nunca me habían llamado Bells. El nombre que me habían asignado en el Reino era Isabella y nadie, excepto algunas personas en el instituto hoy, me lo había abreviado nunca. Pero había cierto matiz íntimo en «Bells» que me gustó.
Rosalie y Jasper se quedaron de piedra. Cuando me giré, vi a Alice sentada con su hermano en un banco, y unas personas al alrededor de ellos, aunque no parecía que estuvieran en su compañía, delante de la heladería. Alice iba con un vestido precioso, sin mangas pero que parecía bastante abrigado, bastante apropiado para el tiempo que hacía. Alice agitaba su mano con entusiasmo y me hacía señas para que me acercara.
Miré vacilante a Rosalie y Jasper. No parecían muy contentos. Aquél era precisamente el tipo de interacción que ellos querían evitar y advertí que Rosalie se había puesto toda rígida ante el alboroto que había armado Alice. Pero tanto Rosalie como Jasper sabían que pasar con todo descaro de ella contravenía las leyes más elementales de cortesía
— ¿No vas a presentarnos a tu amiga, Isabella? Aunque ya la conozcamos, no es oficial aún— dijo Rosalie
Me puso una mano en el hombro y me acompañó hasta donde se encontraba Alice y Edward. Una de las personas que acompañaban a Alice y Edward era un surfista que se quedó examinando a Rosalie con la boca abierta y unos ojos como platos que absorbían unías las simetrías de su cuerpo. Edward me miraban sonriente pero algo cortado, seguro que por la expresión de dureza de Jasper. Y Alice cuando vio de cerca a mis hermanos adoptó exactamente la misma expresión maravillada que ya había visto todo el día en el colegio, pero aún más al ver a Jasper.
Esperé a que dijese algo, pero se había quedado muda y solo me pudo esbozar una sonrisa vacilante.
— Alice, Edward, ésta es Rosalie, mi hermana; y éste mi hermano Jasper- le guiñé a Alice un ojo sin que ellos lo vieran
Sus ojos pasaban del uno a la otra, y sólo acertó a tartamudear un «hola». Jasper la saludó como saludaba a todas las personas, o sea, con una educación impecable y una expresión amistosa pero distante, ya que se suponía que era su maestro, aunque a la vez su protector.
-Encantado de conoceros fuera del aula, Alice, Edward— dijo sonriéndola de un modo que Alice se ruborizó.
Rosalie fue más cálida y le dirigió a Alice y a Edward una sonrisa amable.
-Isabella no ha parado de hablar sobre ti, Alice.
Unos gritos estridentes interrumpieron aquel momento de incomodidad. El jaleo venía de un grupo de jóvenes fornidos que salían del pub tan completamente borrachos que ni siquiera se daban cuenta del ruido que hacían; o les daba lo mismo. Dos de ellos se habían encarado y se movían en círculo con los puños apretados y la cara contraída. Era evidente que estaba apunto de armarse una reyerta. Algunas de las personas que se habían tomado un café en la tenaza se apresuraron a refugiarse dentro. Jasper se adelantó y nos dejó a lastres a su espalda para protegernos. De repente sentí unas manos cálidas en cada uno de mis hombros. Giré la cabeza y vi la cara preocupada de Edward; nunca antes lo había tenido tan cerca. Él al notar mi mirada me sonrió pero al segundo puso su atención en la pelea.
Uno de los jóvenes, un tipo sin afeitar con el pelo oscuro y desgreñado, lanzó el primer golpe. Se oyó un crujido cuando el puño impactó contra la mandíbula de su contrincante. El otro se abalanzó sobre él y lo derribó al suelo mientras sus demás compañeros los jaleaban. En el rostro habitualmente impasible de Jasper apareció una expresión de repugnancia. Nos dejó allí atrás y avanzó a grandes zancadas hacia el centro de la refriega.
Algunos mirones lo observaron perplejos, sin duda preguntándose qué pretendía. Jasper agarró al moreno y lo levantó con una facilidad asombrosa, teniendo en cuenta lo que debía de pesar. Luego le dio la mano a su compañero, que tenía el labio hinchado y ensangrentado, lo ayudó a ponerse de pie y se interpuso entre ambos. Uno de ellos intentó darle un puñetazo, pero Jasper, impertérrito, interceptó el golpe en el aire. Enfurecidos por su intervención, los dos jóvenes unieron sus fuerzas y volcaron sobre él toda su furia. Se pusieron a lanzarle puñetazos a lo loco, pero sus golpes fallaron uno tras otro a pesar de que Jasper ni siquiera se había movido. Al final, acabaron cansándose y se desplomaron los dos en el suelo, jadeando por el esfuerzo.
-Idos a casa— les dijo Jasper con una voz que resonaba como un trueno.
Era la primera vez que les dirigía la palabra y la autoridad de su tono pareció despejarlos instantáneamente. Se demoraron unos instantes, como decidiendo qué hacían y se alejaron tambaleantes, ayudados por sus amigos y todavía soltando maldiciones entre dientes.
-Uau, ha sido alucinante— dijo Alice, con los ojos brillantes, cuando Jasper regresó a nuestro lado— ¿Cómo lo has hecho?
Jasper se desentendió por completo.
-Soy pacifista— dijo— No hay nada bueno en la violencia
Tras un silencio algo incómodo, y yo aún notando las manos protectoras de Edward en mis hombros, la amabilidad de Alice surgió por fin
-Esto... ¿podría Bella quedarse un rato con nosotros?— preguntó esperanzada
Dirigí una mirada de súplica tanto a Rosalie como a Jasper, intentando que con la mirada comprendieran que sería favorable para conocer mejor a Edward y obtener más información sobre Alice para Jasper. Aunque en realidad lo único que deseaba era poder comportarme como una adolescente normal y pasar un rato con ellos
-No creo que sea una mala idea que Isabella esté un rato con sus amigos; nosotros podríamos regresar ya a casa y luego nos puede alcanzar- propuso Rosalie, mirando a Jasper. ¡Otro punto para ella!
Jasper me miró durante unos segundos, hasta al final asentir con la cabeza
-De acuerdo, pero no tardes demasiado
Y con esto los dos se dieron la vuelta y retomaron el camino de vuelta a casa
-El helado de menta con chocolate está de muerte. Mira, Bells, prueba un poco...
Antes de que pudiera poner alguna objeción, se acercó y me puso la cucharilla en la boca. Una cosa fría y escurridiza se me empezó a disolver en la lengua. Parecía transformarse rápidamente y perder su consistencia aterciopelada para convertirse en un líquido que se me escurría por la garganta. Estaba tan helado que me daba dolor de cabeza, y me lo tragué tan deprisa como pude.
— Es fantástico aunque…
-Empalagoso, ¿verdad?- la voz de Edward llamó mi atención
Asentí con una sonrisa tímida, bajando la mirada notando el sonrojo en mis mejillas
-Yo sinceramente prefiero algo más simple, como el helado de chocolate blanco
-¡Genial, ahora mi hermano y mi mejor amiga están contra mí! ¡Conspiradores, que sois unos conspiradores!- Alice se sentó enfurruñada y con un puchero en sus labios en el banco.
Miré con tristeza a Alice, sintiéndome culpable; pero la carcajada de Edward me sobresaltó. Se sentó a su lado y le rodeó los hombros con un brazo
-Mi pequeña Alice, nadie está conspirando contra ti. Solo es que Bella y yo tenemos gustos parecidos- la sonrisa de Edward se me pegó
Alice levantó la vista y nos miró a Edward y a mí. Una sonrisa que no sabía identificar se apoderó de ella, haciéndome hasta peligrar. Saltó del banco y corrió hasta abrazarme. Tras soltarme me miró ilusionada
-¡Voy a comprarte un helado de chocolate blanco!- antes de poder objetar nada salió corriendo a la heladería
Edward se acercó a mí y me sonrió divertido
-Te lo he dicho, sé perfectamente como alegrar a mi hermana- le sonreí tímidamente, algo abrumada de nuevo por su cercanía pero sintiéndome cómoda — ¿De verdad te gusta el helado de chocolate blanco? Si quieres voy a buscarte...
-No tranquilo, m-me gusta — dije ruborizada por su atención
-Me alegro, porque conociendo a mi hermana te traerá el cucurucho más caro y grande que encuentre- le miré con los ojos como platos- Pero no te preocupes, si quieres te ayudo a comértelo
-Me encantaría
Nos quedamos en un silencio, pero que no era incómodo, más bien necesario. Nos sentamos juntos de nuevo en el banco y como si estar cerca encendiera un interruptor, la conversación entre nosotros renació.
No sé cuanto tiempo estuvimos hablando, él haciéndome reír y yo, por raro que parezca, haciéndole reír a él también, pero no me importaba ya que la compañía de Edward era genial
-¡Ey Bella!- la voz de Alice nos hizo salir de nuestra propia burbuja para verla correr hacia nosotros con un gran cucurucho de helado
-Te lo advertí- me susurró Edward haciéndome sonreír
Cuando Alice llegó a nuestra posición, se nos quedó mirando para luego sentarse a mi lado y pasarme la gran copa de helado
-Espero que sea el que te gusta, había más sabores pero como has coincidido con mi hermano en el gusto de helados…- levantó una ceja sonriéndome.
Miré a Edward esperando que él si entendiera a que se refería, pero me sorprendió no verle. Paseé la vista y lo encontré a unos metros de distancia, hablando por teléfono
-Sí, es el que me gusta, gracias Alice
-Fantástico- se quedó pensativa durante unos minutos y yo me dediqué a tomar poco a poco mi helado- ¡No lo soporto más!
-¿Qué sucede?
-Te gusta Edward- no me lo preguntó, lo afirmó
-¿T-tu hermano? ¿Por qué crees que me gusta tu hermano?- como si fuera posible que hubiera amor entre un ángel y su protegido pensé
-En como os miráis, en qué Edward ha estado ausente toda la tarde, en qué tú te sonrojas con cada mirada que te da él…¿Quieres qué continúe?
-No hace falta; pero estás equivocada. A mi n-no- no podía decirlo, por alguna extraña razón no podía decir que Edward no me gustaba
-¡Anda Bells! ¡Soy tu amiga! Yo te he contado que a primera vista me he enamorado de tu hermano; es nuestro maestro de historia y ronda los veinte algo, y aún así estoy enamorada de él. Creo que si tu admites lo mismo por mi hermano no sería tan fuerte como lo mío. Tú me has prometido ayudarme, yo puedo hacer lo mismo por- la corté tapándole la boca con la mano
-Alice, yo no estoy segura de que siento por tu hermano, ¿de acuerdo? Yo-yo… nunca me ha gustado nadie y… no sé que se siente- bajé la mirada. ¿Por qué me había sentido tan… bien al decirle a Alice?
-Pues yo creo que- la voz de Edward nos interrumpió
-Alice, tenemos que volver a casa
-¿Por qué? Estoy hablando con Bella de algo importante
-Sí, eso ya lo veo, pero papá nos quiere en casa ya. Al parecer Emmett quiere otra de sus numerosas reuniones familiares- rodaron los ojos los dos a la vez, haciéndome sonreír por los pequeños detalles que demostraban que eran hermanos
Para Edward, mi sonrisa no pasó desapercibida ya que sonrió de vuelta y me miró. Me mordí el labio inferior, demostrando lo nerviosa que me sentía y miré a Alice; a ver si así él no notaba mi sonrojo
-Vallamos a casa pues. Eh, espera, casi se me olvida: tengo una cosa para ti Bells …- rebuscó algo entre su bolso y sacó una pulsera de colores- Mira, he encontrado esto mientras paseaba con Edward por el puerto y… bueno… como ya somos amigas he pensado que podríamos llevarlas a juego
Me mostró su brazo derecho, en el cual claramente sobresalía una preciosa pulsera igual a la que me quería dar
-Es preciosa Alice, gracias- tartamudeé. Era el primer regalo terrenal que recibía y me sentí conmovida por su gentileza. Con una señal me hizo extenderle el brazo para ponérmela
-Me alegra que te guste- se levantó y me abrazo y un beso en la mejilla derecha- Nos vemos mañana, Bella
-Hasta mañana Bella- se despidió Edward, para después acercárseme y darme un beso en la mejilla izquierda
Vi como los dos se alejaban, y necesité unos minutos más antes de poder levantarme siquiera. En cada mejilla aun sentía el beso de cada uno; pero en la que me quemaba era en la izquierda, donde Edward me había besado
No tardé demasiado en llegar a casa, y no hubo comentarios sobre Alice y Edward, aunque advertí que Rosalie y Jasper se miraban varias veces de modo significativo.
Pero estaba demasiado cansada para descifrar qué querían decir. Mientras me preparaba para acostarme, me miré en el espejo del baño, que ocupaba toda una pared. Me había costado un poco acostumbrarme. Poder ver qué aspecto tenía era nuevo para mí. En el Reino veías a los demás, pero nunca tu propia imagen. A veces captabas un instante tu reflejo en los ojos de otro, pero incluso entonces no pasaba de ser algo muy borroso, como el boceto de un pintor todavía sin color ni detalles. Poseer forma humana implicaba que ese boceto se perfilaba y encarnaba.
Ahora veía cada pelo y cada poro de mi piel con toda claridad. Comparada con las demás chicas de Forks, debía de resultar extraña. Mi piel pálida era como el alabastro ,y aunque ellas la tuvieran tan bien pálida, no era tan significativo ni resaltaba tanto como en mí. Tenía ojos grandes marrones y unas pupilas tremendamente dilatadas. Jessica y sus amigas no parecían cansarse de experimentar con su pelo; yo, en cambio, lo llevaba con la raya en medio y me lo dejaba suelto y con sus ondas naturales de color castaño-caoba. Tenía una boca de labios llenos, rojo coral, que, según sabría más adelante, me daban un aspecto enfurruñado, con el labio superior ligeramente más relleno.
Suspiré, me recogí el pelo con un nudo flojo en lo alto de la cabeza y me puse mi pijama, que consistía en un pantalón largo viejo que había encontrado con una camiseta de tirantes azul. A pesar de mi escasa experiencia, dudaba mucho de que llegaran a sorprender a ninguna chica de Forks con una prenda tan poco glamurosa. Me la había comprado Rosalie y no podía negar que era cómoda: la más cómoda que poseía. A Jasper le había tocado un pijama parecido con un estampado de barcos de vela en los pantalones, pero todavía no se lo había visto puesto.
Subí a mi habitación. Me encantaba su sencilla elegancia, y especialmente aquellas puertas acristaladas que se abrían al estrecho balcón. Me gustaba dejarlas un poquito entornadas y tenderme bajo el dosel de muselina para escuchar el sonido de las olas. Me daba una sensación de paz permanecer así, con el olor a salitre que entraba en la habitación y el sonido de fondo del piano, que Jasper tocaba en la planta baja. Siempre me adormilaba escuchando los compases de Mozart o el murmullo de la conversación de mis hermanos.
En la cama me estiraba a mis anchas, disfrutando del tacto fresco de las sábanas. Me sorprendía que la sola perspectiva de dormir me resultase tan atractiva, teniendo en cuenta que nosotros no teníamos demasiada necesidad de sueño. Ya sabía que Rosalie y Jasper no se acostarían hasta las primeras horas de la madrugada, pero para mí había sido un día lleno de novedades y estaba agotada. Bostecé y me acurruqué de lado, todavía con la cabeza llena de pensamientos y preguntas que mi cuerpo exhausto decidió postergar.
Mientras me iban hundiendo en el sueño, me imaginé que un extraño se colaba silenciosamente en mi habitación. Noté su peso en el colchón cuando se sentó al borde de la cama. Estaba segura que observaba cómo dormía, pero yo no me atrevía a abrir los ojos porque sabía que no sería más que un producto de mi imaginación y quería que la ilusión se prolongara un poco más. El chico levantó la mano para apartarme un mechón de los ojos y luego se inclinó para besarme en la frente. Fue como sentir el contacto de unas alas de mariposa. No me alarmé; sabía que podía confiar plenamente en aquel desconocido. Oí cómo se levantaba para cerrar las puertas del balcón antes de marcharse.
-Buenas noches, Isabella— susurró la voz de Edward Cullen— Dulces sueños.
-Buenas noches, Edward— murmuré adormilada; pero al abrir los descubrí que la habitación estaba vacía.
Sentí los párpados demasiado pesados para mantenerlos abiertos, y la tenue luz, de las farolas y el murmullo del mar se desvanecieron mientras me vencía un sueño profundo y tranquilo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Forever togheter

Forever togheter