Pov. Bella
Domingo 16 de Febrero del 2010, Barcelona
Los
rayos de un nuevo día se vieron por el horizonte, haciendo que Edward y
yo reaccionáramos poco a poco, sin ganas. Elevé la vista para poder
observar junto a Edward el hermoso amaneceramanecer, que era aun más
hermoso verlo entre sus brazos. Tras estar un rato observándolo, levanté
la cabeza y me reí disimuladamente ante la cara de placer que tenía
mirando el amanecer; desde siempre estas cosas de la naturaleza le
fascinaban, y a mi me encantaba compartirlas con él
Me acurruqué
mejor entre sus brazos y suspiré contenta por la suerte que la vida me
había dado. Pero al parecer mi suspiro Edward lo tomo por uno malo
-¿Ocurre algo Bella?- su voz de preocupación me hizo mirarle confundida
-¿A qué te refieres?- pregunté incrédula
-Ese
suspiro que has dado era tan...- lo callé besándolo dulcemente y
saboreándo lo máximo su sabor. ¿Qué tenían sus labios que me volvían tan
dependientes a ellos? Tras acabar el beso, me volví a verle pero su
cara no había mejorado. Al contrario, seguro que pensaba que con el beso
había intentado ocultar algo
-¡No es nada de verdad!- le dije
algo desesperada- Solo suspiraba por la felicidad de estar aquí,
contigo, disfrutando de tu compañia- le dediqué le mejor sonrisa
intentando irradiar seguridad y amor
-Entonces ¿no sigues molesta por lo de antes?- negué con la cabeza- Ya veo. ¿Y esto te gusta más?
Acortó
la distancia entre nosotros de nuevo y con dulces besos me fue
recorriendo todo el rostro: un beso en la frente, uno en cada ojo, en mi
oreja izquierda, en la punta de la nariz, en el mentón, en la comisura
de los labios casi rozándomelos haciendo que una descarga me recorriera
la espalda. Al ver que no tenía intenciones de llegar a besarme, me
salió el impulso de gruñirle brevemente. Él se rió sin poder dejar de
mover los hombros, y me enfadé. Le dí un golpe en el hombro indignada y
el solo se me acercó haciendo que nuestras narices se juntaran y
nuestros alientos se mezclaran, desapareciendo mi breve enfado. Cuando
estaba a punto de besarme, soltó una sonrisa triunfante y desapareció
dejándome sola en la terraza, hiperventilando
-¡Edward!- a los segundos estaba de nuevo a mi lado
-Me extrañaste princesa, di que si
-¿Cómo eres así? Me ibas a besar y de repente te vas. ¡Esta me la cobro!
-¿Dejarías que te lo pagara con una salida?
-Edward... te conozco lo suficiente como para saber que eso significa otra de tus sorpresas- le reprimí
-Di
que si Bella, por mi. Estamos en Barcelona, déjate invadir por su
magia- me rodeó la cintura con sus brazos y apoyó la cabeza en mi
hombro- Además, ¿tan malo es qué tu marido te haga sorpresas?- le miré
levantando una ceja. Pero Edward solo se rió- Bella, si tú sabes que te
acaban encantando mis sorpresas…- me puso su cara de perrito degollado,
haciéndome estremecer
-¿Por qué siempre acabas ganando?- su
sonrisa no tuvo precio- ¡A sabiendas de que siempre ganas me podrías
dejar ganar alguna vez!- reproché haciendo que él solo riera
-Si sé que te encanta que yo gane. Y por otro lado siempre que empezamos una de nuestras charlas acabamos igual...
-¿Como eh? ¿Tú durmiendo en el suelo?
-No
querida. Con nuestras charlas siempre llegan las reconciliaciones, como
esta- sin que me diera tiempo ni a parpadear tuve su embriagador aroma
azotándome la boca. Ya por norma general trasladé mis manos a su
cabello, y él a mi espalda paseándolas tranquílamente
Para mi
gusto, el beso no duró lo suficiente que hubiera llegado a embargar.
Pero es que yo era capaz de besarlo toda la vida y se me pasaría en un
segundo
-¿Qué te decía? Si siempre acabo teniendo razón- su sonrisa burlona me hizo reir
-Deja de tirarte tantas rosas. Ya sabes que no me gustan los ególatras
-¿Así que no te gustan los ególatras?- negué con la cabeza
-Pero si me gustan los t...-no pude terminar mi maravillosa explicación ya que justamente llamaron a la puerta-¿Quién es?
-Nadie-
dijo sonriéndome pero noté que andaba tenso. Besño mi nariz y me soltó
para ir a abrir la puerta de la terraza- No te muevas, ahora vengo- le
sonreí y asentí
¿Quién podría ser a estas horas?
La
curiosidad me empezaba a picar y no me pude resistir. Me acerqué a la
puerta de la terraza entreabierta y presté atención a la conversación
-Aquí
tiene las llaves que pidió- dijo una voz femenina coquetamente,
riéndose como una boba. Rechiné los dientes y me dieron ganas de ir
hasta allí y decirle unas cuantas cosas a la cara a esa mujer
-Gracias, ¿y el anillo?- preguntó Edward
-Aquí lo tiene- ahora dijo con menor humor la mujer. ¡Que se fastidie!
-Muchas gracias- oí como le cerraba la puerta tras unos segundos
¿Unas llaves, un anillo? ¿Para qué sería todo esto? ¿Qué estaría tramando ahora Edward?
Sin
hacer ruido me puse en el mismo sitio en donde Edward me había dejado,
apoyada en la barandilla a ver como la ciudad empezaba a despertar para
un nuevo día. Domingo, un día antes de empezar con la rutina del trabajo
y las obligaciones, o por lo menos para los humanos.
Sentí que me
rodeaba la cintura con sus fuertes y cariñosos brazos y con su nariz
inspiró mi aroma del cuello. Me estremecí ligeramente y si fuera humana
las piernas me temblarían como una gelatina y no tardaría en caerme. Y
todo lo empeoraba con la risa que se le escapó
-¿Qué hacías?- le pregunté coqueta- ¿Quién eres?
-Nada
sin importancia, y no era nadie que importe demasiado- a una velocidad
vertiginosa para un humano me hizo girar sobre mi misma y me levantó la
barbilla para que lo mirara. Esos ojos dorados me encantaban,
volviéndome como una colegiala hormonal- Va a comenzar tu sorpresa, si o
si mi amor
-Edward…- me quejé pero me hizo callar al ponerme un dedo en los labios.
Para jugar un poco le lamí el dedo, haciendo que alzara una ceja y me diera un beso en la frente
-Nada mi amor. Vamos al dormitorio a cambiarnos- me cogió la mano, arrastrándome como a una niña pequeña
-Pero si no sé que ponerme
-Seguro que Alice nos vuelve a sorprender- suspiré nerviosa y llegamos al cuarto.
Edward
rápidamente, sin que viera el qué, cogió una bolsa y se metió en el
baño dejándome sola de nuevo en la habitación. Intenté tener la mente
fría, y como el día de ayer, me acerqué a la maleta de Alice y la abrí.
La primera bolsa que me digné a mirar, como no, me llamó la atención. Unas llaves, un anillo. ¿Adivinas que puede ser? Decía la etiqueta de la bolsa.
Poco
a poco la abrí y solté un pequeño gritillo. ¿Pero qué era esto? ¿Un
vestido largo hasta los pies, de seda fina, negro y que parece de
fiesta? ¿Alice se había vuelto loca? ¿Qué iba a hacer yo con ese
vestido?
Solo para ya horrorizarme de golpe, seguí sacando las
cosas de la bolsa y bueno, esto si que no me lo esperaba. ¿Zapatos de
tacón de aguja negros y un tinte de pelo también negro? ¿Alice quería
que me tiñera el pelo? ¿Para qué?
Justo en ese momento oí como la
puerta del baño se abría. Me giré y me quedé parada mirando fijamente a
mi marido. Iba con un pantalón de tela negra, una camisa blanca y una
chaqueta que llevaba abierta también negra. ¡Parecía todo un actor de
cine!
-Que guapo te ves- dije con un tono de voz insinuante
-No eres objetiva amor
Sin
pensarlo dos veces avancé hacía él y me puse de puntillas para besarlo.
Él me correspondió pero solo por unos minutos, ya que después de eso me
soltó y me puso su sonrisa torcida
-Ahora te toca a ti- me miró
directamente a los ojos, conectándolos- y creo que alguien se tiene que
hacer un cambio de imagen ¿no?
-¿Tú...?
-No pero eso si que se lo he leído a Alice, tesoro
Antes de que pudiera reprocharle nada, salió a prisa de la habitación. ¡Mejor que huyera si sabía lo que le convenia!
Me
giré hacia donde estaba el tinte, y recordé la amenaza de Alice. Mejor
teñirme el pelo y acabar con esto. Cogí el bote y fui rápida al lavabo.
No me apetecía hacerlo a velocidad humano, así que me teñí el pelo en
apenas 10 minutos. Al mirarme al espejo, sorprendentemente me gustó lo
que veía. ¡No me quedaba nada mal, me daba un toque sensual y todo!
Salí
del baño, y me puse el vestido con los tacones. Eché una mirada al
espejo y no creía que la del espejo fuera yo. Justo en ese momento sentí
como Edward me besaba el cuello y yo no pude evitar soltar un gemido de
placer
-Estas bellísima Bella mía- me susurró en el hueco del cuello
-No eres objetivo- repetí sus palabras con un deje de pincharle
-Ni quiero serlo
Salimos
agarrados de la mano de la habitación y cogimos un ascensor que nos
llevaría a la planta baja. Al llegar, toda la gente que había en la sala
se volteó al vernos y yo si pudiera me ruborizaría en una escala de 10.
Pude ver como el recepcionista del primer día y Xavier me miraban con
los ojos como platos, comiéndome con los ojos. Eso me asqueó pero no
digamos como se puso Edward. Sentí que se tensaba pero al notar mi
apretón de manos se volvió a relajar levemente.
Y ahora que me acordaba, ¿Edward cogería otro coche? ¿Si no para que eran esas llaves?
Pero
como siempre, mis especulaciones eran erróneas. Delante nuestro había
la misma limusina que la del aeropuerto y como no, estaba hay Albert
-Hola de nuev Albert- le saludó Edward ya que yo estaba algo así como en shock.
-Hola señor Cullen
-Yo Edward por favor- le pidió
-Edward, entonces a ella Isabella ¿no?
-Bella- contesté de inmediato haciendo que el hombre sonriera
Edward me abrió la puerta de la limusina y yo entré gustosa. Detrás entró él y me cogió la mano feliz.
-¿Lista?
-Claro- nótese el sarcasmo, por favor
Durante
un rato el silencio se hizo presente pero sin llegar a ser incómodo. Me
dediqué a mirar a través de la ventanilla y veía como dejábamos atrás
la luminosa Barcelona. Y una pregunta me vino a la cabeza. ¿Para qué
serviría esa llave?. Mientras Edward se puso a hablar animadamente con
Albert, lo cual me sorprendió ya que su español no era muy bueno
Al marcar en mi reloj que llevábamos 45 minutos en la limusina, la cosa se me hacía interesante y a la vez terrorífica
-Edward. ¿A dónde se supone que vamos tan arreglados?
-Ya lo verás
-Pero...
-Bella, ten paciencia
De
repente, noté como Albert tomaba una curva fuera de la carretera y se
alejaba de los demás coches. Y poco después de 5 minutos detuvo el coche
-¿Llegamos?- pregunté curiosa. A mi nariz llegaban unos olores deliciosos pero estraños
-Si- salió del auto y me tendió de nuevo la mano para ayudarme a salir.
-Que lo disfruten señores- se despidió Albert y se marchó por la misma carretera en la que habíamos venido
Miré a Edward pero este tenía los ojos cerrados, aspirando el aire. Luego me miró sonriente y me cogió la mano.
Durante
unos minutos estuvimos andando, hasta que llegamos a una puerta de por
lo menos 2 metros de altura, de hierro y de la cual detrás de ella no se
veía nada de nada.
Para mi sorpresa, de su bolsillo Edward sacó la llave
y con ella abrió la puerta. Aún con la mano dada anduvimos un poco más y
vi como a nuestro alrededor se alzaban millones de árboles y hermosas
flores
-¿A dónde…?- me miró y supe que era mejor que no dijera nada
Poco
después llegamos a una escalera de piedra de caracol. La bajamos, yo
algo confusa y al final de esta, no se veía nada de delante por la
simple razón de que lo tapaba una hilera de inmensos árboles.
Veía
que Edward cada vez estaba más alegre y emocionado ya que, al bajar el
último escalón, me rodeó la cintura con sus brazos y me besó
amorosamente el cuello
-¿Preparada?- preguntó con su labios pegados a mi cuello
-Contigo todo lo que se me presente- dije segura.
Sin pensárselo, Edward y yo a la vez andamos para atravesar los árboles, y al hacerlo, lo que vi me quitó el aliento
Todo
lo que nos rodeaba eran muros de hermosa piedra y una gran cascada que
salía de uno de los extremos. El suelo era como el de nuestro prado en
Forks, solo que con un poco de más de vegetación y árboles adornándolo
todo. Se podría decir que esta maravilla era una delicia de jardín
privado.
-¿Qué es esto?
-Se puede decir que este es un jardín que le gustaba frecuentar a la reina Sofía de Grecia
-¿La reina de España ha venido aquí?- le miré sorprendida
-Si cariño- me susurró con nuestros labios a tan solo unos milímetros, mirándome fijamente
-¿Cómo lo has conseguido?
-Nada
sin importancia. Prefiero no relatarte todo lo que he hecho para
conseguir este maravilloso lugar pero si te voy a decir que- respiró
inundando todo mi alrededor de su adictivo aroma. Aspiré maravillada y
suspiré. Necesitaba desesperadamente besar sus labios pero dejaría que
terminara de hablar- cualquier cosa haría por ti Isabella
-¿Isabella?
Hace mucho que no te oigo llamarme así- recorrí mis manos por su pecho.
La camiseta le marcaba sus perfectos pectorales haciendo posible que
los tocara
-Es verdad. ¿Por qué será?- le miré extrañada.
-¿Me estas ocultando algo Edward?
-¿Yo?
¿Pero qué dices?- iba a seguir insistiendo pero Edward no me lo
permitió. Me beso amorosamente, olvidando todo lo que me rodeaba y tan
solo poniendo mi atención, que no era mucha en esos momentos, en
saborear sus perfectos labios.
Los labios de Edward eran una droga
para mi. Son difíciles de resistirse una vez que se empieza, y poco a
poco, cada vez que los saboreas más necesitas, no, es imprescindible
seguir con ellos. Cada vez los necesitaba más y más hasta el punto de
que eran la única necesidad que tenía
Como con la droga, a medida
que nos besábamos necesitaba aumentar nuestra intensidad. Por ello el
beso empezó dulcemente y lleno de amor, como todo beso pero poco a poco
nos fuimos besando con más intensidad, aspirando cada uno el aroma y
sabor del otro, algo tan necesario como si de aire se tratase. Y a los
pocos minutos ya nuestros labios parecían poseídos. Recorrí las
comisuras de sus labios con mi lengua, haciendo que se estremeciera
tanto él como yo. Edward era el más sabroso de los manjares y nunca se
me agotaría, antes muerta.
Mi amado me rodeó la cintura con sus
fuertes y hogareños brazos y yo coloqué mis manos en su cuello y
cabello. Sentí como Edward me levantaba del suelo y me besaba en el
aire, haciendo que nuestra lujuria aumentara.
Empecé a gruñir de
placer cuando Edward dejó de unirnos en ese apasionado beso para
trasladar sus maravillosos labios a mi cuello. Sentir los besos, y algún
que otro mordisco de su parte en mi cuello era excitante. Recorrió con
sus besos todo mi cuello haciendo que suspirara de placer y más de una
vez se me erizara el vello. Quería, no, deseaba hacerme suya pero…algo
me decía que deseaba hacer algo y que hasta que lo hiciera no me
dejaría.
Y como yo suponía aunque hubiera deseado no haber
adivinado, a los 15 minutos de estar así despegó sus labios y me dejó en
el suelo. Al principio le miré suplicante y un poco con mirada coqueta
pero él solo se rió y me puso su torcida sonrisa. Me rodeó con los
brazos y me susurró al oído
-Querida Isabella mía, ¿me haría el
placer de concederme hacer algo?- ¿hace tanto qué no le oía hablar así?
Lo dulce que sonaba la cortesía en sus labios…
-Claro caballero. Lo que usted desee lo haré realidad
-Excelente- extrañada ante su separación me quedé.
Edward
había deshecho nuestro abrazo y se había separado de mi un paso pero
seguíamos juntos ya que me tenía agarradas las manos con las suyas.
-¿Qué vas a hacer Ed?- pregunté divertida. Esa cara ya la había visto antes
-Déjame hacer por favor
-Vale…- dije contenta. ¡Era tan mono verle así!
De
repente vi como soltaba la mano derecha de la mía y en un segundo, de
la nada, apareció esa cajita que le había traído la mujer. Lo miré
estrañada pero a la vez, sin saber porque, maravillada. Esa cajita era
de terciopelo rojo, y en letras dorada ponía Tiffany's. ¡Un momento!
¿Tiffany's no es eso de…? ¡Cielo santo!
Apoyó una rodilla en el
suelo y me cogió la mano, acercándola a sus labios. Me la besó
dulcemente y después cada uno de mis dedos, depositando todo su amor en
cada beso. Luego me miró fijamente, como aquella vez hace tantos años
-Isabella
Marie Swan, te amo con todo mi ser y eres lo más apreciado que nunca he
tenido. Desde la primera vez que te vi, cuando el viento jugó con tu
preciosa cabellera elevando tu sombrero me enamoré de ti. Siempre te he
amado y quería decirte, que como ya han pasado 25 años desde nuestra
última boda te quería pedir que, Bella amor, ¿quieres casarte conmigo y
pasar la eternidad juntos, de nuevo?
Le miré feliz y con ganas de
llorar. ¿Cómo describir lo que siento? Amor, felicidad, esperanza,
agradecimiento, excitación…¡tantas emociones para tan solo un cuerpo!
¡Quería decirle tantas cosas! ¡Cosas que ni el se imaginaba!. Pero lo
que me salió impulsivamente, con ganas de besarlo para la eternidad, fue
saltar sobre él aunque estuviera de rodillas. Edward me acogió feliz y
nos fusionamos en un apasionado beso. Mi prometido se levantó del suelo,
conmigo encima suyo y empezó a darnos vueltas por el aire.
-¡Me has hecho el hombre más feliz del mundo amor mío!- decía gritando
-Para siempre Edward Anthony Cullen
-Juntos Isabella Marie Cullen- concluyó mi amado.
De
tantas vueltas que dimos, al final acabamos en el suelo, riéndonos y yo
acabé encima de él, a un centímetro de sus perfectos labios. Y por el
cielo se aminoraron las nubes, dejando ver el precioso sol de España.
Sus rayos nos dieron de lleno, iluminándonos y haciéndonos brillar.
Momento perfecto, lugar perfecto y lo más importante, hombre perfecto
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