Pov. Bella
Forks, 6 de septiembre de 2011
Vergüenza.
Este sentimiento era el que tenía tras pasarme todo el día jugando a
los juegos que el director había organizado para hoy. La verdad, era
divertido. Claro está si te gustaba ver correr como niños a tus ex
compañeros, todos sudados por el esfuerzo físico que no hacían desde el
instituto y las miradas engreídas que se dirigían unos a otros cada vez
que el equipo contrario ganaba.
Tras mi numerito con lo del
pañuelo, lo cual había hecho que casi todo el mundo se sorprendiera por
mi repentina velocidad y agilidad, y que todas las chicas me miraban
resentidas. La Isabella Swan que todos conocían como torpe, tímida y
poco resultona había cambiado completamente, en tan solo los 5 años que
nos separaban. Estaba lo de haberme convertido en vampiro pero eso nadie
lo sabía, claro está. Para ellos ahora era Bella Cullen, ya una mujer
tanto físicamente como mentalmente. Me había casado con Edward Cullen,
el inalcanzable hombre que todos conocían, y juntos habíamos tenido una
preciosa hija, Renesmee. Todo esto había impactado mucho en mis
compañeros, pero lo que más sorprendió, y para eso si que no teníamos
una respuesta muy creíble, era mi físico. Ahora era un vampiro, a lo que
conllevaba a ser pálida, con los ojos dorados, muy ágil, rápida y lo
más resultón, extremadamente hermosa e incluso sexy. Podía sentir las
miradas que "disimuladamente" me lanzaban los hombres, deseosos de pasar
unos minutos conmigo y auto culpándose por no haberme hecho caso en el
instituto, pudiendo acabar conmigo.
Todos se creían que mi
repentino cambio era por forma natural, que el destino me había sido
agraciado y que me había hecho cambiar. A lo referente a mi cambio de
agilidad y destreza, tan solo pudimos decir que yo, sintiéndome algo
"desgraciada" por mi torpeza, tras haber dado a luz a mi hija, queriendo
no descuidarme había estado cuidándome y por ello mejorando toda yo. Yo
ya no era yo, pero tampoco se habían quedado cortos mis compañeros con
sus especulaciones con mi marido. Con respecto a Edward, el cual no
había cambiado nada desde la graduación excepto en que, como lo vestía
yo y ya no Alice haciendo que mi Eddy pareciera más infantil, aparentaba
ser más maduro. Mi querido marido era igual de hermoso que siempre.
Igual de guapo, sensual, alegre, el mismo Edward del que me enamoré.
Luego estaba el punto que era muy ágil, fuerte, rápido. Toda una
tentación para cualquier chica. Al ser vampiro estaba en forma.
Al
final, tras haber estado luciéndonos Edward y yo, aunque ninguno de los
dos lo hubiese querido, terminamos lo del pañuelo ganando nuestro
equipo. Mas tarde, a petición de los que querían un partido, aplazamos
lo de la gallinita y empezamos a jugar un partido de fútbol americano.
Me sentía mal porque el vestido que me había elegido para la ocasión
cada vez estaba peor. Por suerte, y no se como, en mi bolso encontré un
chándal y en un minuto me cambié. Edward por suerte iba bastante bien
con su traje y no hizo falta que el se pusiera también un chándal que
encontré en mi bolso. Al empezar el partido, como todos pensaban que era
injusto que los dos Cullen fuéramos en el mismo equipo, nos
pusieron en equipos distintos, de contrincantes. Por eso a Edward le
pusieron en el mismo equipo con el cual ganamos lo del pañuelo, y a mi
en el otro.
-¡Chicos y chicas, que comiencen los juegos!- gritó el
director. Tiró el balón al aire y los dos equipos corrimos hacia el
balón, esperando ser los primeros.
Yo, pasando entre mis
compañeros, de un salto cogí el balón y corrí hacia la meta. Se lo pasé a
unos de mis compañeros y así corrimos. Yo no tenía el balón, pero todos
me miraban. Era imposible que yo, Isabella Cullen estuviera en chándal,
con coleta y corriendo sin ninguna complicación. A mi no me importaba
lo que pensasen ya que me lo estaba pasando muy bien. No era lo mismo
que correr cuando cazaba, soltando todas mis fuerzas pero no estaba mal.
De repente sentí como el balón venía a mis manos. Yo lo cogí y volví a
correr, esquivando a los del equipo contrario cuando se me tiraban para
noquearme y saltando cuando hacía falta. En el aire, sentí un olor
diferente, alguien que me perseguía. Giré mi cabeza y vi a un Edward
corriendo con una sonrisa en su rostro. Me reí y pude también ver a la
demás gente intentando atraparme, y algunos intentar bloquear a Edward.
Yo, pensando que podía "librarme" de que Edward me persiguiera aunque
era uno de nuestros juegos favoritos, le pasé el balón a uno que corría a
mi lado haciendo que todos dejaran de perseguirme para ir tras él. Sin
dejar de correr, me giré para ver como Eddy perseguía al otro de mi
equipo pero, ¡me seguía siguiendo a mi! Me reí desesperadamente y empecé
a correr más deprisa, casi algo demasiado para un humano. Él continuó
con mi ritmo, y al final corrimos tan rápido que nadie nos vio, ni se
dieron cuenta que ya no estábamos en el patio del instituto. En vez de
eso, yo estaba huyendo, adentrándome en el bosque, riéndome amorosamente
de Edward, él cual tan solo me perseguía con una sonrisa en la cara.
Aumentó el ritmo, escaseando así la ventaja que le tenía. Al final, y
sin darme cuenta, mi puma me alcanzó y por ir tan rápido, al tocarnos
caímos y rodamos por el suelo. Nos chocamos con un árbol, el cual nos
paró el rodamiento pero quedó la copa del árbol a tan solo un metro del
suelo. Paramos bruscamente de rodar, terminando él tumbado mirando boca
arriba y yo encima de mi amor. Nuestros labios estaban a centímetros, y
por la situación, me entró la risa. Verle con el pelo aún más despeinado
de lo normal, la chaqueta encima de la cabeza y sin un zapato me
parecía muy cómico. Él tan solo me miraba, admirándome hasta que también
se empezó a reír. Yo le acaricié el rostro y le di un beso en la
mejilla
-¿Qué te hace tanta gracia?- él solo me miraba y respiraba
bocanadas rápidas de aire a causa de la risa y de otra cosa que no
llegaba a adivinar- ¿Es que soy graciosa pumita Eddy?- me miró
directamente a los ojos, lo cual hizo que yo también lo hiciera. Eran
tan hermosos esos ojos dorados, tan profundos e impactantes. Podía
pasarme toda la eternidad mirándolos. Él cogió un mechón de pelo que
tenia sobre el rostro y lo colocó en su sitio. Luego me cogió el rostro
entre sus manos, y acercó sus labios a mi oído
-Pareces una leona
amor, y no sabes como me gusta…- le miré fijamente, y en sus ojos me vi
reflejada. Tenia todo el pelo despeinado, enredado, y gran parte de el
delante de la cara. Tenia los ojos desenfocados y, ahora que lo notaba,
se me habían caído los zapatos. Me empecé a reír nerviosamente por la
vergüenza de que Edward me viera así- Y eres tan irresistible que casi
no lo soporto, me vuelves loco...
Me quede sin habla. El estar
encima de él, observando su insoportable hermoso rostro, oliendo su
embriagador aroma, con nuestros rostros a unos pocos centímetros,
nuestros labios exactamente a 3 cm, y él diciéndome que estaba hermosa y
que le volvía loco me superaba. Emití unos gruñidos sensuales, rugí
como la leona que aparentaba ser. Él me imitó a lo referente de lo
animal ya que en segundos Edward se agazapó y a los milisegundos era yo
la que estaba tocando mi espalda la frio y húmeda hierba y Edward encima
mío. Le miré divertida a los ojos, y a continuación le tomé por el
cuello de la camisa y nos uní en un salvaje beso. Se rió en mis labios y
cogió el mismo estado de ánimo que yo. Con sus manos acarició toda mi
espalda mientras que yo su pelo cobrizo con mi mano izquierda mientras
que con la derecha le quitaba la cazadora y por siguiente, uno a uno los
botones de la camisa. Cuando estuvo desnudo de cintura para arriba, por
unos segundos detuve el beso para admirar su pecho. Tan musculoso,
tonificado, perfecto… Moví mis dos manos hacia su pecho, y recorrí cada
músculo, aún maravillándome. Me sorprendió que no volviera a por mis
besos, pero lo que hizo era casi igual de placentero. Él levantó
ligeramente mi espalda, haciendo que mi cabeza cayera para abajo y viera
todo lo que pasaba a nuestras espaldas. Puso sus labios en mi cuello y
me lo empezó a besar. Yo gemía de placer, ya que para los vampiros todo
lo referente a lo físico era más fuerte. A la vez que me besaba, me iba
mordiendo el cuello, cosa que me encantaba y no dejaba marcas en nuestra
dura piel.
-Edward, ¡oh Edward!- gemía de placer, nunca antes
había sentido sus besos penetrar tanto en mi. Empecé a reír, divertida
por la escena. Un hombre sentado encima de una mujer, la cual tiene la
cabeza echada para atrás por el placer que le causa que su marido le
bese y muerda el cuello.
-Eres irresistible Bella…- puso sus
labios en mis oídos y me los mordió. Cerré los ojos y me dejé llevar,
disfrutando del momento y olvidándome de que teníamos que dejar de
besarnos e ir al partido. Poco me importaba y menos a Edward, ya nos
ocuparíamos de eso luego
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